Treinta millones de personas lo veían cada semana: un señor de sotana y capa, en un teatro de Nueva York, sin ensayos, sin notas y sin teleprompter —Time llegó a mandar a un periodista a ver qué truco usaba—, en la misma franja en la que la cadena rival emitía al cómico más popular del país, Milton Berle. Lo único que tenía en la escena era una pizarra giratoria que, según explicaba él en antena, limpiaba «un ángel»: era uno de los que trabaja detrás de las cámaras, y se hizo famoso en todo el país. Y antes de escribir nada en ella, siempre, ponía tres letras pequeñas en la esquina de arriba: JMJ. Nunca lo explicó en antena, y llegaron miles de cartas preguntando qué era aquello: un código, una firma, las siglas del patrocinador.
Eran tres nombres: Jesús, María, José. Se lo enseñó una religiosa cuando tenía seis años, en primero grado, y lo siguió haciendo el resto de su vida —decenas de miles de páginas— sin pensarlo, como quien se santigua al entrar en una iglesia. Cuando llegó la televisión, la mano fue sola.
Hoy, 24 de septiembre, beatifican en San Luis (Misuri) a ese hombre. Y el capítulo que Fulton Sheen puso casi al final de su autobiografía no va de la televisión, ni de los estadios, ni del Emmy de 1953 —el premio que dio pie a la frase que se le atribuye a Berle: que era normal, que Sheen tenía mejores guionistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan—. Se titula «La Mujer a la que amo».
Una casa en la que nunca se habla de la madre
El nuevo beato arranca ese último capítulo con una observación doméstica e incómoda: sería rarísimo ir a casa de un amigo durante años y no oírle hablar nunca de su madre. Algo pasaría ahí. Es lo que ocurre, dice, en las confesiones cristianas salidas de la Reforma, donde apenas se presta atención a la Madre de Cristo: púlpitos que resuenan con el nombre del Hijo y callan sobre ella, himnos llenos de alabanzas suyas sin un verso para la mujer que metió la eternidad dentro del tiempo. Y aclara lo que siempre hay que aclarar: no fue la Iglesia la que hizo importante a María, fue Cristo; y a María no se la adora, porque solo Dios es adorado. Pero sin ella, avisa, cuesta encontrar la llave de la caja fuerte…
Luego viene su imagen más citada. Dios hizo el sol y también la luna. La luna no le quita brillo al sol: sin él sería un carbón apagado flotando en el espacio, y toda su luz es prestada. Pero en las noches oscuras la agradecemos, y cuando la vemos encendida sabemos que en alguna parte hay un sol. Eso hace ella en una época a la que se le ha hecho de noche: no sustituye la luz, la prueba.
Eso es teología, y es buena. Lo que viene después es otra cosa: es la vida de un hombre.
Fulton Sheen y la Virgen: una marca desde el bautismo
Cuando lo bautizaron, su madre lo puso físicamente encima del altar de la Virgen, en la iglesia de Santa María de El Paso (Illinois), y lo consagró a Ella. Lo cuenta con una comparación exacta: como un niño no es consciente de su marca de nacimiento, él no lo fue de aquella entrega, pero la marca estaba. Se sintió atraído hacia Ella, dice, como el hierro hacia el imán, antes de conocerla.
A los doce, el día de su primera comunión, hizo la dedicación consciente. No recordaba las palabras, pero debieron de parecerse al lema que luego eligió para su escudo de obispo: Da per matrem me venire, «concédeme llegar a Ti por medio de la Madre». En aquel librito de tapas de nácar venía la letanía lauretana: empezó a rezarla de niño cada noche y no la dejó nunca. Al ordenarse añadió en su honor la Misa de todos los sábados, el día de Ella. Y de ahí sale la frase más suya del capítulo:
«Todo esto me hace estar muy seguro de que, cuando comparezca ante el tribunal de Cristo, Él me dirá en su misericordia: «He oído a mi Madre hablar de ti»».
Fulton J. Sheen, Treasure in Clay (1980), p. 335.
Fue unas treinta veces a Lourdes y unas diez a Fátima, y de una de ellas cuenta esto. Media hora antes de tomar el tren, fue a la gruta a pedir una cosa rara: un sufrimiento, una astilla de la cruz, para salvar un alma. Subió corriendo a su habitación y oyó pasos detrás. Era una holandesa de veintiún años que lo seguía desde la procesión de la tarde sin saber explicar por qué. Dijo que era atea; él le contestó que no, que si lo fuera no estaría en Lourdes, y que seguramente era la respuesta a lo que acababa de pedir. Perdió el tren a propósito y se quedó hasta que ella se confesó. Entonces llegó la factura: tres días para volver a París, billetes que de pronto no valían, revisores que lo bajaban en estaciones perdidas, setenta y dos horas sin comer ni dormir. Su conclusión no suena a sacristía: cada alma tiene su precio; unas son baratas y otras salen caras.
Años después vino la factura grande. Lo operaron a corazón abierto y pasó meses en el hospital. Y allí, sumando unas fechas con otras, cayó en una coincidencia que le puso la piel de gallina: sus tres peores días fueron tres fiestas de la Virgen. El 16 de julio, la del Carmen, los médicos pelearon día y noche por mantenerle el pulso. El 15 de agosto, la Asunción, otra operación y un marcapasos. El 8 de septiembre, el cumpleaños de la Virgen, una infección de riñón. Lo escribió sin una queja: si el Señor llamó al pie de la cruz a la única que no lo merecía, ¿por qué no iba a llamarlo a él? Ella, dice, no solo da caramelos; también da medicina amarga.
La Mujer que explica el título
Queda la pieza que explica el título. Fulton Sheen sostiene que la devoción a la Virgen fue lo que le guardó el celibato, y lo argumenta sin una gota de sentimentalismo. El célibe, escribe, vive rodeado de vendedores de erotismo en una cultura donde hasta los coches se anuncian con sexo, y sí, se siente solo; pero hay dos soledades, y la del que busca al Infinito no se parece a la del que busca un infinito donde no lo hay. De ahí la tesis: cada uno lleva dentro, dibujado de antemano, el retrato de la persona a la que va a querer, y lo que llamamos amor a primera vista suele ser el instante en que ese retrato echa a andar delante de uno y lo reconoce. El célibe está llamado a amar primero el ideal. A esa Mujer.
Y entonces, haciendo balance de hombre mayor, deja escapar esto:
«Después de muchos años de noviazgo, una convicción profunda invade mi alma: Ella me quiere de verdad; y si Ella puede quererme a mí, entonces Cristo está conmigo».
Treasure in Clay (1980), p. 344.
Y cierra sin solemnidad ninguna: con un poema infantil en el que una niña le pide a la Señora vestida de azul que le enseñe a rezar, porque Dios fue su Niño pequeño y Ella se sabe el camino. Un arzobispo célebre termina su autobiografía hablando como un niño, a propósito: al Reino solo se entra rejuveneciendo.
Lo que él ya no pudo escribir
En el colegio le enseñaron a rezar cada día tres Avemarías a San José pidiendo una buena muerte, y lo hizo toda la vida. En los últimos veinte años le añadió algo suyo: pedir morir en sábado, el día de Ella, o en alguna de sus fiestas. Y en la frase siguiente se desdice del empeño, como quien no quiere molestar: que tampoco es eso lo decisivo, que le basta con fiarse de Ella para llegar a Cristo por el camino más corto, «porque Ella sabe el camino».
Murió el 9 de diciembre de 1979, en su capilla privada, delante del Santísimo. El día anterior, sábado, había sido la Inmaculada.
Lo que se puede hacer hoy
Y sí, rezaba el Rosario diariamente. En su casa lo rezaban todas las noches antes de acostarse. De adolescente lo rezaba solo, arando la tierra de su padre, pidiendo ser sacerdote sin habérselo dicho a nadie. En el colegio lo rezaban también todos los días —en el campo de fútbol si hacía buen tiempo, en el gimnasio si llovía— y a él lo eligieron sus compañeros para dirigirlo.
De una de aquellas tardes se acordó toda la vida. Se rezaba en el gimnasio, y al fondo estaba montado el escenario del debate que él tenía esa misma noche. Se puso tan nervioso mirando ese escenario que no fue capaz de terminar el Rosario que estaba dirigiendo. Cuenta que en aquellos minutos se le juntaron los nervios de su vida entera, y que nunca volvió a ponerse nervioso delante de un público.
Casi cuarenta años después, ese mismo hombre hablaba media hora sin notas ante treinta millones de personas. Y todas las tardes, a las tres menos cuarto, paraba la oficina entera —dirigía las Obras Misionales en Nueva York— para rezar el Rosario con sus empleados. Quince años seguidos.
Así que lo de hoy es fácil y cabe en el camino a casa: reza el Rosario (o al menos un misterio. Uno solo). Y si trabajas con papeles o con pantallas, prueba mañana lo de las tres letras en la esquina; no es en vano, es acordarte de para quién es esto antes de empezar.
Y un último detalle, que lo retrata muy bien. En febrero de 1951, por la radio, presentó un rosario de su invención: el Rosario Misionero. Cinco decenas de cinco colores, una por continente. Verde por los bosques y las sabanas de África. Azul por el océano de las islas del Pacífico. Blanco por Europa, donde está el Papa. Rojo por el fuego de la fe que los misioneros llevaron a América. Amarillo, la luz del amanecer de Oriente, por Asia. Lo explicó en una frase que hoy suena de algún modo a programa de vida: «Tenemos que rezar, y no por nosotros, sino por el mundo. Para eso he diseñado el Rosario Misional». Quien lo reza da la vuelta al planeta en cinco decenas sin moverse de casa. Si lo rezas por África, aquí estamos estos días así que agradecido…
¡Ave María y adelante!




Un escrito muy bello, em
ocionante e inspirador. Lo he leído de un tirón y me lo guardo para releerlo las veces que me haga falta. Gracias, padre, por su labor 🙏🏻