Un rincón para leer (y para rezar)

Hoy estuve de visita en casa del Dr. Diego Ibarra –papá de varios compañeros sacerdotes y alguien con quien puedo hablar y reirme con la misma confianza que lo haría con mi padre–. Diego es, además, el autor del blog «Decíamos ayer…», que algunos ya conocerán (más que recomendable). Y me pasó algo curioso visitando su escritorio: apenas entré, me senté, y mirando el entorno, me dieron unas ganas enormes de ponerme a leer. Así, de golpe. Los libros ordenados en los estantes –con excelentes títulos–, la luz, el silencio, el escritorio de madera… todo parecía decir «quedate un rato».

El escritorio de Diego Ibarra, con sus bibliotecas y la ventana
El escritorio de Diego

¿Qué fue eso? ¿Puede un lugar tener tanta influencia en el alma? Me parece que sí, y bastante más de lo que solemos pensar. No somos ángeles: somos alma y cuerpo, y el cuerpo vive en un lugar concreto, con sus ruidos, sus luces y sus distracciones. Por eso el entorno ayuda… o estorba. Y en un mundo donde casi nadie lee –o lee sólo lo que le pasa por la pantalla del celular, a los saltos–, quizás valga la pena preguntarnos: ¿tengo en mi casa un lugar que me ayude a leer, a pensar, a rezar?

El aposento y la «cámara»

No es una idea nueva. Nuestro Señor, cuando enseña a rezar, empieza justamente por el lugar: «Tú, al contrario, cuando quieras orar entra en tu aposento, corre el cerrojo de la puerta, y ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará» (Mt 6,6).

Y nuestro Peregrino, el Santo de Loyola, que sabía mucho de estas cosas, aconseja al que hace los Ejercicios completos que se aparte «de todos amigos y conoscidos y de toda solicitud terrena; assí como mudándose de la casa donde moraba, y tomando otra casa o cámera para habitar en ella». ¿Por qué? Entre otras razones, porque «quanto más nuestra ánima se halla sola y apartada, se hace más apta para se acercar y llegar a su Criador y Señor» [EE 20]. Es decir, el lugar no es lo esencial, claro, pero no es indiferente: la «cámara» apartada predispone el alma.

Algo parecido decía Thibon –con su sentido común de campesino filósofo– hablando de la oración: «El sabio que se concentra sobre un problema, el poeta o el músico presa de la inspiración, los enamorados que se contemplan o se hacen confidencias, buscan, todos ellos, el aislamiento y la tranquilidad»[1]. Y agregaba, con una actualidad que asusta: «Todo conspira hoy a separarnos de nosotros mismos».

El sano ocio

Los antiguos lo llamaban «ocio», pero no en el sentido de no hacer nada, sino en el de tener el tiempo libre de negocios –«neg-ocio» es justamente la negación del ocio– para dedicarse a lo que más vale. La Escritura lo dice con todas las letras: «La sabiduría la aprende el escriba en el tiempo que está libre de negocios; y el que tiene pocas ocupaciones la adquirirá, y se llenará de ella» (Si 38,25). Y comenta hermosamente Mons. Straubinger: «De aquí la fórmula de muchos santos: “Vacare Deo”, dedicarse a Dios, adherir a Dios, disfrutar de Dios. Es el ocio santo, que suele escandalizar al mundo; “la buena parte” que eligió María (Lucas 10, 42)».

Pascal –a quien cita Pieper en una meditación preciosa sobre el silencio que Diego publicó hace unos años– lo decía de otro modo: «La desgracia del hombre comienza cuando no está en condiciones de quedarse solo consigo mismo en una habitación». Y Pieper sacaba la consecuencia: «Sólo quien calla, escucha»[2]. ¡Y cuánto necesitamos escuchar!

Ya Cicerón, mucho antes, le escribía a un amigo: «Si tienes una biblioteca con un pequeño jardín, nada te faltará»[3]. Y la tradición pone bajo el retrato de Tomás de Kempis –otros la atribuyen a San Francisco de Sales– aquella frase que más de un lector habrá hecho suya: «In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro»: «Busqué el descanso en todas partes, y no lo encontré sino en un rincón, con un libro». Un rincón… no hace falta una biblioteca de palacio.

Los que leyeron (y mucho)

Los grandes de los que tanto aprendimos fueron, ante todo, grandes lectores. El P. Castellani, en una entrevista ya de viejo, contaba con toda naturalidad: «He leído dos grandes literaturas enteras y otras tres en gran parte. Enteras la francesa y la inglesa; de la italiana, castellana y alemana conozco un poco»[4]. ¡«Un poco»!…

Y del P. Julio Meinvielle –párroco, fundador, predicador incansable– escribía Carlos Alberto Sacheri: «Resulta casi inexplicable que una misma persona fundara la Juventud Obrera Católica, la Unión Scouts Católicos Argentinos, la parroquia Nuestra Señora de la Salud, el Ateneo Popular Versailles, y al mismo tiempo redactara una docena de libros de valor, todo ello en poco más de una década»[5]. Inexplicable… salvo que uno piense en un escritorio, muchas horas de estudio robadas al sueño y una vida interior muy honda. No hay apostolado fecundo sin esas horas escondidas.

Gilson, por su parte, les decía a sus alumnos que «un verdadero erudito es en esencia un hombre cuya vida intelectual es parte de su vida moral», alguien que «ha decidido, de una vez por todas, aplicar las exigencias de su conciencia moral a su vida intelectual»[6]. Es decir: leer y estudiar no es un pasatiempo para los que «tienen tiempo», sino un deber –y un gozo– que hay que tomarse en serio. Y lo que uno se toma en serio, en algún lugar lo pone.

Algunas sugerencias prácticas

Sin pretender dar recetas, algunas cosas que me parece que ayudan:

  • Tener un lugar fijo, aunque sea pequeño: un escritorio, una mesa junto a la ventana, un sillón con una buena lámpara… Que el cuerpo «aprenda» que ahí se lee.
  • Dejar el celular en otra habitación. Sí, ya sé, cuesta… pero es probablemente el consejo más eficaz de todos. Y si no se puede –o, como me pasa a mí, conviene tenerlo cerca–, al menos en silencio y sin notificaciones, que no moleste. No es lo ideal, porque la tentación de «tirar la mano» está siempre ahí, pero si uno se controla, también sirve.
  • Tener a mano buenos libros, no cualquiera (sobre qué leer, algo escribí hace un tiempo aquí).
  • Un crucifijo o una imagen de la Virgen en ese rincón, para que la lectura y la oración se den la mano. De hecho, muchas veces una cosa lleva a la otra.
  • Un tiempo concreto, aunque sea breve, cada día. Al principio costará, después será descanso.

El escritorio que «hace huir a la pereza»

Y para terminar, algo mejor que todo lo que he dicho. Diego, además de leer mucho y seleccionar buenos textos para su blog, rezar y tomar unos buenos mates, escribe versos, y le dedicó un soneto a ese mismo escritorio que me dio tantas ganas de leer. Lo copio entero, porque dice en catorce líneas lo que yo intenté decir en muchas más:

Las bibliotecas del escritorio de Diego Ibarra
«Guardador de mis libros…»

A mi escritorio

Entrañable refugio de mis horas,
abrigo protector de mis anhelos
confidente de todos mis desvelos
que mi tiempo tan presto te devoras.

Guardador de mis libros que atesoras
la riqueza insondable de los cielos,
me brindas con sus letras los consuelos,
del saber que en sus páginas memoras.

Alcázar que hace huir a la pereza
y dar frutos al ocio que contempla.
Amparo en que la vida ríe y reza,

almena, castillo y fortaleza,
el gozo familiar allí se templa
y se fragua el hogar en la grandeza.

Diego A. Ibarra (febrero de 2023)

«Dar frutos al ocio que contempla», «la vida ríe y reza»… ¿no es justamente eso lo que necesitamos recuperar en nuestras casas?

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Que la Virgen Santísima, que en la casita de Nazaret supo hacer silencio y escuchar, nos enseñe a buscar ese rincón; Ella, como decía San Juan Pablo II, «vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: “Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”»[7]. Que también nosotros, con un buen libro en la mano, aprendamos a guardar y a meditar.

¡Ave María y adelante!


[1] Gustave Thibon, «Oración y recogimiento», en El equilibrio y la armonía, Ediciones Rialp, Madrid, 1978 (publicado en «Decíamos ayer…»).

[2] Josef Pieper, «El silencio (Meditación)», en Revista Gladius, Año 8, n. 25, 25-XII-1992 (publicado en «Decíamos ayer…»).

[3] Cicerón, Cartas a los familiares, IX, 4.

[4] Conversaciones con Leonardo Castellani.

[5] Carlos Alberto Sacheri, «Intelectual combatiente», en Revista Cabildo, Año I, n. 5, Buenos Aires, 6-IX-1973 (publicado en «Decíamos ayer…»).

[6] Étienne Gilson, El amor a la sabiduría.

[7] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 16-X-2002, n. 11.

2 comentarios:

  1. Gloria Stella Carvajal Díaz

    Me pareció genial esta historia, me devolvió a épocas en que deseaba tanto escribir, varios temas, era entonces la historia de mi vida, hoy deseo escribir sobre el gran amor de Jesús al inmolarse por mis pecados y aún así, el más olvidado por el mundo de hoy, su corazón lleno de fuego qué arde de amor y sufre por nuestro desamor. Mil. Gracias

  2. Teresa Diaz Rodriguez

    Ermosa reflexión, si es verdad tengo mi rincón de lectura y descanso y oracion., pero no lo apreciaba, como mi espacio de oracion. Ahora pondré atención en mi oracion mas que mi lectura y descanso.

    Gracias Padre Gustavo.

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