Pasiones desordenadas: el engaño que nos aleja de la verdad

La verdad es el resultante del binomio realidad + inteligencia. Donde hay una inteligencia que capte, que se adecue, que “se haga” –a modo de cierto reflejo–, que se “apodere” de la realidad, ahí entonces habrá verdad.

Pues bien, nuestra corporeidad devenida rebelde después del pecado original tiene sus propios movimientos, deseos, “quereres” y repulsas. Los cuales, dependiendo de nuestro grado de virtud, influirán más o menos en nuestra capacidad de conocer y de “obrar la verdad” (cf. Ef 4,15).

Por tanto, a más virtud, más verdad en nuestra vida, y a menos virtud, más mentira y engaño. Y si no llegamos a virtudes propiamente hablando, los actos continentes (de “freno”) de las pasiones, también nos acercarán a la verdad.

Y sí, sincerémonos con nosotros mismos… ¡cuánta mentira hay en nuestras pasiones!

  • Es mentira que realmente queremos aquello que la pasión desea en un momento de tentación; lo sabemos, y por eso combatimos contra ella[1].
  • Es mentira que eso a lo que la pasión nos inclina nos va a hacer felices –que es lo que ella nos sugiere–; mentira no solo para la eternidad, sino incluso aquí en la tierra; justamente por esto último, por hablar de las consecuencias aquí y no en el más allá –que es lo que a primera vista uno esperaría de un Santo– me encanta esta cita de San Juan de la Cruz: «¿Qué aprovecha dar a Dios una cosa si él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo; que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a que tú te inclinas» (Avisos 72).
  • Son falsos, y por tanto, mentirosos, los pensamientos que proceden de esas tentaciones. Basta que pase la prueba, para que ya con más cordura, nos demos cuenta de las “locuras” con que nos estaban seduciendo. Una vez un amigo, luego de una fuerte tentación –que gracias a Dios logró superar– me decía que, al “volver en sí”, se repetía: “¡¡qué cosa casi hice!! ¡¡qué casi hice!!”.
  • De ahí, por tanto, que tenga mucho de mentira una desolación, porque el demonio usa su quinta columna: nuestras pasiones; por eso San Ignacio dirá: «Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen spíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consexos no podemos tomar camino para acertar» [EE. 318].
  • Es mentira que un solo acto apasionado no tiene consecuencias –y a veces tremendas–, como suele sugerirnos la misma pasión al presentarse en la escena de nuestra interioridad.
  • Más mentira quizás es pensar que “dándole el gusto” a la pasión, se calmará y luego será más fácil “domarla”; ilusos somos cuando nos dejamos convencer de eso y los resultados son parte de lo que tenemos que sufrir a manera de penitencia. La pasión es como una fiera insaciable… sí, se sacia unos instantes porque lo material tiene su límite, pero en cuanto despierta de nuevo, querrá devorar el doble que antes… y así termina devorándonos a nosotros.
  • Falsa y mentirosa ilusión es pensar que obrando apasionados somos libres; de hecho, quizás nunca somos tan esclavos. Exteriormente pueden obligarnos por la fuerza y hasta esclavizarnos totalmente, pero nuestro interior, si se mantiene unido a la Verdad, será tan libre como lo fue nuestro Señor en la Cruz. Siempre será cierto que «la verdad -¡y sólo la verdad!- os hará libres» (Jn 8,32).

Y podríamos seguir… pero nos parece que como muestra bastan estos botones. Quedará la tarea de cada uno de ver la mentira en sí mismo. ¡Cosa no fácil!

Estamos hablando, por supuesto, de todo tipo de pasiones, tanto de las que tienen que ver con el apetito concupiscible (bien y mal tomados en sí mismos, sin nota de dificultad: amor-odio, deseo-fuga, gozo-tristeza –6 pasiones–); como aquellas que tienen relación con el apetito irascible (bien y mal tomados como arduos, difíciles de alcanzar o evitar: esperanza-desesperación, audacia-temor, e ira –esta última sin contraria; 5 pasiones–).

Y por supuesto que no estoy afirmando que las pasiones, o para decirlo de manera más “amable”, los sentimientos, sean en sí mismos algo malo; de hecho in ellos nos podríamos vivir en esta tierra; solo que quedaron muy desordenados luego del pecado original –y nuestros propios pecados han complicado más la cosa– y, por eso, nos dan mucha guerra.

Y para los que ya no tengan tanta guerra, para aquellos ya purificados y, con “la casa sosegada” como dirá San Juan de la Cruz, sepan juzgar con benevolencia a quienes seguimos en combate, de algún modo –o por momentos– de principiantes. Por mi parte, me uno a la afirmación del Conde de Maistre, citado por San Alberto Hurtado: “No sé lo que es el corazón de un malvado, sólo conozco el de un hombre honrado: es espantoso”[2].

Muchas veces no hay nada mejor que reírnos de nosotros mismos…; incluso sin pasión alguna, los pensamientos que solemos tener… ¡cuánta pobreza de espíritu! ¡Cuán difícil pensar bien del prójimo! ¡Cuán arduo alegrarnos verdaderamente del bien ajeno! Y así podríamos seguir… Por eso, mejor reír que llorar… porque hay una gran noticia, sin la cual no podríamos terminar estas líneas.

Todas estas tentaciones, si hacemos lo que está de nuestra parte, no pasan de ser tales, y, por tanto, rechazadas, combatidas, negadas, sofocadas, aplastadas, reprimidas, sublimadas o “sonreídas” –por aquello de “mejor reír…”, no solo no son pecado (o sea, no solo no son mentira, falsedad, engaño, aunque lo intenten…) sino que se transforman en causa de santidad, es decir, nos hacen vivir más en la verdad todavía, como un sofista que nos provoca con un silogismo falso y al refutarlo, quedamos más convencidos que antes de lo que es cierto.

Uno de los frutos de estas tentaciones, invalorables, es la humildad. Justamente es uno de los motivos por los cuales el Señor permite la desolación, como bien nos enseña San Ignacio[3], ¡y cuán efectivas son a este respecto! Además, grandes mercedes vendrán de esto: “No me acuerdo haberme hecho (el Señor) merced muy señalada –dirá la Santa de Ávila–, de las que adelante diré, que no sea estando deshecha de verme tan ruin»[4].

Esto decía San Alberto Hurtado hace 70 años: «La cabeza va perdiendo el sitio orientador y lo toma el corazón: la lógica moderna es más de corazonadas y de intuiciones que de discursos. Inconscientemente el joven moderno se fía poco de la razón»[5]. ¡Cuánto más podríamos decir ahora!

Por eso, sigamos el consejo de San Juan de la Cruz: “Bienaventurado el que, dejando aparte su gusto e inclinación, mira las cosas en razón y justicia para hacerlas».

Terminamos con esta conocida historia:

Unos visitantes preguntaron a un anciano ermitaño:

—Padre, ¿cómo está?

Él respondió:

—Muy cansado. Tengo demasiado trabajo: debo domar dos halcones, entrenar dos águilas, mantener quietos dos conejos, vigilar una serpiente, cargar un asno y someter un león.

Los visitantes miraron alrededor, extrañados, y dijeron:

—Pero aquí no vemos ningún animal.

El anciano explicó:

—Los dos halcones son mis ojos, que quieren posarse sobre todo lo que ven.
Las dos águilas son mis manos, que pueden herir o hacer el bien.
Los dos conejos son mis pies, que quieren correr hacia donde les place y huir del sacrificio.
La serpiente es mi lengua, siempre dispuesta a morder si no la vigilo.
El asno es mi cuerpo, que busca comodidad y se resiste al esfuerzo.
El león es mi corazón (o el orgullo), que quiere ser el primero y dominar a los demás.

—Ése es el trabajo de todos los días

Que Aquella –¡la única!– que no tuvo este tipo de luchas, pero que por nuestra salvación sufrió muchísimo más, nos dé ánimos y fortaleza para seguir nuestra tarea diaria que como siervos inútiles –y no sin la ayuda de la gracia– tenemos que realizar día a día. «Madre nuestra, Tu que has sufrido tanto por nosotros, ¡ayúdanos!»[6].

¡Ánimo! ¡Que solo tenemos esta vida para ser santos!

¡Ave María y adelante!

 

Nuestra lucha contra la carne, en nuestro Curso de espiritualidad:

 

[1] Hablamos de este combate, aquí: https://youtu.be/MWO5G9n3Qa8?t=3145

[2] Puntos de educación, Libro publicado por el Padre Hurtado el año 1942. La cita está bajo el título: “Jesucristo, modelo en la formación del joven”.

[3] “9ª regla. La nona: tres causas principales son por que nos hallamos desolados (…) la tercera, por darnos vera noticia y cognoscimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crescida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación spiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor, y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, attribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la spiritual consolación” [322].

[4] Libro de la Vida, 22, 11.

[5] A. Hurtado Cruchaga (S.J.), Una verdadera educación. Escritos sobre educación y psicología del Padre Alberto Hurtado, ed. S. Fernández Eyzaguirre, Ed. Univ. Católica de Chile, Santiago de Chile 20112, 126.

[6] La frase no es exacta porque on encuentro la cita. Estoy leyendo en libro de Joaquín Navarro-Vals, Mis años con Juan Pablo II, y ahí está, quizás unas 100 páginas atrás. La leyó él -Navarro-Vals- en una iglesia si mal no recuerdo en una salida a la montaña con el Papa.

2 comentarios:

  1. Gracias por compartirnos nos ayuda a nuestro crecimiento espiritual

  2. Irene Josefa Mancini

    Excelente, como siempre. Gracias por tan sabias palabras padre Gustavo

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