Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Nuestros enemigos: el demonio.
De los tres enemigos clásicos del alma —el demonio, la carne y el mundo—, el mundo es quizá el más disimulado. El demonio se esconde, la carne se siente; pero el mundo es, de algún modo, como el aire que respiramos. No nos ataca de frente: nos moldea poco a poco, hasta que empezamos a pensar como todos, a querer lo que todos quieren y a avergonzarnos de lo que antes amábamos. Por eso conviene desenmascararlo.
Lo primero es entender bien la palabra, porque «mundo» tiene dos sentidos muy distintos. En su sentido bueno, el mundo es la creación de Dios, obra suya y amada por Él hasta el extremo: «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). Ese mundo no es enemigo nuestro; es el escenario donde se juega nuestra salvación y donde estamos llamados a llevar la luz de Cristo. El cristiano no desprecia lo creado ni huye asustado de la realidad.
El enemigo es otro: el «mundo» en sentido negativo, esto es, una mentalidad, una manera de pensar y de vivir contraria al Evangelio. Es lo que la tradición llama espíritu mundano o mundanidad, y que puede infiltrarse incluso dentro de la Iglesia y de nuestro propio corazón. San Juan lo dice sin rodeos: «No améis al mundo ni las cosas del mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn 2,15).
¿En qué consiste ese espíritu? El mismo apóstol lo desglosa en tres raíces: «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» (1 Jn 2,16). Es decir: el placer buscado sin orden, el afán de tener y poseer, y la vanidad del prestigio y del poder. Ahí está resumido casi todo lo que el mundo nos vende como felicidad y que, sin embargo, «no viene del Padre, sino del mundo». Y su lógica es excluyente: «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24). O Dios, o el ídolo.
El mundo actúa sobre todo por presión: la máxima repetida hasta parecer verdad, la moda que arrastra, el temor al qué dirán. Ese respeto humano —callar, ceder o disimular la fe para no quedar mal— es una de sus armas más eficaces. Por eso Jesús fue tan claro con los suyos: «Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo… por eso el mundo os odia» (Jn 15,19). Y advirtió sin engañar a nadie: «En el mundo tendréis tribulación» (Jn 16,33).
¿Cómo se combate? No tanto huyendo del planeta cuanto sacando de dentro sus criterios. Hace falta una cierta fuga mundi del corazón: poner distancia interior de sus valores, alimentar el alma con oración y lectura espiritual, y no avergonzarse nunca del Evangelio. San Ignacio lo lleva al fondo en la meditación de las Dos Banderas: quien de verdad sigue a Cristo aprende a amar y desear lo contrario de lo que el mundo ama —la humildad frente a la vanidad, la pobreza de espíritu frente a la codicia, la cruz frente a la comodidad—. No es masoquismo: es descubrir dónde está la verdadera vida. Ahí se juega también el deseo de ser santo: no en aislarse, sino en estar en el mundo sin ser del mundo.
Y esto no toca solo a las almas una por una. El espíritu del mundo impregna también la cultura, las leyes y el ambiente, y la Iglesia entera está llamada a discernirlo y resistirlo con caridad y valentía, no con miedo.
Termino con una frase que nos da mucha esperanza: «En el mundo tendréis tribulación; pero tened ánimo: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). El enemigo es real, pero ya fue derrotado. Unidos a Cristo, nosotros también vencemos.
Ave María… ¡y adelante!
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