«“Déjame contarlo yo” expresa un derecho primario del corazón humano.» Fulton J. Sheen, Peace of Soul (1949), p. 96. («“Let me tell it” expresses a primary right of the human heart.»)Y explica por qué. Porque cada uno quiere abrir por dentro la puerta de su propia conciencia, no que se la echen abajo desde fuera. Porque solo el interesado tiene derecho a repudiar una parte de sí mismo, y ese repudio es la condición para mejorar: si lo hace otro por ti, no es un cambio, es una humillación. Porque la unicidad de cada persona le da derecho a exponer su caso con sus propias palabras. Y porque ningún alma quiere ser estudiada como se estudia un bicho. Añade una imagen judicial que remata el asunto: ningún juicio está completo si el acusado no ha podido subir al estrado a declarar en su propio caso. Y lo que quiere el acusado no es que lo condenen. Quiere llevar él la acusación contra sí mismo precisamente para no ser condenado.
De ahí sale la diferencia que a Sheen le interesaba, y que es más fina de lo que parece. Hay dos maneras de contar lo que uno lleva dentro. Una es declarar un estado mental: soy ansioso, tengo un patrón, arrastro esto de la infancia. La otra es declarar una culpa: hice esto, y estuvo mal, y fui yo. Parecen la misma operación y no lo son en absoluto. La primera no le cuesta nada al orgullo y no pide perdón a nadie, porque un estado no se elige. La segunda cuesta todo. Sheen lo dice así:
«Algunos se deleitan en jactarse de su ateísmo, de su agnosticismo, de sus perversidades; pero ninguna conciencia se jactó jamás de su culpa.» Peace of Soul (1949), p. 95.Esa frase es una prueba de laboratorio y aguanta perfectamente en 2026. Mira internet un rato. Hay quien exhibe su diagnóstico, su trauma, su desorden, sus vicios, sus rarezas, su historial completo, y recibe aplausos por hacerlo. Es material de perfil. Nadie, jamás, ha publicado con orgullo que fue mezquino con su madre. La cuenta que exhibe sus síntomas y la que confiesa una culpa no existen en el mismo planeta, aunque las lleve la misma persona. Y ahí está una de las trampas de nuestra época, que es lo contrario de lo que se dice: vivimos en un tiempo que lo cuenta absolutamente todo (¡viva la transparencia!) menos lo único que importa contar. Se ha vuelto fácil desnudarse y sigue siendo imposible acusarse. Mons. Fulton Sheen escribió que hace falta muy poco valor para declararse inocente, y un heroísmo del que pocos son capaces para cargar la culpa propia hasta el Calvario y reconocerla delante del Crucificado.
Pero entonces, si eso es tan difícil, ¿por qué millones de personas lo llevan haciendo veinte siglos? Sheen contesta con un argumento que no es piadoso, es práctico. Dice: que no venga nadie a decir que este sacramento lo inventaron los curas. Nadie diseña un artefacto en el que él mismo tiene que meterse. Si lo hubiera inventado el clero, el clero se habría excluido de sus humillaciones; y sin embargo no hay sacerdote, ni obispo, ni cardenal, ni siquiera el Papa, que esté exento de tener que arrodillarse a decir sus pecados a otro hombre. Y añade, con una sonrisa que se ve desde aquí: el que crea que esto lo montó un cura para su comodidad, que pruebe a pasarse cinco o seis horas de un sábado metido en uno de esos cajones sofocantes, escuchando las mismas miserias de siempre. Es, dice, el más pesado de todos los trabajos del sacerdote. Y funciona por lo que decíamos al principio. En el confesionario tú eres a la vez el fiscal y el abogado defensor de tu propio caso. Nadie te explica. Nadie te interpreta. Nadie te dice lo que en realidad te pasa. Lo cuentas tú, con tus palabras, y en el momento en que terminas de acusarte quedas absuelto. Sheen lo compara con lo que intuye cualquier madre cuando le dice a un niño «cuéntamelo y no te castigo», y con el juez que rebaja la pena al que se declara culpable. Es la única sala del mundo donde acusarse es lo que te salva. Por eso la escena no admite intermediarios. La puerta de tu conciencia solo tiene manilla por dentro. Tu amigo de la cena, tu pareja, tu jefe, tu terapeuta y los comentarios de tu última publicación pueden golpearla todo lo que quieran desde fuera, y aunque acierten no van a conseguir abrirla. Es un mecanismo de seguridad, no un defecto.
Lo que se puede hacer con esto es bastante concreto y no requiere que resuelvas primero tus dudas sobre nada. Busca un horario de confesiones. Los horarios están en la web de casi cualquier parroquia; suelen ser media hora antes de la misa de la tarde, y los sábados suele haber más. Entra, siéntate, y dilo tú. No hace falta que sea un discurso ni que sepas el vocabulario: la fórmula la lleva el sacerdote y a ti solo te toca la parte que nadie puede hacer por ti, que es nombrar en primera persona lo que hiciste. Son cuatro minutos. Vas a salir a la calle con una sensación rara, que no es la de haber sido comprendido. Es mejor. Es la de haber sido creído. Y tienes el momento perfecto: pasado mañana, 24 de septiembre, en San Luis (Misuri), beatifican al hombre que escribió estas páginas. Fulton Sheen fue muchas cosas ruidosas: llenó estadios, ganó un Emmy, tuvo delante a treinta millones de personas cada semana. Pero también fue sacerdote, y como cualquier sacerdote se sentó al otro lado de una rejilla, sin ver a nadie, a escuchar a gente que se acusaba a sí misma. Si vas a confesarte antes de ese día, sabrás perfectamente qué es lo que están beatificando. ¡Ave María y adelante!



