Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Purificación de la voluntad.
Quizás estés en estas circunstancias: hace unos años rezabas y te gustaba. Te ponías a orar y aquello iba solo; salías con ganas de más. Ahora te sientas o arrodillas y no hay nada: ni distracciones escandalosas ni tentaciones, sencillamente «nada». Y sacas la conclusión que saca casi todo el mundo: que has retrocedido, que antes eras mejor. Puede que sea justo lo contrario. Puede que no te hayan quitado nada, sino que te hayan bajado de los brazos.
De lo que haces tú a lo que hace Dios
En las últimas clases vimos la purificación de las tres potencias: el entendimiento por la fe, la memoria por la esperanza y la voluntad por la caridad. Todo eso tenía algo en común: era purificación activa, obra tuya con la gracia; es decir obra «a modo humana» pero con la ayuda de Dios. Ahora empieza otro capítulo: las purificaciones pasivas. Pasivo quiere decir que el que obra principalmente es Dios y el alma recibe. No es que tú dejes de colaborar, es que la obra ya no es tuya, o, mejor dicho, es una obra «a modo divino»… estamos ya entrando en la mística, de la cual ya hemos hablado varias clases atrás, casi al comienzo.
La madre que desteta
San Juan de la Cruz abre la Noche oscura con una imagen doméstica. Dios cría al alma recién convertida como una madre al niño pequeño, con leche dulce y en brazos; pero a medida que crece, la madre «pone el amargo acíbar en el dulce pecho, y, abajándole de los brazos, le hace andar por su pie» (Noche I, 1, 2). El acíbar es el jugo del áloe, amarguísimo, que las madres usaban para destetar.
Fíjate: es la misma madre y el mismo amor. Lo que cambia es el modo, porque el niño necesita otra cosa. El Santo añade algo que nos sirve para un examen de conciencia: aquellos principiantes rezaban y ayunaban movidos sobre todo por el gusto que encontraban en ello. Y eso, siendo bueno, todavía no es virtud: es afición.
Por qué no puedes tú solo
Santo Tomás se pregunta si quien ya está en gracia puede obrar el bien sin más auxilio de Dios, y responde que no (Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 9). Entre sus razones da una muy humilde: queda en nosotros cierta oscuridad, y no nos conocemos perfectamente a nosotros mismos; por eso «no sabemos pedir como conviene» (Rom 8,26).
De ahí sale todo lo demás: no puedes limpiar lo que no ves. Tu ascética, por buena que sea, llega hasta donde llega tu mirada. San Ignacio lo intuye cuando da como una de las causas de la desolación que sintamos internamente que no es nuestro tener devoción, sino que todo es don de Dios (Ejercicios [322]).
Y aun fuera el caso de que algo vayamos viendo de nuestra nada (como los pecados que mencionaremos a continuación), sin embargo no está en nuestra capacidad -aún con la ayuda de la gracia- de quitar esos defectos «a modo humano»; hace falta la poderosa y purificadora mano de Dios.
Los pecados capitales de los devotos
Entre los capítulos 2 y 7 del primer libro, San Juan de la Cruz hace algo genial: describe los pecados capitales en su versión espiritual. No los del que no reza, sino los del que reza.
La soberbia oculta: ganas de hablar de cosas espirituales, de enseñar más que de aprender, de juzgar por dentro a los menos devotos. Y algo más fino: enfadarse con uno mismo por las propias faltas, «pensando que ya habían de ser santos» (I, 2, 5). Incluso pedir a Dios que nos quite los defectos más por estar en paz que por Él; y quizá, dice el Santo, si nos los quitara seríamos más soberbios.
La avaricia espiritual: no hartarse de consejos y de libros, y gastar más tiempo en eso que en mortificarse. Y esto, cuatro siglos antes de los pódcasts. La gula espiritual, que prefiere la penitencia que gusta a la obediencia, y a esa penitencia de propia voluntad la llama sin rodeos «penitencia de bestias» (I, 6, 2). La ira, que aparece cuando se acaba el gusto, como el niño apartado del pecho; y la impaciencia de quienes querrían ser santos en un día. La acidia, que se ofende de la cruz. Y la envidia, que no soporta oír alabar a otro y añade siempre un «pero».
«Nunca del todo, ni con mucho»
Después de describirlos, el Santo concluye que el principiante, por más que se ejercite en mortificarse, «nunca del todo, ni con mucho, puede, hasta que Dios lo hace en él pasivamente» (I, 7, 5). Royo Marín lo formula casi como una tesis: la plena purificación del alma no se logra sin las purificaciones pasivas.
¿Entonces lo activo no sirvió? Sirvió, y mucho: era el requisito. La noche no le llega al que no ha hecho nada, sino al que ya ha caminado y no puede ir más allá por su cuenta.
Una pedagogía de amor
¿Qué hace Dios cuando te quita el gusto? Sacarte, dice el Santo, de un bajo modo de amor a un más alto grado de amor (I, 8, 3). San Juan Pablo II lo llamó «una amorosa pedagogía de Dios»: Él calla a veces porque ya ha hablado con suficiente claridad (Maestro en la fe, n. 15). Y el nuevo beato Fulton Sheen añade otra imagen materna: como el águila que echa a sus crías del nido para que vuelen, Dios le da alas al amor.
Ojo: no toda sequedad es noche. También puede ser tibieza, y la próxima clase veremos las señales que da San Juan de la Cruz para distinguirlas. Pero hoy quédate con esto: la sequedad, por sí sola, no es una mala noticia.
Para esta semana, un consejo muy ignaciano: cuando reces en seco, en lo posible no acortes ni cambies de método; San Ignacio pide incluso, en desolación, quedarse un poco más de la hora cumplida (Ejercicios [13]). Es lo que hace el niño cuando lo dejan en el suelo: primero llora, y después camina.
Dios no te ha soltado. Te ha puesto de pie.
¡Ave María y adelante!
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