Continuamos, algo atrasados, ¡perdón!, la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Fe oscura: la luz que ciega, según San Juan de la Cruz.
¿Cuántas veces has discutido esta semana con alguien que no estaba delante? Repasas la frase que te dijeron y por fin encuentras la respuesta perfecta, la que no te salió en su momento. La ensayas conduciendo, fregando, antes de dormir. Y cada vez te queda un regusto a tener razón. San Juan de la Cruz tiene mucho que decir sobre eso, y no es lo que esperas.
La memoria: la potencia con la que posees
Después del entendimiento y la fe, San Juan de la Cruz pasa a la segunda potencia: la memoria. Pero no la entiende como un simple archivo de recuerdos. Para él, la memoria es donde guardas lo que consideras de algún modo tuyo: lo que viviste, lo que te hicieron, lo que lograste, lo que perdiste y hasta lo que temes. Por eso la une con la esperanza, que es precisamente la virtud de lo que todavía no tienes.
Un apunte para quien conozca a Santo Tomás: para él la memoria intelectiva no es una potencia distinta del entendimiento (Suma Teológica I, q.79, a.7). San Juan de la Cruz -como San Ignacio- habla de tres potencias por claridad pedagógica y, como explica Royo Marín, en el fondo no se aparta de la doctrina tomista.
Lo que no es
Purificar la memoria no es volverse desmemoriado, ni despreciar esa facultad, ni tirar las imágenes y devociones. El mismo santo, en pleno siglo XVI, se desmarca con fuerza de quienes querían quitarlas: son buenos medios; lo malo es quedarse en ellos en vez de pasar a Dios. Tampoco es fingir que no tienes pasado. Se trata de dejar de agarrarte a lo que pasa por dentro.
Una ley que va al revés
Toda la enseñanza cabe en una frase de la Subida del Monte Carmelo:
«Cuanto más la memoria se desposee, tanto más tiene de esperanza, y cuanto más de esperanza tiene, tanto más tiene de unión de Dios» (Subida III, 7, 2).
Y en el mismo lugar: «toda posesión es contra esperanza». Piénsalo con las manos: para recibir hay que tenerlas abiertas. Dios no te niega nada; es que llegas con las manos llenas.
Qué ocupa de verdad tu memoria
Normalmente no son recuerdos sin más, sino tres cosas. El agravio, que repasas hasta tenerlo más nítido que el primer día. La nostalgia, que parece piadosa («cuando rezaba bien», «cuando Dios se sentía») y en realidad te tiene esperando un recuerdo en lugar de esperar a Dios. Y la preocupación, que es la memoria fabricando un futuro con material del pasado.
Hay otra más fina: aferrarse a las experiencias espirituales de otro tiempo. El Santo advierte que el alma puede quedar «enmelada» en ese gusto, mirando más el sabor que el amor. Y enseña que el menor acto de fe y esperanza hecho en vacío vale más que todas ellas. Lo recibido se cuenta al director espiritual y se suelta.
Lo que ganas soltando
Paz interior, porque dejas de estar en guerra contigo mismo. Y algo muy práctico: el demonio trabaja con el material que encuentra dentro de ti. Quitados los pensamientos de en medio, dice el Santo, no tiene con qué combatir al espíritu (cf. Subida III, 6, 2). Hay tentaciones que no se vencen: se quedan sin combustible.
La regla práctica
Cuando te venga ese recuerdo, no discutas con él ni lo termines. No hagas asiento en él y vuelve a Dios con afecto amoroso (cf. Subida III, 15, 1). En sencillo: «Señor, esto te lo dejo a ti», y sigue con lo tuyo. Volverá. Cuarenta veces al día, si hace falta. Y cada vez será un acto de esperanza.
Eso sí: si hay algo que reparar o resolver, se resuelve. Lo que se suelta no es el deber, sino el regodeo.
La esperanza no es optimismo
El optimismo calcula que todo saldrá bien, y se hunde cuando cambian los datos. La esperanza teologal se apoya en que Dios puede y lo ha prometido. Por eso aguanta la oscuridad. Santa Teresita, en plena prueba de fe, confesaba que el recuerdo de un rayo de luz le hacía más densa la noche; y aun así seguía cantando lo que quería creer.
María, al pie de la cruz, no recuperó nada de lo que había perdido. Y tampoco se quedó a vivir en lo perdido.
No te falta memoria. Te sobra posesión.
Para estos días:
- Escribe en una frase qué estás repasando estos días: un agravio, una nostalgia o un miedo.
- Cada vez que vuelva, di: «Señor, esto te lo dejo a ti».
- Un día, sin sentir nada, haz un acto de esperanza: «Espero de ti lo que me has prometido, aunque hoy no vea nada».
Ave María… ¡y adelante!




Gracias, padre Lombardo! Cuanto bien me hace la claridad de conceptos, los ejemplos practicos y las explicacion mas amplia de lo que parece que ya dominamos. Y como se entrelaza la memoria y la esperanza criatiana!