Una noche de enero de 1994
Sarajevo llevaba entonces casi dos años sitiada. El cerco había empezado el 5 de abril de 1992 y la ciudad vivía sin agua corriente, sin luz y sin calefacción, bajo un promedio de trescientos impactos de proyectil al día. Los francotiradores disparaban a la gente que hacía cola para llenar un bidón. Un mes después de los días de los que voy a hablar, el 5 de febrero de 1994, una granada caía sobre el mercado de Markale y mataba a sesenta y ocho civiles y hería a doscientos.
Ese era el «problema de Bosnia»: no un expediente diplomático, sino un pueblo desangrándose en el corazón de Europa mientras, de algún modo, el mundo miraba.
El 4 y 5 de enero de aquel año, Juan Pablo II convocó en el Vaticano, en la Sala Bologna, una reunión sobre la antigua Yugoslavia con miembros de la Curia romana y varios expertos. Joaquín Navarro-Valls, que era entonces el portavoz de la Santa Sede, dejó anotado lo que pasó. El Papa entró, saludó a todos, leyó una intervención escrita enteramente por él y se quedó toda la mañana y parte de la tarde escuchando con gran atención. Se discutieron textos, comunicados, cómo formular el mensaje para que sonara igual en Belgrado que en las capitales occidentales.
Y entonces, al día siguiente, ocurre lo que Navarro-Valls anota casi de pasada:
«Hoy, cuando esperábamos fuera del aula al inicio de la reunión, Rylko ha leído a Sodano la traducción de tres folios que el propio Papa ha escrito en polaco esta misma noche. Es un texto bellísimo: «No resolveremos el problema de Bosnia sin Jesucristo». La primacía de la oración.»
El Papa se había acostado con el asunto encima y, en vez de dormir, se había puesto a escribir. Tres folios. Y el resumen de esos tres folios cabe en una línea.
Lo que esa frase no es
Conviene decirlo cuanto antes, porque es la objeción que puede venirnos por dentro: esa frase no es una evasión piadosa. No es el consuelo de quien no sabe qué hacer y se refugia en lo espiritual.
Fijémonos en quién la dice y cuándo. La dice un Papa que llevaba meses moviendo todos los resortes humanos disponibles: nunciaturas, gobiernos, ONU, ayuda humanitaria, presiones diplomáticas. La dice el hombre que apenas tres días antes, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero de 1994, había escrito: «¿cómo no recordar el sangriento conflicto entre grupos étnicos que todavía perdura en Bosnia-Herzegovina?». Y que en septiembre de ese mismo año intentaría ir en persona a Sarajevo —el viaje se suspendió por motivos de seguridad— con un discurso preparado en el que iba a decir: «¡No, esta guerra no puede ni debe seguir!» y «¡No estáis abandonados; estamos con vosotros, y seguiremos estando con vosotros!».
Nadie puede acusar a ese hombre de espiritualismo cómodo. Precisamente por eso su frase pesa. No dice «recemos en lugar de actuar». Dice algo mucho más incómodo: que todo lo que hagamos, si no pasa por Cristo, no llega al fondo del problema. Porque el fondo del problema no era el reparto del territorio. Era el odio. Y el odio no se negocia: se redime.
Por qué hoy, en la Transfiguración
Hoy la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor. Y no es casualidad que la frase del Papa venga a decir exactamente lo mismo que celebra esta fiesta.
En el monte, Cristo no cambia de naturaleza. No se convierte en otra cosa. Lo que hace es dejar traslucir por un momento lo que ya era: la gloria que llevaba dentro y que la carne velaba. Eso es transfigurar: no sustituir la realidad por otra, sino atravesarla de luz desde dentro.
Y esto es lo que Cristo quiere hacer con todo lo demás. Con una guerra, con una familia rota, con un trabajo que no da para vivir, con un pasado que pesa. No viene a cancelar la realidad ni a ponerle una capa de barniz religioso encima. Viene a asumirla y a transfigurarla. Por eso el Verbo se hizo carne: para tomar en sus manos todo lo humano y devolvérnoslo lleno de Dios.
Para los que somos religiosos, esto no es un tema de devoción, es nuestro oficio. Nuestro fin es prolongar la Encarnación «en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre», enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano. Es decir: creer de verdad que no hay pedazo de realidad —ni la cultura, ni la política, ni Bosnia— que quede fuera del alcance de Cristo. Si eso no es verdad, sobramos.
Subir al monte y bajar del monte
Juan Pablo II hizo de esta escena el icono de la vida consagrada, y lo explicó con una precisión que vale para cualquier cristiano:
«La Transfiguración no es sólo revelación de la gloria de Cristo, sino también preparación para afrontar la cruz. Ella implica un ‘subir al monte’ y un ‘bajar del monte’: los discípulos que han gozado de la intimidad del Maestro (…) vuelven de repente a la realidad cotidiana, donde no ven más que a ‘Jesús solo’ en la humildad de la naturaleza humana, y son invitados a descender para vivir con Él las exigencias del designio de Dios y emprender con valor el camino de la cruz.» (Vita consecrata, n. 14)
Ahí está todo el equilibrio. Los tres apóstoles suben, ven, quieren quedarse —»bueno es estarnos aquí»— y tienen que bajar. La oración no es una huida del problema: es el lugar donde el problema se ve como es y donde se reciben las fuerzas para volver a él.
Y el mismo Papa añade una frase que a mí me parece la clave de todo: la Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo «para confirmarse en la fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz» (n. 15). Uno mira el Tabor para poder aguantar el Calvario. Mira la luz para no derrumbarse ante el horror.
Aquella noche de enero, un Papa ya algo anciano escribiendo tres folios en polaco a las tantas de la madrugada estaba haciendo exactamente eso: subir al monte para poder bajar a Sarajevo.
Tu Bosnia
Todos tenemos una. Ese asunto que llevas años intentando arreglar y no se arregla. La relación que no se recompone. El defecto que vuelve. El hijo que se fue. La situación de la que ya solo sabes hablar con cansancio.
Has probado con estrategias, con paciencia, con consejos, con fuerza de voluntad. Y está bien: hay que seguir usando todos los medios humanos, igual que el Papa siguió usando la diplomacia hasta el final. Pero quizá la frase de aquella noche es también para ti, con tu nombre puesto:
No lo resolverás sin Jesucristo.
No porque Él te vaya a ahorrar el trabajo. Sino porque solo Él puede hacer lo que ninguna estrategia hace: atravesar de luz por dentro lo que parece perdido. Transfigurarlo.
Sube hoy al monte. Y baja mañana. Y sí… lo sé, no podrás… ni subir, ni bajar. Sólo no, con Ella, sí.
——
Con la alegría de ser miembro de la familia religiosa del Verbo Encarnado, quienes celebramos en este día nuestro fin específico:
«El milagro de la transfiguración por el que mostró a sus discípulos la gloria y hermosura de su cuerpo, no sólo debe alentarnos por la breve contemplación del gozo eterno, a tolerar las dificultades, sino que debe recordarnos el fin específico de nuestra pequeñísima familia religiosa: evangelizar la cultura, o sea transfigurarla en Cristo. Por eso, los días 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, recordaremos siempre con solemnidad aquello que nos constituye y debe distinguirnos entre las distintas familias religiosas de la Iglesia». Directorio de Espiritualidad, 122
Y con el orgullo de tener, también como familia religiosa, a San Juan Pablo Magno como padre espiritual.
¡Ave María y adelante!
Fuentes citadas
- Joaquín Navarro-Valls, Mis años con Juan Pablo II, Espasa, Madrid 2023, cap. 29, p. 322.
- Juan Pablo II, Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Paz, De la familia nace la paz de la familia humana, 1-I-1994, n. 3.
- Juan Pablo II, discurso preparado para la visita a Sarajevo, 8-IX-1994 (aplazada por motivos de seguridad).
- Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita consecrata, 25-III-1996, nn. 14-15 y 23.



