Psicoanálisis, confesión e IA: pagar para ser escuchado

Los jueves a las seis, durante cincuenta minutos, hay una persona que te mira a la cara mientras hablas. No mira el móvil. No te interrumpe para contarte algo suyo. No se le va la vista a la puerta. No cambia de tema cuando te pones pesado. Cuando terminas, te hace una pregunta que demuestra que estaba escuchando de verdad. Cuesta sesenta euros y quizás es la mejor hora de tu semana. Puede que también sea la única hora entera en la que alguien te escucha. Y si alguna vez has pensado, con un pinchazo raro, que le tienes más cariño a tu terapeuta que a media familia, no eres un caso extraño ni un desagradecido. Eres exactamente lo que describió Fulton Sheen —el sacerdote norteamericano, después obispo, al que van a beatificar el 24 de septiembre en San Luis (Misuri)— en 1949, en un capítulo de Peace of Soul («Paz del alma») que se llamaba «Psicoanálisis y confesión». Antes de seguir hay que dejar clara una cosa, y la dejó clara él: Sheen no estaba contra la psiquiatría ni contra la medicina de la mente. Y no lo dice por cortesía, para poder atacar después. Reconocía que hay gente cuyo problema no tiene ninguna causa moral y a la que hay que tratar como se trata una enfermedad, y que ahí el médico tiene un campo grande donde opera con todo derecho. Su objeción es estrecha: iba contra la visión del hombre que muchos psicoanalistas de su época, siguiendo a Freud, traían pegada al método, y la resume en tres ideas: que el hombre es solo un animal, que no hay responsabilidad ni culpa, y que el análisis puede sustituir a la confesión. Nada más. Si tu terapeuta no sostiene esas tres cosas, este artículo no va contra tu terapeuta ni contra ningún otro. Lo digo pronto porque quien más necesita leer esto es precisamente el que está en terapia y le está sirviendo. Y porque la distinción que hace falta la formula muy bien un psicólogo, Abelardo Pithod, glosando a Viktor Frankl: los que sufren en su psique conservan intacto el núcleo de su personalidad, incluso en cuadros graves, y desde ahí pueden resistir. «Se puede estar enfermo con el cuerpo y la psique, pero no con el espíritu» (Psicología y ética de la conducta). Ahí está toda la cuestión. El médico trata lo que está enfermo. Pero queda alguien detrás, sano, que sigue teniendo que decidir cómo vive. Y a ese muchas veces nadie lo trata.
Ahora sí, lo que Sheen vio, y que difícilmente alguien haya dicho con mayor claridad. Se pregunta por qué tantos pacientes desarrollan una dependencia tan honda de su analista, y responde que no hace falta ninguna teoría complicada para explicarlo. Basta con mirar la vida real de esa persona. Está sola. Se siente aislada de la realidad y de los demás por su propio desasosiego. Está pendiente de sí misma y con miedo a fallar. Y —esta es la frase que duele— por fuera se ha vuelto un incordio: sus quejas aburren, su manera de comportarse irrita, y así va perdiendo el contacto con todo el mundo. Primero se queda sola por dentro y después se queda sola por fuera, y lo segundo es consecuencia de lo primero. Y entonces:
«No es de extrañar que, cuando encuentra a un analista o a un psicoterapeuta dispuesto a escuchar —cuya tarea es escuchar—, esa persona empiece a desempeñar un gran papel en la vida del paciente.» Fulton J. Sheen, Peace of Soul (1949), p. 99.
Fulton Sheen remata añadiendo que ese profesional se convierte en la primera persona con la que el paciente vuelve a tener una relación humana, y por eso pasa a tener para él un valor completamente desproporcionado respecto de lo que realmente vale. Esto está escrito en 1949 y describe algo que en 2026 es una industria. Hoy no hace falta ni un despacho. Hay aplicaciones que te escriben todos los días para preguntarte cómo estás, hay gente que paga por videollamadas de compañía, y hay millones de personas —esto ya no es una hipótesis— que a las dos de la mañana le cuentan lo peor de su vida a un programa que simula escuchar. Y funciona, en el sentido en que funciona un analgésico. Ninguna de esas escuchas te va a interrumpir, ni se va a cansar, ni te va a decir que estás siendo injusto con tu hermana. Y sí, con «un programa que simula escuchar» me refiero a la inteligencia artificial: según algunos estudios, uno de sus usos principales en todo el mundo (si no el principal) es el apoyo o la contención afectiva.[1]
Dos páginas antes, Fulton Sheen hace una observación de una malicia excelente. Se pregunta por qué la confesión dura tres minutos y el análisis dura años, y da dos motivos. El primero es limpio: el que tiene un criterio fijo se juzga rápido, porque compara su conducta con algo; el que no tiene ninguno tarda muchísimo en juntar los pedazos, porque no sabe con qué compararse. El segundo es incómodo: contar rarezas mentales no humilla a nadie. Confesar que has sido mezquino, humilla. Explicar que tienes un patrón de evitación ansiosa, no. Al contrario: se puede disfrutar. Sheen describe al paciente que alarga el relato de sus síntomas y termina preguntando, con cierto orgullo, si el doctor había oído alguna vez algo parecido. Y de ahí sale una frase muy interesante: al hombre a quien le han enseñado que todo lo suyo es un síntoma nunca le toca juzgarse. Ni acusarse, ni pedir que lo juzguen. Se mira a sí mismo como un fenómeno curioso que hay que investigar, y la investigación deja de servir para mejorar y pasa a servir para entretenerse. Mira alrededor y dime si eso no es hoy media conversación. Gente entera construida sobre su diagnóstico. Perfiles que empiezan con las siglas de un trastorno. Vocabulario clínico usado para no tener que decir «me porté mal». Todo verdad, todo probablemente bien diagnosticado, y todo perfectamente inútil para cambiar nada, porque un síntoma no se arrepiente.
Así que la prueba práctica es esta, y la puedes hacer el jueves que viene al salir de tu cita con el psicólogo. Antes de llegar a casa, párate y contéstate una sola pregunta: ¿salgo con algo que hacer, o solo con algo que contar? Si sales con algo que hacer —hablar con tu padre, dejar ese trabajo, cortar con quien te está hundiendo, pedir perdón a alguien concreto—, esa hora está trabajando. Si sales solo con una comprensión nueva y muy interesante de ti mismo, y llevas así año y medio, no es que te estén engañando: es que falta la mitad. Pídela. Termina la sesión preguntando: ¿qué hago yo esta semana? Un profesional serio te lo va a agradecer. Y hay dos cosas más que te sugiero, más baratas y bastante más difíciles. La primera: si la escucha se ha vuelto un producto es porque escasea, y escasea porque casi nadie la regala. Elige a una persona esta semana —no la que más te apetezca: la que sabes que no tiene a nadie— y dale veinte minutos sin mirar el reloj ni el móvil, sin contarle nada tuyo, sin arreglarle la vida. Solo escuchar. Vas a descubrir dos cosas. Que cansa (nos falta mucha caridad…), y que por eso se paga. Y que mientras lo haces, y solo mientras lo haces, dejas de estar dentro de ti mismo, que era exactamente lo que necesitabas. La segunda: ve a hablar con un sacerdote. No hace falta que te confieses si no quieres; basta con pedirle hablar. Somos de los pocos que no cobramos por escuchar con atención, el tiempo que haga falta, sin mirar el móvil. El bien que esto te hará no se puede explicar, porque el que «obra» detrás (y a pesar de nuestras debilidades) es el mismo Jesucristo. ¡Ave María y adelante!  

[1] Marc Zao-Sanders, «How People Are Really Using Gen AI in 2025», Harvard Business Review, 9 de abril de 2025, hbr.org. Según este estudio, la terapia y la compañía emocional son el primer uso de la IA generativa; se basa en lo que cuentan los propios usuarios en foros como Reddit o Quora. Un análisis de OpenAI sobre más de un millón y medio de conversaciones reales con ChatGPT da una cifra bastante menor, en torno al 2 % de los mensajes.

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