Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: https://verbo.vozcatolica.com/distracciones-en-la-oracion/.
Cierra los ojos un segundo y piensa en un santo. El que quieras. Ahora dime: ¿lo has imaginado gritando? ¿Llorando de rabia? ¿Temblando de miedo? Seguramente no. Lo has imaginado sereno, por encima de todo, como una estatua que respira. Pues el único hombre perfecto que pisó esta tierra lloró ante un sepulcro, montó en cólera en el templo y sudó sangre de puro pavor. Y no lo disimuló. Si tu idea de la santidad es dejar de sentir, no vas camino de la santidad: vas camino del mármol. De eso trata esta clase sobre las pasiones del alma.
Qué es una pasión
Hay dos apetitos en ti: el racional, que es la voluntad, y el sensitivo, que busca el bien tal como lo presentan los sentidos. Las pasiones son los movimientos de ese apetito sensitivo, y Santo Tomás señala algo que muchas veces se olvida: hay pasión propiamente donde hay conmoción en el cuerpo (I-II, q.22, a.3). La ira enciende el rostro, el miedo hace palidecer, el amor ensancha el corazón. Una pasión no es una idea: es una idea que se te ha metido en el cuerpo. Por eso no la apagas con un argumento (aunque sin duda puedan ayudar). Puedes tener toda la razón y seguir con el pulso a ciento veinte.
Y ahora la sorpresa: en sí mismas, las pasiones no son ni buenas ni malas. Son energías que sirven para el bien o para el mal según la orientación que se les dé (I-II, q.24, a.1). Tú no eres responsable del primer chispazo (primeros movimientos); sí de lo que haces con él medio segundo después. Como dice el Aquinate, las pasiones desordenadas se hacen voluntarias porque las mandas o porque no las prohíbes. El desorden no siempre entra por la puerta que abriste: muchas veces entra por la que no cerraste.
Los dos errores
El estoico dice: si sentir te desordena, deja de sentir. Santo Tomás diagnostica su fallo con finura: no fue un error moral sino de psicología; no distinguieron el sentido del entendimiento, y por eso condenaron todos los movimientos (I-II, q.24, a.2). Su versión piadosa la conoces: el que cree haber progresado porque ya no siente nada. No ha progresado. Se ha secado. Modernamente un tipo de estoicismo es el yoga y cosas afines, que buscan «no sentir» para no sufrir, buscando para eso la alteración de la conciencia.
El error contrario es hoy mayoritario: lo que siento es la verdad, me sale de dentro, luego es bueno. Fulton Sheen lo dijo con una imagen muy clara: las emociones sin recta razón son ríos sin márgenes. Y un río sin orillas no es más libre: es una inundación. El estoico seca el cauce; el sentimental quita los diques. El cristiano hace lo único sensato: deja correr el agua y construye las orillas.
Once pasiones que son una sola
La Suma enumera once (I-II, q.23, a.4): seis del apetito concupiscible (amor, odio, deseo, fuga, gozo, tristeza) y cinco del irascible (esperanza, desesperación, audacia, temor, ira). Pero no tienes once problemas. San Agustín ya lo dijo: todas las pasiones nacen del amor (I-II, q.25, a.2). El deseo es amor que se extiende a lo que no posee; el gozo, amor que se apega a lo poseído; el temor, amor que teme perder; la ira, amor irritado que defiende su bien. Suprime el amor y no queda pasión alguna; ponlo, y nacen todas.
Esto te da un examen de conciencia que vale más que muchos cuestionarios: cada reacción tuya delata dónde tienes el corazón. ¿De qué te enfadas? De lo que amas y crees que te quitan. ¿Qué te entristece? Lo que amabas y perdiste. ¿Qué te aburre? Lo que no amas nada, digas lo que digas.
La pasión que suma
Aquí viene lo que va contra el prejuicio de todos: la pasión no resta valor a lo que haces; se lo añade (I-II, q.24, a.3). Cuando la voluntad va en serio hacia algo, la parte sensible va detrás. Y en el tratado de las virtudes lo remata: cuanto más perfecta es la virtud, más pasión causa (I-II, q.59, a.5). Cuanto más santo, más siente. No menos: más.
Por eso Nuestro Señor, en Getsemaní, verdaderamente se entristeció; la Suma dedica artículos seguidos a demostrar que tuvo dolor, tristeza, temor e ira (III, q.15). La impasibilidad no es un ideal cristiano: es un ideal pagano que se nos coló por la puerta de atrás. Y Royo Marín se atreve a escribir que sin grandes pasiones orientadas al bien es imposible ser santo. Pablo era un fanático y siguió siéndolo, cambiando de bando. Teresa hacía temblar a los priores. Pedro cortaba orejas. Dios no hace santos apagando gente. Los hace redirigiendo gente.
Ordenar sin reprimir
La razón no manda al apetito como el alma al cuerpo, sino con principado político: el apetito tiene algo propio y puede resistirse (I, q.81, a.3). Mandas, pero no obedecen a la primera. Eso no es un fallo de tu vida espiritual; es cómo estás hecho.
Hay dos maneras de tratar mal una pasión, y las dos la fortalecen. Apretarle la tapa: los psiquiatras de la Gran Guerra vieron más neuróticos entre los soldados a los que no se les permitía tener miedo. Abrirle la puerta: ceder «para quedarse tranquilo unos días» solo aumenta sus exigencias. No se duerme a una fiera arrojándole mendrugos. La tapa y la puerta engordan a la misma fiera; lo único que la adelgaza es cambiarle la comida.
Cinco medios concretos para ordenar las pasiones: no ataques el sentimiento, cámbiale la idea que lo causa; ocupa la atención (dos respiraciones antes de contestar); huye de las ocasiones sin negociar; obra como si ya lo sintieras; y, sobre todo, dale otro objeto. La ira se vuelve santa indignación contra el mal; el temor, temor al pecado; la desesperación, desconfianza de ti y confianza total en Dios. Ninguna pasión se elimina: todas cambian de dirección. Por eso el trabajo no empieza apretando los dientes, sino con una pregunta más incómoda: ¿dónde tengo puesto el corazón? Si mueves eso, se mueve todo lo demás detrás.
El día martes fue 8 de septiembre y le festejamos el cumpleaños a la Santísima Virgen. Ella no es la mujer que sintió menos: es la que sintió más que nadie, con el corazón entero y sin nada tirando para otro lado. Que nos alcance un corazón así.
Ave María… ¡y adelante!



