¿Qué es el «mundo» para Santo Tomás?

Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: El espíritu del mundo.

Si Dios hizo el mundo y «vio que era bueno», ¿por qué el Nuevo Testamento nos advierte una y otra vez contra él? ¿Por qué Jesús llega a decir que no ruega por el mundo (Jn 17,9)? No hay contradicción: hay una distinción, y Santo Tomás la maneja con una precisión que ilumina toda la vida espiritual.

El mundo creado no tiene nada de malo

Conviene empezar por aquí, porque hay errores muy antiguos que siguen rondando. Santo Tomás se pregunta si la criatura corporal proviene de Dios, y responde que sí, sin matices (Suma Teológica, I, q. 65, a. 1). En el artículo siguiente rechaza expresamente la opinión de Orígenes, según la cual los cuerpos habrían sido creados como castigo del pecado de las criaturas espirituales. Es falsa por dos motivos: contradice el Génesis —donde Dios ve que cada cosa creada es buena por su mismo ser— y convertiría el orden entero del universo en algo casual.

Y ahí mismo aclara la frase que tanto se cita: si se llama al demonio «dios de este siglo», no es porque lo haya creado, sino porque quienes viven mundanamente le sirven. El demonio no fabricó nada. No hay dos principios, uno bueno y otro malo. Hay un solo Creador, y su obra es buena.

Entonces, ¿cuál es el enemigo?

La clave está en una observación que Santo Tomás repite: la palabra «mundo» se toma de dos maneras, en buen sentido y en mal sentido; en el segundo significa «los amadores del mundo». No es el planeta: son las personas —y el modo de vivir— que han hecho de lo temporal su fin último. Por eso puede decir esa frase asombrosa: todo el mundo odia a todo el mundo, porque los amadores del mundo odian a la Iglesia extendida por todo el mundo. La misma palabra, dos sentidos opuestos.

Así se entiende que San Juan escriba que «el mundo no lo conoció» (Jn 1,10) refiriéndose al mundo que fue hecho por Él. El defecto no está de parte de Dios, sino del hombre. Santo Tomás distingue aquí un doble conocimiento: el especulativo (saber que Dios existe) y el afectivo (amarlo). El mundo falló en los dos: algunos paganos alcanzaron algo de Dios por la razón, pero mezclado con errores; y en el orden del amor sencillamente no lo conocieron, porque el amor del mundo hace enemigo de Dios (cf. Sant 4,4). Hay una observación suya preciosa: los ángeles conocieron a Dios entendiendo, los elementos lo conocieron obedeciendo; solo el hombre mundano no lo conoció.

Dos «paces» que no se parecen

«La paz os dejo, mi paz os doy: no como la da el mundo» (Jn 14,27). Santo Tomás define primero la paz como tranquilidad en el orden —del hombre consigo mismo, con Dios y con el prójimo— y luego señala tres diferencias:

  • Por el fin: la paz del mundo se ordena al goce tranquilo de lo temporal, y por eso a veces hasta ayuda a pecar; la de los santos se ordena a los bienes eternos. El libro de la Sabiduría lo dice sin anestesia: viviendo en una gran guerra de ignorancia, llaman «paz» a males enormes (cf. Sab 14,22).
  • Por la verdad: la paz del mundo es simulada, solo exterior —hablan de paz y llevan el mal en el corazón (Sal 27,3)—; la de Cristo es verdadera, interior y exterior.
  • Por la perfección: la del mundo aquieta al hombre exterior y deja intacto al interior. «No hay paz para los impíos» (Is 57,21).

El odio, y el príncipe que ya fue juzgado

«Si el mundo os odia, sabed que a mí me odió primero» (Jn 15,18). Santo Tomás lo explica con una simetría clara: así como el principio de todo beneficio es el amor, el principio de toda persecución es el odio; y como el semejante ama a su semejante, el mundo no reconoce a los suyos en quienes ya no son del mundo.

¿Y el «príncipe de este mundo»? Aquí está la fórmula más exacta de toda la clase: lo es «no por creación, sino por sugestión e imitación». No manda porque el mundo le pertenezca, sino porque logra que los hombres lo imiten libremente. Y Santo Tomás saca de ahí una consecuencia incómoda: eso nos quita la excusa del «me tentó el demonio». Ya ha sido expulsado del corazón de los fieles por la gracia; puede molestar desde fuera, no mandar desde dentro. Por eso —remata— mujeres débiles han vencido al demonio donde fueron vencidos varones fortísimos. La fuerza no es natural: es adhesión a Cristo.

La victoria tiene nombre

«Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5,4). Santo Tomás lo ve dibujado hasta en un nombre propio: Nicodemo significa «victoria del pueblo». Aquel hombre que llegó de noche, con miedo, terminó confesando públicamente a Cristo (cf. Jn 12,42). Empezó en la oscuridad y acabó siendo figura de los que vencen al mundo por la fe.

Ese es el punto de llegada de esta clase, y conviene subrayarlo: el mundo no se vence huyendo (salvo que Dios así lo pida) ni odiando la creación, sino naciendo de Dios. ¡Y a eso estamos todos llamados!

Ave María… ¡y adelante!

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Un comentario:

  1. Francisco Baeza

    El mundo físico y la creación no son malos, porque fueron hechos por Dios. Lo que la fe combate como «mundo» no es la Tierra, sino el egoísmo y el apego desmedido a las cosas temporales.

    ​Este texto Nos aclara que el demonio no reina por ser dueño del mundo ni manda en nuestro interior, sino porque los hombres eligen imitarlo libremente. Por eso, el mundo no se vence huyendo de él ni rechazando la materia, sino transformando el corazón a través de la fe y la gracia de Cristo.

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