La carne, el enemigo más tenaz según San Juan de la Cruz

Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Vencer al mundo según Santo Tomás.

De los tres enemigos clásicos del alma, hay uno del que no podemos escapar ni viajando al fin del mundo ni encerrándonos en un monasterio: nosotros mismos. San Juan de la Cruz lo describe con una frase que no tiene desperdicio: «el mundo es el enemigo menos dificultoso; el demonio es más oscuro de entender; pero la carne es más tenaz que todos, y duran sus acometimientos mientras dura el hombre viejo». El mundo se puede evitar en parte. El demonio, al menos, es un enemigo externo. Pero la carne la llevamos puesta.

¿Qué es exactamente «la carne» en este sentido teológico? No es el cuerpo en cuanto tal, que es bueno, obra de Dios y templo del Espíritu Santo (si estamos en gracia, claro está). La carne, en el sentido en que lo estamos tratando, es lo que Santo Tomás llama el fomes peccati, el «combustible del pecado»: esa inclinación desordenada que quedó en nuestra naturaleza después del pecado original. «Fomes peccati concupiscentia est», dice sin rodeos el Aquinate: el fomes es, sencillamente, la concupiscencia. Y la explica con una imagen muy gráfica: así como el fuego se aviva por la sequedad de la leña, el pecado encuentra en esa inclinación desordenada el material que lo favorece.

San Pablo lo vivió en carne propia (nunca mejor dicho) y lo confesó sin ningún pudor apologético: «no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rom 7,19). Esa es la experiencia de todo cristiano que se toma en serio la vida espiritual: una razón que conoce el bien, una carne que tira para el lado contrario, y en el medio, la libertad que decide.

Santo Tomás precisa además dónde se aloja este desorden: no es un mal difuso, sino que afecta concretamente al apetito concupiscible (la búsqueda desordenada del placer) y al apetito irascible (la reacción ante lo arduo). El placer, en sí, no es malo: Dios lo puso en las cosas buenas. El problema es cuando se busca desordenadamente, como fin en sí mismo, y no como lo que es: un acompañante del bien verdadero. Por eso la Escritura es tan tajante: «el espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha» (Jn 6,63). No porque el cuerpo sea despreciable, sino porque lo tangible se nos presenta engañosamente como lo más real, cuando la verdadera realidad —enseña Jesús— está en el espíritu.

Entonces, ¿qué hacer? El remedio principal, dice el mismo Señor, es tan simple como exigente: «velad y orad, que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Comentando este pasaje, Santo Tomás observa algo muy fino: la oración no es necesaria por causa del espíritu, sino por causa de la carne, que es débil. Por eso hace falta esa vigilancia constante.

San Juan de Ávila, en su Audi filia, propone remedios muy concretos para el momento exacto de la tentación: la señal de la cruz invocando el nombre de Jesús, la meditación de las postrimerías (el cielo, el infierno, la muerte), y sobre todo volver la mirada a Cristo en la Pasión, atado a la columna, y preguntarle con sencillez: ¿y yo quiero deleites para mi cuerpo, cuando el Vuestro pagó con azotes? A esto se suma lo de siempre pero nunca superado: la mortificación (no solo corporal, también de la voluntad y del juicio propio), el discernimiento prudente y guiado, y la frecuencia de los sacramentos, en especial la Eucaristía y la Confesión.

Una última claridad práctica: la tentación en sí misma no es pecado. El pecado está en el consentimiento deliberado de la voluntad, no en la atracción inicial que sentimos sin buscarla. Quien lucha y habitualmente no cae, cuando tiene dudas sobre si consintió o no, debe juzgar a su favor (cuanto más si es de conciencia escrupulosa). Dios no pide perfección instantánea; pide combate constante, y eso, con su gracia, nos irá perfeccionando.

Ave María… ¡y adelante!

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2 comentarios:

  1. Francisco Baeza

    Estimado Padre Gustavo:
    ​Muchas gracias por esta enseñanza. Me ha quedado muy claro que la lucha contra «la carne» no es una guerra contra el cuerpo —que es bueno y templo del Espíritu Santo—, sino contra esa inclinación desordenada (fomes peccati) que llevamos dentro y que exige una vigilancia constante.

    ​Me resultó especialmente iluminador el matiz sobre la oración: entender que no es para sostener al espíritu, sino para fortalecer la debilidad de nuestra carne, cambia la perspectiva con la que nos acercamos a velar y orar. También da mucha paz la distinción sobre la tentación y el consentimiento, clave para evitar caer en escrúpulos innecesarios.

    ​Una sugerencia para futuras clases: Sería de gran ayuda profundizar un poco más en la mortificación de la voluntad y del juicio propio de la que habla al final. A veces la mortificación corporal es más fácil de identificar, pero la del juicio (el cómo ceder, perdonar o renuncian al ego en la vida cotidiana de familia o trabajo) suele ser donde más nos cuesta vencer a la carne en el día a día.
    ​¡Que Dios siga bendiciendo este curso! En oraciones y adelante.

  2. De gran provecho. De las virtudes que nos asemejan a los ángeles. lastimosamente olvidada y ridiculizada por un humanidad egocentrista y atada a la sensualidad.

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