Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: La ira y el miedo: enemigos que se pueden vencer.
¿Por qué hay tan pocos santos? Uno esperaría que la respuesta fuera el pecado grave, el escándalo, la traición ruidosa. El P. Royo Marín, siguiendo la tradición en teología espiritual, da otra mucho más incómoda: la inmensa mayoría de las almas que se quedan a mitad de camino se quedan por no haber logrado dominar el horror al sufrimiento que experimenta su carne flaca.
Conviene notar el matiz, porque es finísimo. El ansia de gozar puede costarte la salvación, porque empuja muchas veces al pecado mortal. El horror al dolor, normalmente, no condena: te deja a mitad de camino. No te tira al infierno, te deja siendo un cristiano mediocre durante cuarenta años. Es menos grave, y por eso mismo más peligroso: nadie se alarma.
Dolor y tristeza no son lo mismo
Santo Tomás dedica cinco cuestiones enteras a esto (I-II, q.35-39), y empieza distinguiendo. De los sentidos externos nace el dolor propiamente dicho: la muela, la astilla, etc. De la aprehensión interior nace la tristeza. Y hay una diferencia práctica interesante: el sentido exterior sólo percibe lo presente, mientras que la potencia interior alcanza lo pasado y lo futuro (I-II, q.35, a.2, ad 2).
Por eso el animal sufre lo que le está pasando; el hombre sufre además lo que le pasó hace veinte años y lo que teme que le pase dentro de veinte. De ahí, entonces que el dolor interior sea mayor que el exterior (I-II, q.35, a.7). La prueba es de puro sentido común: aceptamos voluntariamente dolores del cuerpo para evitar los del alma. Nadie hace lo contrario.
Huir del dolor no es un defecto
Aquí hay que ser muy claro, contra cierto rigorismo. Santo Tomás se pregunta si toda tristeza es mala y responde que no: ante un mal presente, entristecerse pertenece a la bondad. No sentir nada sólo puede deberse a que uno no lo percibe o a que juzga mal, y ambas cosas son peores (I-II, q.39, a.1).
Esto, de algún modo, es una bofetada al estoicismo, que hoy vuelve disfrazado de gestión emocional (llámese mindfulness o como se quiera). El cristianismo no promete no sentir: promete sentido.
Y el argumento definitivo no es filosófico, es Cristo. Hubo verdadera tristeza y verdadero temor en su alma (III, q.15, a.6-7). Aquel Hombre, la noche antes, pidió que pasara el cáliz. Pedirlo no es imperfección: es la reacción sana de una naturaleza sana. Lo que define al cristiano es lo que se añade después: pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
Entonces, ¿dónde empieza el pecado?
Santo Tomás tiene dos palabras quirúrgicas. La primera es molicie (II-II, q.138), y la coloca entre los vicios opuestos a la perseverancia, no a la templanza. Blando es lo que cede fácilmente al que lo toca; nadie llama blanda a la pared que cede ante el ariete. Blando es el que cede al empujón mínimo: el que no se levanta porque la cama está caliente, el que deja el rosario a la mitad porque tiene sueño, el que abandona la lectura espiritual porque se le hizo aburrida.
La segunda es pusilanimidad (II-II, q.133): el alma pequeña, que queda por debajo de la medida de su propia capacidad. El ejemplo es el siervo que enterró el talento por temor. No robó ni malgastó: simplemente no hizo lo que podía hacer. Y el Evangelio lo llama siervo malo y perezoso.
Los remedios que receta Santo Tomás
Uno esperaría cinco heroísmos. Escuche lo que ordena en I-II, q.38: cualquier placer honesto; el llanto y el desahogo; la compasión de los amigos —porque al ver que otros se entristecen con él, el que sufre percibe que es amado—; la contemplación de la verdad (no dejar de pensar en Dios); y, por último, el sueño y bañarse.
No es un chiste medieval. Es una realista advertencia pastoral.
La única cuestión que importa
Muchos quieren ser santos, pero con una santidad cómoda que no exija la renuncia total de sí mismos. Fulton Sheen lo dejó en una línea que resume toda la doctrina: «El dolor es sacrificio sin amor; el sacrificio es dolor con amor».
Es el mismo hecho, el mismo peso, la misma enfermedad. Lo único que cambia es si hay amor dentro. Por eso el que huye de la cruz no tiene un problema de valentía, sino de amor. Y si el problema es de amor, la solución no es apretar los dientes: es pedir más amor.
Un propósito pequeño y verificable para esta semana: cada noche, antes de dormir, toma lo que le dolió ese día —la contrariedad más chica— y fírmala (dale un sentido): «Señor, esto por tal persona, o para consolar tu Sacratísimo Corazón». Que ningún dolor de esta semana quede sin firmar.
Ave María… ¡y adelante!
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