Por qué hay tan pocos santos: la falta de generosidad

Releyendo a San Juan de la Cruz para el curso que estamos dando, me topé con una frase que no recordaba y que, a la primera, me dejó un poco descolocado. Dice que de los que se ejercitan «de propósito» en el camino del espíritu –es decir, de los que rezan en serio, no de los que van tirando– Dios no lleva a la contemplación «ni aun la mitad; el porqué, él se lo sabe» (Noche oscura I, 9, 9). ¿Cómo? ¿Entonces la santidad es cosa de unos pocos elegidos y a los demás nos toca mirar desde la puerta?

Pues bien, los mismos santos que constatan el hecho dan también la explicación, que nos deja más tranquilos. No es que Dios reparta la santidad con cuentagotas… es que nosotros no queremos verdaderamente ser santos. Lo digo con sus palabras, que son bastante más duras que las mías; y les pido que, al leerlas, cada uno se ponga –me pongo yo el primero– en la lista.

Santa Teresa: «porque no queremos nosotros»

Santa Teresa empieza «quejándose» a Dios y, en mitad de la queja, se corrige a sí misma. De algún modo es uno de los pasajes más honestos del Libro de la Vida:

«¡Oh Señor de mi alma y bien mío! ¿Por qué no quisisteis que en determinándose un alma a amaros… luego gozase de subir a tener este amor perfecto? Mal he dicho: había de decir y quejarme porque no queremos nosotros; pues toda la falta nuestra es en no gozar luego de tan gran dignidad… Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios, que, como Su Majestad no quiere gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos»[1].

«Caros y tardíos»: nos vendemos caro y llegamos tarde. No es que Dios no dé; es que no acabamos de disponernos. Y unos capítulos más adelante, hablando de las almas que ya han gustado algo de la oración, vuelve a lo mismo con una frase que parece de conversación de pasillo: «Hay muchas, muchas almas que llegan a este estado y pocas las que pasan adelante, y no sé quién tiene la culpa. A buen seguro que no falta Dios»[2]. «No sé quién tiene la culpa», dice… y acto seguido lo sabe perfectamente: a buen seguro que no es Dios.

Por eso la Santa es tan insistente en que el convite es para todos. Dios «públicamente nos llama a voces. Mas, como es tan bueno, no nos fuerza»[3]. Y la consecuencia la pone en forma de orden de batalla: «Tomad mi consejo y no os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no estáis aquí a otra cosa sino a pelear».

Hay otro texto que puede ser quizás el más fuerte de todos, justamente porque la Santa se pone a sí misma en la lista. Está en las quintas moradas, cuando explica que la unión con Dios consiste en querer lo que Él quiere (¡buen punto a considerar a la luz de los Ejercicios ignacianos!):

«¿Qué pensáis, hijas, que es su voluntad? Que seamos del todo perfectas… Yo os digo que lo estoy escribiendo con harta pena de verme tan lejos, y todo por mi culpa; que no ha menester el Señor hacernos grandes regalos para esto… Plega a Su Majestad nos dé gracia para que merezcamos llegar a este estado, que en nuestra mano está, si queremos»[4].

«En nuestra mano está, si queremos.» Lo escribe una mujer que llevaba décadas recibiendo gracias extraordinarias, y dice que lo que falta no son los regalos sino el querer. Y para que nadie se consuele con un «yo sí quiero», recuerda al joven rico: «Todas decimos que lo queremos; mas como aun es menester más para que del todo posea el Señor el alma, no basta decirlo, como no bastó al mancebo cuando le dijo el Señor que si quería ser perfecto»[5]. Imposible leer esto sin pensar en la Contemplación para alcanzar amor de los Ejercicios y aquel «el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras» [230] o en la voluntad de Segundo Binario que «dice que quiere», pero en realidad no es así.

San Juan de la Cruz: «halla pocos vasos»

Volvamos al que empezó el asunto. San Juan de la Cruz, en la Llama de amor viva, se hace él mismo la pregunta de por qué son tan pocos los que llegan, y responde:

«No es porque Dios quiera que haya pocos de estos espíritus levantados, que antes querría que todos fuesen perfectos, sino que halla pocos vasos que sufran tan alta y subida obra; que, como los prueba en lo menos y los halla flacos, de suerte que luego huyen de la labor, no queriendo sujetarse al menor desconsuelo y mortificación… mucho no va ya adelante en purificarlos»[6].

Es exactísimo el mecanismo, y conviene mirarlo despacio: Dios «los prueba en lo menos». No pide primero el martirio; pide una sequedad en la oración, una humillación chiquita, un capricho que dejar… y ahí nos encuentra «flacos». Y como huimos de lo poco, no nos da lo mucho. El Santo lo remata con una imagen que duele un poco:

«Hay muchos que desean pasar adelante y con gran continuación piden a Dios los traiga y pase a este estado de perfección, y, cuando Dios los quiere comenzar a llevar por los primeros trabajos y mortificaciones… no quieren pasar por ellas, y hurtan el cuerpo, huyendo el camino angosto de la vida, buscando el ancho de su consuelo… Y así, se quedan como vasos inútiles»[7].

Pedimos la santidad y «hurtamos el cuerpo» cuando empieza a llegar. Es lo que ya había escrito en la Subida, comentando el «pocos son los que lo hallan» del Evangelio (cf. Mt 7,14): la causa «es porque pocos hay que sepan y quieran entrar en esta suma desnudez y vacío de espíritu»[8]. Sepan y quieran. Las dos cosas: a veces falta luz, claro está, pero sobre todo falta querer.

Los maestros de «hoy» dicen lo mismo

No es una lectura mía. El P. Royo Marín, que ha estudiado mucho este punto, lo zanja en una línea: el que esas almas «no pasen adelante» se debe «únicamente a su falta de generosidad y de fidelidad a la gracia»[9]. Y da la razón teológica, que es tranquilizadora y exigente a la vez: «Dios da siempre la gracia eficaz a quien no resiste a la suficiente». O sea: si no llego, no es que me haya faltado la gracia; es que me he resistido a la que tenía.

Y el beato P. María Eugenio del Niño Jesús, carmelita, después de pasar revista a estos mismos textos, se pregunta por qué hay tantos estancamientos «en regiones ya tan elevadas», y responde en dos palabras: «¡Falta de generosidad!, responden Santa Teresa y San Juan de la Cruz»[10]. Un poco más adelante lo dice de un modo que nos interpela: «Los santos son pocos. Tan pocos como las almas que se entregan sin reserva alguna a los deseos y a las operaciones del Amor».

¿Y entonces?

Entonces hay que sacar la conclusión que sacan los santos, que no es desanimarse sino todo lo contrario. Si la santidad dependiera de que Dios nos eligiera para ella, podríamos cruzarnos de brazos y esperar… o desesperarnos. Pero si depende de que no nos resistamos, la cosa cambia: la pelota está en nuestro campo. «Si persevera, no se niega Dios a nadie»[11], dirá Santa Teresa. A nadie.

Creo que el examen que sale de todo esto es muy concreto. No hay que preguntarse si Dios me quiere santo; eso ya está contestado. Hay que preguntarse en qué «poco» me está probando ahora, y en qué «poco» me encuentra flaco. Suele ser una cosa bastante concreta, por decirlo así con «nombre y apellido» (a veces puede tenerlo, de hecho), y uno la sabe –y sino, tiene que intentar saberla–. Ahí está el vaso, y ahí está la grieta.

San Juan de la Cruz, al final del Cántico, después de contar hasta dónde puede llegar un alma en esta vida, se da la vuelta hacia el lector y le grita: «¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis?»[12]. No pregunta qué hemos hecho… pregunta en qué nos entretenemos ahora.

A la Virgen Santísima, que no se reservó nada, le pedimos la generosidad que a nosotros –a mí– nos falta. Lo demás lo pone Dios, que «antes querría que todos fuesen perfectos».

¡Ave María y adelante!


[1] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, 11, 1.

[2] Vida, 15, 2.

[3] Camino de perfección, 20, 2.

[4] Moradas quintas, 3, 7.

[5] Moradas terceras, 1, 6.

[6] San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, 2, 27.

[7] Ibid.

[8] Subida del Monte Carmelo, II, 7, 3.

[9] A. Royo Marín, O.P., Teología de la perfección cristiana, n. 188.

[10] P. María Eugenio del Niño Jesús, O.C.D., Quiero ver a Dios, III, 8; la cita siguiente, en la introducción a las sextas moradas.

[11] Vida, 11, 4.

[12] Cántico espiritual B, 39, 7.

Un comentario:

  1. loudlyspooky3d35a5580c

    Es claro que después de tener un encuentro con Dios, el alma queda desconcertada, la razón obnuvelada y el pensamiento en estado catatónico ., No se puede hablar con muchas personas de esto ..aún con sacerdotes que de buena manera explican que quizás sea motivo de la mente..o alguna sustancia del café..lo cierto es que lo busque durante más de dos décadas, y no lo volví. a contemplar de la misma manera, en esa dimensión…pero si en el sufrimiento de quienes buscaban la paz de su alma, en el llanto doloroso de esa noche obscura, en la gran necesidad de amor de las almas que llegaban escuálidas y tristes como la mía.aun no quiero hablar de esas que eran las más pobres entre las pobres pues ya las poseía otro espíritu de maldad..aún así siempre prevalece el bien ..

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