Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: Sequedad en la oración: cuando Dios te baja de los brazos.
La semana pasada vimos que la sequedad en la oración puede ser una buena noticia. Pero enseguida surge la pregunta que se hace todo el mundo: ¿y si en mi caso no? ¿Y si simplemente me he enfriado? Por fuera las dos cosas se parecen mucho: te sientas a rezar y no hay nada. Y la respuesta importa, porque de ella depende qué hacer: esforzarte más, o justo lo contrario.
Primero, descartar a los sospechosos
San Juan de la Cruz no te deja con la duda. Antes de hablar de noche del sentido, manda descartar tres causas que producen sequedades parecidas: el pecado consentido, la tibieza y el cuerpo, lo que el Santo llama «mal humor o indisposición corporal»: hoy diríamos agotamiento, insomnio, una enfermedad, una depresión (Noche oscura I, 9, 1). Después da tres señales, y cada una descarta a uno de esos sospechosos.
Las tres señales
Primera: tampoco te gusta lo demás. Así como no halla gusto en las cosas de Dios, el alma «tampoco le halla en alguna de las cosas criadas» (I, 9, 2). Si fuera pecado, la desgana sería selectiva: no te apetecería rezar, pero lo otro sí, y con ganas. El apetito no desaparece: se muda de sitio. En la noche, en cambio, se seca, de algún modo, totalmente.
Segunda: te preocupa. El alma trae la memoria en Dios «con solicitud y cuidado penoso, pensando que no sirve a Dios, sino que vuelve atrás» (I, 9, 3). Al tibio, en cambio, le da igual; ese es su rasgo: la indiferencia. Por eso la angustia de haber retrocedido es la mejor prueba de que no has retrocedido. Eso sí, no sirve para tranquilizar al que nunca se examina, ni para atormentar al escrupuloso: es la inquietud de quien ama y teme haber fallado, no el pánico.
Tercera: no puedes, aunque quieras. El alma ya no puede meditar como solía, «aunque más haga de su parte» (I, 9, 8). El cansancio va por rachas: descansas y vuelves a poder. En la noche, el no poder discurrir va siempre delante y, con el tiempo, va a más. Aunque Dios desteta a la medida de cada uno, y a algunos no les conviene de golpe (I, 9, 9).
En la Subida añade el Santo la señal «más cierta»: que el alma gusta de estarse a solas con atención amorosa a Dios, en paz y quietud, sin discurrir (Subida II, 13, 4).
Y no es cosa de unos pocos elegidos: «todos los más entran en ella» (I, 8, 4). Es lo normal en quien reza en serio durante un tiempo.
Por qué ocurre
Dios «muda los bienes y fuerza del sentido al espíritu» (I, 9, 4). Santo Tomás da la razón de fondo: el ángel capta la verdad con una mirada simple; el hombre llega a ella por un proceso, a partir de muchas cosas (II-II, q.180, a.3). Meditar es el modo humano; contemplar es, de algún modo, el modo angélico. Y en esta noche Dios empieza a tratarte por el segundo camino. No se te ha «roto» la meditación: se te ha quedado de algún modo «corta».
El error que lo arruina todo
San Juan de la Cruz advierte que lo que más hace sufrir no es la sequedad, sino el miedo a ir perdidos y a que Dios los haya dejado (I, 10, 1). Y de ese miedo nace la reacción: cambiar de libro, probar otro método, «apretar» la imaginación. Así, «si no hay quien los entienda, vuelven atrás» (I, 10, 2). Ahí tienes por qué hace falta la dirección espiritual: hay almas que abandonan justo cuando empezaba lo bueno.
No muevas la cara
¿Qué hacer, entonces? Casi nada: contentarse con «una advertencia amorosa y sosegada en Dios», sin buscar sentirle (I, 10, 4). Y aquí la imagen que da título a la clase: si un pintor está pintando un rostro y el rostro se menea, no le deja hacer nada (I, 10, 5). Dios quiere pintar en ti el rostro de Cristo, y cada intento de «aprovechar» ese rato es el rostro moviéndose. En sentido amplio, creo que podrían aplicarse a este caso las palabras de San Ignacio: en tiempo de desolación, no hacer mudanza (EE [318]).
San Juan de la Cruz deja aquí una definición preciosa: la contemplación no es otra cosa que «infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios» (I, 10, 6).
Lo que se gana
El primer fruto es el conocimiento de sí y de la propia miseria (I, 12, 2): Dios enciende la luz. Y con él llegan la humildad (ya no te crees mejor que los demás), la templanza en el uso de los medios, un trato con Dios más reverente y más libertad frente al demonio, el mundo y la carne, que se agarraban de aquel gusto sensible. Como enseñaba el nuevo beato Fulton Sheen, la gracia puede obrar con un torrente de sentimiento o en completa aridez: no se mide por lo que sientes.
Nada de esto es para una élite; es el camino normal de quien de verdad dice «¡quiero ser santo!».
Para esta semana:
- Examina con papel a los tres sospechosos: ¿hay algo consentido? ¿Me duele o me da igual? ¿Estoy agotado o enfermo?
- Revisa con honradez las tres señales. Si no se dan, tranquilo: todavía toca meditar, y eso es bueno.
- En lo posible, un rato de quince minutos sin libro ni método, solo con una atención amorosa. Y lo que te quede en duda, llévalo al director espiritual.
Ave María… ¡y adelante!
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