Lefebvrismo: lo tenían todo, menos la caridad

Les debía esta entrada. Hace poco publiqué Forma y esencia de la Misa: el error que une extremos (ni lefebvristas ni progresistas), y al final prometí volver sobre el tema, a raíz de lo que vivimos con la excomunión de los lefebvristas. Aquí vamos entonces.

El objetivo de esta entrada es muy sencillo: que lean un texto que vale la pena y aclara muchas dudas. Es la serie Filo-lefebvrianos del P. José María Iraburu, publicada en su blog Reforma o apostasía. Os la dejo completa al final.

Pero antes les comento algunas cosas.

«Solo nos faltaba la caridad»

En algún lugar del mundo, un grupo de personas que venían del lefebvrismo volvieron a la plena comunión con la Iglesia y se acercaron a un grupo católico nuestro. Uno de ellos le dijo al sacerdote algo que no se me olvida:

—Padre, con los lefebvristas teníamos todo: la formación, la liturgia, la doctrina… Solo faltaba la caridad.

Casi nada. Solo faltaba lo que, según San Pablo, da valor a todo lo demás: «Si no tengo caridad, no soy nada» (1 Co 13,2). Se puede tener la liturgia más cuidada, la doctrina más precisa y la formación más sólida. Si falta la caridad, falta el alma.

Cuando no se puede hablar de otra cosa

La segunda historia es más doméstica. Un chico católico en algún lugar del plantea, estaba de novio con una chica lefebvrista. Ella lo quería «convertir» a toda costa. Él, al principio, escuchaba y discutía. Hasta que un día le dijo: «Basta. Hablemos de otra cosa».

Y ella no pudo. No podía dejar de hablar de eso. Todo volvía al mismo tema.

Él consultó a un psicólogo muy bueno, que le dijo sin rodeos: «Mira, aquí hay un problema de fondo. No vas a poder cambiarla. Te conviene dejarla».

Quiero matizar esto, porque no se trata de poner etiquetas psicológicas a nadie. No todo el que tiene simpatía por el lefebvrismo tiene un problema de ese tipo. Pero conviene tenerlo en cuenta: cuando una persona no puede hablar de otra cosa, cuando todo se reduce a la crisis de la Iglesia, a lo mal que está Roma y a lo bien que están «los nuestros», hay algo que no funciona. La fe sana es serena. Sabe hablar de Dios, de la familia, del trabajo, del tiempo, de la vida. La obsesión no es celo; es otra cosa.

Si estás en una relación así, de noviazgo, de amistad o de trabajo, no te enredes en discusiones interminables. Reza, pon límites y, si hace falta, toma distancia.

Un aviso que viene de lejos

Alguien que conoció de cerca al P. Julio Meinvielle, el gran sacerdote y pensador argentino, lo recordaba con gratitud por esto mismo:

«Nunca le agradeceremos suficientemente al Padre Meinvielle que nos haya alertado tan clarividentemente sobre los errores del progresismo, sin caer, no sólo en el lefebvrismo, pero ni siquiera en los múltiples vericuetos del semilefebvrismo, con sus nostalgias absurdas, sus remilgos para con el Magisterio, su pensar estereotipado, sus resentimientos por supuestos no-reconocimientos, su comportamiento acartonado, su pastoral de escritorio y sus vidas no proféticas».

Y añadía la razón: su fidelidad a Jesucristo «se afirmaba sobre la roca de Pedro, en las enseñanzas de sus sucesores, los Papas».

Merece la pena releer esa lista despacio: nostalgias, remilgos con el Magisterio, pensamiento estereotipado, resentimiento, rigidez, pastoral de escritorio. No hace falta estar fuera de la Iglesia para caer en eso. Por eso el P. Iraburu, en lo que va debajo, habla de filo-lefebvrianos: católicos en comunión con Roma que, sin darse cuenta, comparten el espíritu de fondo del lefebvrismo.

La caridad de un Papa

Y ahora algo que quiero destacar del texto del P. Iraburu.

Dos días antes de aquellas ordenaciones episcopales ilegítimas de 1988, San Juan Pablo II no se limitó a amenazar con sanciones. Escribió de su puño una carta a Mons. Lefebvre. Así terminaba:

«Os invito ardientemente a volver humildemente a la plena obediencia al Vicario de Cristo. No solamente os invito a ello, sino que os lo pido por las llagas de Cristo, que la víspera de su Pasión pidió por sus discípulos «a fin de que todos sean uno». A esta petición e invitación uno mi plegaria cotidiana a María Madre de Cristo. Querido hermano, no permitáis que el año dedicado de una manera muy especial a la Madre de Dios traiga una nueva herida a su corazón de Madre» (Juan Pablo II, carta a Mons. Lefebvre, 9 de junio de 1988).

«Querido hermano». «Os lo pido por las llagas de Cristo». Así habla un padre. El Papa no mandó; suplicó. Tenía toda la autoridad y eligió pedir de rodillas.

Mons. Lefebvre no escuchó. Ordenó a los cuatro obispos, y Juan Pablo II tuvo que declarar, con gran dolor, que aquel acto era cismático y que los implicados habían incurrido en excomunión (Juan Pablo II, Ecclesia Dei, 2 de julio de 1988, n. 3). Pero antes de la pena estuvo la caridad. Esa es la escena que conviene grabarse: de un lado, un Papa que ruega por las llagas de Cristo; del otro, quienes lo acusaban de haber perdido la fe.

Lee esto

Iraburu señala con claridad los dos errores de fondo del lefebvrismo:

  • El primero: el juicio condenatorio sobre la Iglesia presente y sobre el Papa.
  • El segundo: creerse necesarios para que la Iglesia no se derrumbe.

Y responde con una frase que lo resume todo: el Señor no necesita de nadie para salvar a la Iglesia. Es la Iglesia la que nos salva a nosotros.

El texto es largo, pero vale cada página. Léanlo con calma, sobre todo si tienen cerca a alguien tentado por ese camino, o si notan en ustedes mismos algo de esa lista: la nostalgia, el remilgo, el resentimiento… Sin duda, el progresismo galopante es difícil, pero no es cuestión de irse al otro extremo.

👉 [Aquí] — Filo-lefebvrianos, José María Iraburu

Una sola aplicación práctica para terminar. Si alguna vez tienes que elegir entre tener razón y tener caridad, recuerda aquella frase: «Lo teníamos todo… solo faltaba la caridad». Que no nos falte a nosotros.

¡Ave María y adelante!

Un comentario:

  1. Que gran mentira, se nota que no conocen una parroquia de la fraternidad. Los sacerdotes son verdaderos pastores que dan la vida por sus ovejas. Que pena que usted divulgue la separación y las mentiras. En momentos justamente donde deberíamos de estar unidos. Al menos visite una parroquia antes de promover falsos testimonios.

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