Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: El horror al sufrimiento: el enemigo que deja a mitad de camino.
Me confesé bien, comulgo, rezo todos los días… y sigo igual. ¿Te suena? Es una queja frecuente y, en el fondo, sana: significa que uno se toma en serio el camino. Pero debajo suele haber un malentendido sobre lo que hace la gracia y sobre lo que nos toca a nosotros. Justo ahí empieza el tratado de las purificaciones.
La gracia no te quita los defectos
La gracia hace cosas enormes: eleva la naturaleza al orden divino, infunde las virtudes teologales y morales con los dones del Espíritu Santo, hace que la Trinidad habite en el alma y nos hace herederos del Cielo. Lo que no hace, de suyo, es borrar los malos hábitos que uno se fabricó a fuerza de actos repetidos. Royo Marín lo dice sin rodeos: la gracia excluye el pecado mortal, pero deja al hombre con sus inclinaciones desordenadas y sus costumbres adquiridas.
Santo Tomás lo explica con una precisión que consuela: los hábitos de las virtudes infusas «padecen a veces dificultad en obrar» por las disposiciones contrarias que dejaron los actos anteriores (I-II, q.65, a.3, ad 2). El que se emborrachó durante años recibe con la gracia el hábito infuso de la templanza, y al día siguiente la botella le sigue pesando igual. La virtud infusa da la posibilidad de obrar; el vicio adquirido pone la dificultad.
Las cuatro heridas
¿De dónde viene esa resistencia? Del pecado original: al perderse la justicia original, las potencias del alma quedaron desordenadas. Santo Tomás las llama heridas (I-II, q.85, a.3): la razón quedó herida de ignorancia, y no ve la verdad justo donde duele mirar; la voluntad, de malicia, y le cuesta pegarse al bien; el apetito irascible, de debilidad, el que empieza y no termina, tres días de propósito y se acabó; el apetito concupiscible, de concupiscencia, que perdió el termómetro del placer y ya no sabe cuándo parar (no solo lo obvio: también el celular que no se suelta y la comida sin hambre).
Y esas heridas no son solo herencia. Cada pecado personal las vuelve a abrir. Lo que fue efecto de un pecado se convierte en causa del siguiente.
Ni Pelagio ni Lutero
Hay dos modos de arruinar una vida espiritual. Pelagio, por defecto: negar el pecado original y suponer que uno es bueno por naturaleza, con propósitos generosos y sin medios concretos. Lutero, por exceso: creer que la naturaleza quedó totalmente corrompida. «Yo soy así», veinte años confesándome de lo mismo sin esperanza.
Santo Tomás corta por el medio: somos un cuerpo transparente al que le cayó niebla encima. La inclinación al bien puede disminuir sin fin, pero nunca se consume del todo (I-II, q.85, a.2). No eres una pared: eres un cristal empañado, y no hay punto de no retorno. ¿Y por qué Dios dejó la concupiscencia después del Bautismo? Trento responde: la dejó para la lucha (ses. V, can. 5). Quiere que ganemos el Cielo cooperando con nuestra libertad. Entre Pelagio y Lutero está el lugar exacto donde se hace un santo, y a esa santidad estamos todos llamados.
La única medicina: actos repetidos y contrarios
Si la gracia no quita el mal hábito, ¿qué lo quita? Los hábitos adquiridos solo se deshacen con el ejercicio de los actos contrarios. Es el agere contra de San Ignacio, y ya lo había visto Aristóteles: al palo torcido hay que forzarlo hacia el lado opuesto. No basta con dejar de hacer lo malo; hay que hacer positivamente lo contrario. El impaciente no tiene que «no enojarse»: tiene que hacer actos concretos de paciencia. El soberbio no tiene que «no ensoberbecerse»: tiene que hacer cosas humildes que le cuesten.
Tres condiciones para que un propósito sirva. Que sea concreto: un acto, no una intención. Que vaya contra tu herida principal, no contra la que te queda simpática. Y que sea intenso y repetido, porque los actos mediocres no engendran hábito. El problema no es que no hagamos nada: es que lo hacemos todo aguado. Hace falta pintura espesa y muchas manos, no agua.
Y no alcanza con sacar: hay que ocupar. El esfuerzo desaloja el vicio, pero es el amor el que llena el lugar vacío. «El amor es una palanca que quita los otros amores», decía San Agustín. Si vacías sin llenar, aquello vuelve, y vuelve con siete peores.
Esta es la purificación activa, la que me toca a mí y a vos. Después viene la pasiva, la que hace Dios cuando ya no podemos más. Las dos trabajan juntas: a medida que el alma se purifica, crecen su luz y su amor. Por eso el día en que descubrís que solo no podés no es el día en que retrocediste; es el día en que empezaste.
Ave María… ¡y adelante!
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Estimado Padre Gustavo, le escribo para agradecerle por su artículo. Me ayudó a entender con mucha claridad pedagógica por qué nos sentimos estancados tras la confesión. Valoro enormemente su capacidad para aterrizar conceptos teológicos profundos a la vida diaria de forma tan sencilla. Nos devuelve la esperanza para seguir luchando con la gracia de Dios, la voluntad y las acciones concretas. ¡Que Dios lo bendiga en su misión!