Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: La carne, enemigo de la santidad.
¿Está mal enojarse? ¿Está mal tener miedo? La respuesta puede sorprender: no. Lo que está mal es el desorden, no lo pasión en sí misma
Ya vimos que la carne —el fomes peccati— se manifiesta de dos maneras: en el apetito concupiscible, que busca el deleite y huye del dolor, y en el apetito irascible, que enfrenta lo arduo. Santo Tomás lo explica con precisión: el bien o el mal tomados en sí mismos son terreno del concupiscible; pero en cuanto tienen razón de arduo o difícil, pasan a ser objeto del irascible (Suma Teológica, I, q.81, a.2; II-II, q.129, a.1, ad 1). De ese apetito irascible nacen cinco pasiones: esperanza, desesperación, audacia, temor e ira. Nos detenemos hoy en estas dos últimas, porque son, quizás, las que más nos cuestan en el camino hacia la santidad.
La ira no es mala en sí misma. Existe una santa ira: Jesús hizo un látigo de cuerdas y expulsó a los mercaderes del templo (no sabemos si los golpeó o no y nos inclinamos a pensar que no lo hizo, pero por algo trenzó un látigo, algo, sin duda, estaba tratando de transmitir con eso).
Por tanto, no se trata de reprimir el ánimo hasta la molicie, sino de ordenarlo. El problema no es sentir ira, sino lo que hacemos con ella cuando se desborda. El Padre Irala, en su libro Control cerebral y emocional, señala tres trampas en las que caemos al enojarnos mal:
- El «yo»: nos creemos el héroe o la víctima ofendida, cuando en realidad, como recuerda Royo Marín, con un solo pecado mortal ya mereceríamos el infierno.
- El «ellos»: agrandamos los defectos ajenos y olvidamos que en el otro también hay algo de Dios, aunque solo sea estar en gracia.
- El «ello»: la imaginación agranda lo sucedido más de lo que objetivamente fue.
Revisar esas tres cosas —yo, ellos, ello— es el camino para que la ira, en lugar de esclavizarnos, se convierta en esa fuerza ordenada que mueve a los santos a luchar contra la injusticia y, sobre todo, contra el propio pecado.
El temor, por su parte, es más escurridizo: muchas veces ni siquiera lo reconocemos. Nos frena el «qué dirán» más de lo que admitimos, y San Juan de Ávila lo advertía: «todo el arte de su guerra» —hablando del demonio— «se ha por vía de miedo». El Padre Irala distingue el miedo inconsciente, que a veces hunde sus raíces en heridas antiguas y pide ser explorado con calma, del miedo consciente, para el que propone pasos muy concretos: actuar en lugar de paralizarse, concretar el temor por escrito, razonar su probabilidad real, y encararlo hasta el fondo, incluso hasta la pregunta última: ¿y si muero? También ahí la fe tiene respuesta.
San Juan de la Cruz, en el Cántico Espiritual, describe el alma que busca a su Amado «por esos montes y riberas», sin coger las flores del camino ni temer a las fieras. Con esa imagen enseña que mundo, demonio y carne solo se vencen con determinación y con la fuerza del espíritu puesta en Dios, no en nuestra propia seguridad.
No se trata de vivir sin ira ni sin miedo —eso sería inhumano— sino de que ambas pasiones, ordenadas por la razón iluminada por la fe, se pongan al servicio de nuestra santidad, en vez de convertirse en obstáculo.
Ave María… ¡y adelante!
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