Purificación de los sentidos: por qué el pájaro no vuela aunque el hilo sea fino

Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Purificación del alma: por qué me confieso y sigo igual.

Haz una prueba antes de seguir leyendo: reza quince minutos con el teléfono lejos y anota lo que se te cruza por la cabeza. Verás que casi nada de eso son ideas. Son imágenes: una pantalla, una conversación, una cara, una comida. Todo eso entró por algún sitio. El alma tiene cinco puertas —los sentidos— y hace años que ninguna se cierra.

Dios pone una mano, tú pones la otra

En la purificación en general y en particular en la purificación de los sentidos hay siempre dos manos trabajando. Una es la de Dios, que purifica el alma sin pedirnos permiso: son las purificaciones pasivas, la parte más mística. La otra es la nuestra, la parte más predominantemente ascética. Así lo afirma el P. Royo Marín: Dios se reserva la mejor parte, pero el hombre, con la ayuda de la gracia, ha de esforzarse hasta donde materialmente le sea posible. Quedarse sentado esperando que Dios lo haga todo no es confianza; es pereza con nombre piadoso.

Primero conviene aclarar qué no es purificar los sentidos. No es amputarlos. No se trata de tapiar la casa, sino de que las ventanas den al cielo y no a la pared del vecino. Se trata de moderar los excesos y someter los sentidos a la razón iluminada por la fe, para que el gozo no se agote en el placer sensible sino que siga camino hacia Dios.

Aquí hay tres modos de equivocarse: el naturalismo, que cree que no hay nada que ordenar; el quietismo, que piensa que actuar ya ofende a Dios; y el jansenismo, esa austeridad orgullosa que deja al alma triste y dura. Ninguno de los tres es el Evangelio.

Las cinco puertas, una por una

La vista es la puerta grande: por ahí entra la mayor parte. Hay tres niveles distintos que purificar. La mirada voluntaria con mal deseo, que ya es adulterio del corazón (Mt 5,28). La mirada sin mal deseo pero imprudente, que se detiene sin motivo donde no debería y deja al alma sin fuerzas para resistir después. Y la mirada simplemente curiosa —el paisaje, la noticia, el escaparate—, que no es pecado, pero que en exceso hace imposible el recogimiento. Job lo resolvió con una frase: «Hice un pacto con mis ojos» (Job 31,1).

El oído y la lengua van juntos. Las conversaciones pueden ser de cuatro clases: malas, frívolas, útiles y santas. Las peligrosas de verdad quizás no son las malas —esas ya las conoces—, sino las frívolas: no escandalizan a nadie, pero ni llegan ni dejan llegar a nadie a la unión con Dios.

El olfato parece un sentido menor, y sin embargo mide cosas muy finas: aguantar un mal olor sin poner cara, no vivir pendiente de la propia presentación, etc. Si no lo mortificamos será difícil en algunos casos —por ejemplo tratando con personas que huelen mal— no faltar a la caridad.

El gusto tiene nombre y apellido desde Santo Tomás, que distingue cinco modos de gula (Suma Teológica, II-II, q.148, a.4): praepropere, comer fuera de hora sin hambre —la nevera a las once de la noche—; ardenter, con ansiedad; laute, buscando lo exquisito; studiose, exigiendo refinamiento; y nimis, sencillamente demasiado. San Ignacio da la regla práctica: decide cuánto vas a comer antes de sentarte a la mesa, porque una vez sentado ya no decides tú (EE 210-217).

El tacto, hoy, se desordena mucho menos por falta de cilicio que por exceso de comodidad. Las reglas de la penitencia en general, de San Ignacio- pueden ayudar mucho.

El pájaro y el hilo

San Juan de la Cruz lo explicó mejor que nadie: «Eso me da que un ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso» (Subida, I, 11, 4). Mientras el hilo no se rompa, el pájaro no vuela. Y no estamos hablando de pecados, sino de apegos pequeños, lícitos, tolerados durante años. Ahí está la explicación de por qué tanta gente que de verdad quiere ser santa se queda a mitad de camino.

El remedio tiene nombre: agere contra. «Procure siempre inclinarse: no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso» (I, 13, 6). Y los versos del Monte, que hay que leer al derecho y no al revés: «Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada» (I, 13, 11). La meta es el todo. La nada es solamente el camino.

Tres cosas para esta semana

Primero: identifica un hilo delgado, algo que no es pecado pero te tiene atado. Segundo: haz un pacto concreto en un solo sentido, no en los cinco a la vez. Tercero: prívate voluntariamente de algo lícito, una vez, sin que nadie se entere.

La primera semana no vas a sentir nada. El efecto llega después, cuando el pájaro despega.

Ave María… ¡y adelante!

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