Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Pasiones del alma: sin pasiones grandes no hay santos.
¿Rezas mejor que hace unos meses, o solo sabes más sobre la oración? Vivimos rodeados de vídeos, pódcast y cursos de espiritualidad (este también), y es muy fácil confundir estar bien informado sobre Dios (¡cosa que es muy buena!) con estar cerca de Él. San Juan de la Cruz lo corta de raíz: nada de lo que entiendes de Dios es Dios. Ni lo que has leído, ni lo que has sentido, ni la mejor idea que hayas tenido nunca sobre Él.
Tres potencias, tres virtudes
Después de los sentidos y las pasiones, subimos a la parte espiritual del alma. El Doctor Místico empareja cada potencia con una virtud: la fe purifica el entendimiento, la esperanza la memoria y la caridad la voluntad (Subida II, 6, 1). Empezamos por el entendimiento, que es la potencia de la que más presumimos.
Antes, una aclaración. Purificar el entendimiento no es dejar de pensar, ni desconfiar de la razón, ni «vaciar la mente» como proponen tantas técnicas de meditación de moda (lo explico en De espaldas a Dios). Quien cruza un puente de noche no se arranca los ojos. Simplemente deja de fiarse de ellos para guiarse.
Lo más cierto y lo más oscuro
Santo Tomás, recogiendo a San Agustín, define el acto de creer como cum assensione cogitare, «pensar dando el asentimiento» (II-II, q.2, a.1). La fe no es un sentimiento: tiene un contenido que se puede enunciar. Pero en ella asientes sin ver, apoyado en la autoridad de Dios que revela. Por parte de su causa, la fe es más cierta que cualquier ciencia. Para nosotros, en cambio, es menos clara, porque trata de lo que nos supera (II-II, q.4, a.8). Certeza máxima, claridad, de algún modo, mínima.
San Juan de la Cruz lo dice con los teólogos: la fe es «un hábito del alma cierto y oscuro» (Subida II, 3, 1). Pasa como con el sol, que deja ciego a quien lo mira de frente por exceso de luz: la fe, «cegando la da luz» (II, 3, 4). No estás a oscuras porque falte luz, sino porque sobra.
Solo la fe une
Aquí está el centro de la clase. La fe es el único medio próximo y proporcionado para unirse a Dios, porque se le parece tanto que «no hay otra diferencia sino ser visto Dios o creído». De ahí la conclusión: «cuanto más fe el alma tiene, más unida está con Dios» (Subida II, 9, 1). No dice cuanto más entiende, ni cuanto más siente.
Por eso la sequedad en la oración no siempre es un retroceso. A veces es tibieza, y aprenderemos a distinguirla. Pero la falta de sentimiento, por sí sola, no prueba nada. Santa Teresita pasó sus últimos dieciocho meses ante un muro que le tapaba el cielo, y allí hizo los actos de fe más grandes de su vida.
Conviene aclarar, antes de pasar al siguiente punto: por supuesto que siempre está dando por sentado, San Juan de la Cruz, que se trata de fe informada por la caridad.
Dos peligros
La curiosidad. Santo Tomás la llama vicio (II-II, q.167), frente a la estudiosidad, que pone en orden el deseo de saber (q.166). Hoy tiene tres caras:
- la caza de mensajes y revelaciones privadas;
- la acumulación de contenido espiritual, que se parece mucho a rezar pero no lo es;
- el autoanálisis sin fin.
Una prueba sencilla: si pasas más tiempo oyendo hablar de la oración que rezando, algo falla.
El apego a las propias luces. El Santo compara al alma con el ciego que ve un poco. Se fía de su resplandor, discute con el lazarillo y acaba llevando a los dos por mal camino (Subida II, 4). El peligro no es no ver nada, sino ver un poco. Por eso hace falta dirección espiritual. Y por eso vale la regla de San Ignacio: en desolación, no hacer mudanza (EE 318).
Dos alas
Nada de esto enfrenta la fe con la razón. San Juan Pablo II las llamó las dos alas con que el espíritu humano se eleva hacia la verdad (Fides et ratio, proemio). El entendimiento sirve, y mucho. Lo que no puede es unir: el último tramo hacia Dios se recorre en fe, a oscuras.
De pie junto a la cruz
La clase se dio el 15 de septiembre, fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Aquella tarde, todo lo que María veía le decía «se acabó». Y Ella se quedó con lo que Dios le había prometido, sin que, humanamente, nadie le explicara nada. Bienaventurada la que ha creído (Lc 1,45).
A ti tampoco te lo van a explicar todo. Pero puedes quedarte de pie, como Ella.
Para esta semana:
- Siete días sin buscar contenido espiritual nuevo, y ese tiempo dedicarlo a rezar.
- Un rato de oración seca sin acortarlo, terminando con un «creo, aunque no sienta nada».
- Una pregunta para llevar al director espiritual: ¿en qué me apoyo que no sea la fe?
Ave María… ¡y adelante!
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Gracias, Padre Gustavo, por recordarnos que la fe se demuestra manteniéndose de pie en la aridez y el silencio, animándonos a pasar de la teoría al compromiso real de la oración.