Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Purificación de la memoria según San Juan de la Cruz.
Piensa en el momento en que has estado más contento esta semana. No el más santo: el más contento. Ese en que se te ensanchó algo por dentro y pensaste: qué bien, ya lo tengo. Ponle nombre. Y ahora la pregunta de San Juan de la Cruz: eso que acabas de nombrar, ¿lo tienes tú, o te tiene a ti?
La voluntad, capataz de tu fuerza
Con esta clase cerramos las tres potencias. Después del entendimiento y la memoria, San Juan de la Cruz llega a la voluntad, que gobierna todo lo demás: lo que entiendes, lo que recuerdas, lo que sientes, lo que te apetece. Si ese capataz está enderezado a Dios, toda la cuadrilla va a Dios. Si no, cada uno tira por su lado.
Por eso el Santo afirma sin rodeos que «todo el negocio para venir a unión de Dios está en purgar la voluntad de sus afecciones y apetitos» (Subida III, 16, 3). Y apunta más alto de lo que solemos pensar: no a obedecer a regañadientes, sino a que tu querer y el de Dios lleguen a ser uno. Es lo mismo que busca San Ignacio: ordenar la vida «sin determinarse por afección alguna que desordenada sea» (EE [21]).
Cuatro maneras de equivocarse
La voluntad tiene cuatro pasiones principales (entendiendo «pasión» en sentido amplio): gozo, esperanza, dolor y temor. Y el Santo retrata su desorden en una sola frase: el alma se goza de lo que no merece gozo, espera lo que no aprovecha, se duele de lo que se había de gozar y teme donde no hay que temer (Subida III, 16, 4). El ascenso que te infla, la vida puesta en algo que no te cambiará nada, la corrección que te dolió y era un bien, el qué dirán.
Pero de esas mismas cuatro nacen, ordenadas, todas tus virtudes. No hay que arrancarlas: hay que ordenarlas. Y están encadenadas: donde va una, van las otras. Por eso el Santo pudo dedicar treinta capítulos solo al gozo sin dejarnos cojos.
El báculo: una sola regla
Antes de entrar en materia, San Juan de la Cruz asienta un bastón en que apoyarse siempre: la voluntad no se debe gozar sino de lo que es gloria y honra de Dios, y la mayor honra es servirle según la perfección evangélica (Subida III, 17, 2). San Juan Pablo II en su carta apostólica Maestro en la fe (1990), escrita en el cuarto centenario de la muerte del Santo, como criterio de toda la vida del creyente (n. 11), la cita como criterio de toda la vida del creyente.
Con esa regla recorre seis clases de bienes: temporales, naturales, sensuales, morales, sobrenaturales y espirituales. Y ojo: la lista va de menos a más peligro. Empieza por el dinero y acaba en los bienes espirituales, como el gusto en la oración, donde el apego se disfraza mejor de piedad. No en vano el Santo dedica trece capítulos a los bienes espirituales y solo tres a los temporales.
Lo que tienes te tiene
Aquí está la frase que da título a la clase. El desasido, dice el Santo con San Pablo (2 Cor 6, 10), en tanto que ninguna cosa tiene en el corazón, las tiene todas con gran libertad; el asido no posee nada, «antes ellas le tienen poseído a él el corazón» (Subida III, 20, 3).
Dos hombres con la misma casa, el mismo sueldo y los mismos hijos. Uno lo disfruta todo con libertad. El otro sufre «como cautivo». Y la cuenta es exacta: cada gozo agarrado acaba costando una angustia. No es castigo: es aritmética.
La trampa de los buenos
La parte incómoda llega con los bienes morales: tus virtudes y buenas obras. Alegrarse de ellas del modo torcido tiene siete daños: vanagloria, desprecio de los demás («yo no soy como fulano»), obrar para ser visto, cobrar aquí la paga, desmayar cuando falta el gusto, tener por mejor lo que te gusta y no admitir ya consejo de nadie.
El remedio es más exigente de lo que parece: esconder la obra, que solo Dios la vea, y esconderla, en lo posible, también de ti mismo (Subida III, 28, 6). Porque muchas veces no te aleja tanto lo que haces mal como lo bien que crees que lo haces.
Devociones: ni despreciarlas ni encadenarse
La novena, la estampa, el santuario: todo eso vale. El Santo no está contra nada de ello, sino contra pararse ahí, porque «más decente lugar es el alma» que ningún lugar corporal (Subida III, 42, 4). La prueba es sencilla: si rezas peor sin ellas, se te han vuelto de algún modo el fin.
Lo que queda: la caridad
Tres clases quitando: el entendimiento a oscuras, la memoria vacía, la voluntad desasida. ¿Qué queda? La caridad, y no como un resto, sino como la forma. Santo Tomás enseña que ella ordena al último fin los actos de todas las virtudes y por eso es forma de las virtudes (II-II, q.23, a.8). La justicia sigue siendo justicia; con caridad, además, te lleva a Dios.
Y el gozo no se apaga: cambia de sitio. Como decía el nuevo beato Fulton Sheen, el placer viene de fuera; el gozo, de dentro.
Para estos días:
- Examina las cuatro: ¿de qué me alegré que no lo merecía?, ¿qué esperé que no aprovechaba?, ¿de qué me dolí que era un bien?, ¿qué temí sin motivo?
- Haz una obra buena que nadie sepa, y no te la apuntes tú tampoco.
Ave María… ¡y adelante!



