¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?

Queridos todos,

Hace unos días tuve la alegría de predicar a la comunidad hispana de la Arquidiócesis de Toronto, invitado por el consejo de sacerdotes hispanos. Hablé de algo que no tendría que ser un adorno de la vida cristiana, sino elpan de cada día: tener a María por Madre.

Aquí tenéis la charla completa, por si queréis verla:

Y si preferís leerla con calma, dejo el texto en PDF: AQUÍ

Para quien no tenga tiempo ahora, va un resumen de lo que dijimos.

Un niño que buscó a su madre durante veinticinco años

En 1986, Saroo Brierley tenía cinco años y se subió por error a un tren vacío en la India. Catorce horas después apareció a mil quinientos kilómetros de su casa, en una ciudad donde nadie hablaba su idioma. No sabía el apellido de su madre ni el nombre de su pueblo. Creció adoptado en Australia, con una buena vida y una pregunta clavada: ¿dónde está mi madre? Tardó veinticinco años en encontrarla, buscando estaciones de tren en Google Earth.

Todos necesitamos conocer a nuestra madre. Un bebé de dos días elige la voz de su madre entre otras voces: antes de ver, antes de hablar, antes de entender nada, el ser humano ya está buscando a su madre. Y lo que decimos de la vida natural hay que decirlo también de la vida sobrenatural: tenemos una Madre en el cielo.

Tanto vale una madre, que Dios quiso una para Él

Jesús podía haber aparecido aquí con treinta años y ponerse a predicar. Y sin embargo quiso una madre. Ni Dios se privó de eso. Y como la quiso, la hizo hermosísima: Dios juntó todas las aguas y las llamó mar, y juntó todas sus gracias y las llamó María. Santo Tomás enseña que Dios podía haber hecho todas las cosas mejores de como las hizo, salvo en tres casos; y uno de esos tres es su Madre. Y al elegir tener una Madre para sí, nos la regaló también a nosotros: María es Madre nuestra desde su fiat.

«¿Y no basta con Jesús?»

Es la objeción de siempre, y merece respuesta seria. No hay dos redentores: nadie se salva sino por Jesús. Pero que haya un mediador de Redención no quita que haya una mediadora de intercesión, una mediadora ante el Mediador. Dios eligió un camino para venir a nosotros; usemos nosotros ese mismo camino para ir a Él. Sus dos primeros milagros los hizo por María: la santificación del Bautista en el seno de Isabel y el agua convertida en vino en Caná.

Y hay un argumento que incomoda: ir directo, apoyado en uno mismo, sin querer intercesor, no es más fe. Puede ser, incluso falta de humildad -o al menos más humilde hacerlo por medio de Ella-. Cuando recemos, que no falte nunca la Madre.

Lo que le pasó a Juan Pablo II

A los dieciocho años, el joven Karol Wojtyła —mariano desde la cuna— empezó a temer que su amor a la Virgen le quitara algo a Jesús. Fue un sastre, Jan Tyranowski, quien le puso en las manos el Tratado de la verdadera devoción. Eso le quitó el escrúpulo: entendió que no solo María nos lleva a Jesús, sino que Jesús también nos lleva a María. Aquel librito azul que llevaba en el bolsillo quedó manchado de sosa cáustica, porque lo leía a ratos mientras trabajaba en la fábrica para no ser deportado. Me atrevo a decir que no tendríamos un San Juan Pablo II sin ese amor a la Virgen.

Cómo saber si mi devoción es la verdadera

San Luis María da cinco marcas: interior, tierna, santa, desinteresada y constante. La devoción no empieza en las manos, empieza en el corazón. Y ha de ser tierna como la de un niño: ninguna nena de tres años que se cae al suelo se pregunta si conviene avisar a su madre; grita, llora y la llama. Sobre la constancia hay una carta impresionante de San Maximiliano Kolbe: cuando caigas, aunque sea en pecado grave y repetido, no te dejes arrastrar por el desaliento, porque el desaliento no es humildad, es otra forma del orgullo.

¿Y mañana qué hago? Dos cosas concretas

Consagrarse. No es una devoción nueva ni un añadido: es llevar hasta el extremo las promesas del bautismo. San Luis María lo explica con la imagen del molde: labrar una figura a martillo y cincel cuesta mucho; vaciarla en un molde es rápido y seguro. María es el molde de Dios.

Rezar el Rosario, y si se puede, en familia. En Fátima la Virgen nos lo pidió a todos. A Sor Lucía le preguntaron por qué el Rosario todos los días y no la Misa todos los días, y respondió que porque no todos pueden ir a Misa cada día, pero rezar el Rosario sí puede todo el mundo. El padre Patrick Peyton lo aprendió no en el seminario, sino en su casa; y aquella frase suya —«la familia que reza unida permanece unida»— ha salvado familias enteras. La mía, sin duda.

A quien objeta que es repetir siempre lo mismo, Fulton Sheen le contesta con la historia de una novia que oye «te amo» todas las noches y no lo llama repetición. Cada Ave María es una rosa. Por eso se llama Rosario.

La Madre que no se fue

Cuando Saroo llegó a su barrio, su madre estaba allí. En la misma casa. Nunca se había mudado, aunque un hijo con mejor posición la invitó a irse: no se fue porque esperaba al otro.

Nuestra Madre tampoco se va. Y la prueba es que hubo un lugar del que no se movió: el pie de la cruz. El himno dice Stabat Mater dolorosa, y solemos traducir «estaba la Madre dolorosa». Pero stabat significa estar firme, plantada, en pie como una columna. No ha habido criatura más fuerte que ella en aquel momento. Y allí, Jesús —que para hablar tenía que apoyarse en los clavos y ponerse en punta de pie— nos la entregó: «Ahí tienes a tu madre».

San Juan Pablo II escribía a mano dos horas al día, y en cada hoja iba poniendo, palabra a palabra: Totus tuus ego sum… et omnia mea tua sunt… accipio te in mea omnia… praebe mihi cor tuum… Maria. En cada página que escribió le estaba diciendo a la Virgen: soy todo tuyo, y todo lo mío es tuyo; te he recibido entre mis cosas más queridas; dame tu corazón, María.

Esa es la gracia que le pedimos.

¡Ave María y adelante!

P. Gustavo Lombardo, IVE

Después de la charla prediqué en la Misa. Aquí va la homilía:

https://youtu.be/aCeWfkk8lf8

Un comentario:

  1. Francisco Baeza

    Padre Gustavo, leer sus palabras toca el corazón. Ante un mensaje tan profundo sobre nuestra Madre, lo mínimo que uno puede hacer es responderle para agradecerle. Dios lo bendiga por compartirlo.

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