Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: la noche del espíritu.
Preparando la clase de este martes, destaco esta imagen: un fraile de unos treinta y cinco años, encerrado casi nueve meses por sus propios hermanos en un cuartucho de Toledo, sin apenas luz y a pan y agua. Ese fraile es San Juan de la Cruz. Y el mismo hombre, cuando escribe de la noche, no la llama castigo ni desgracia… la llama «¡oh dichosa ventura!». ¿Exageraba un poco, o sabía algo que nosotros todavía no sabemos?
La semana pasada vimos la noche del espíritu, quizás la parte del camino que más asusta. Un comentario en Youtube pedía seguir un poco más y fue fácil convencerme porque también me parecía lo mismo: si uno se queda sólo con el susto, se pierde lo principal. Y lo principal es que la noche no es el final del camino, sino la puerta.
Más dolorosa y menos terrible
El beato P. María Eugenio del Niño Jesús –carmelita francés, autor de Quiero ver a Dios– tiene una fórmula que conviene guardarse: la noche, tal como la viven las almas, es «más dolorosa y menos terrible» que los cuadros de San Juan de la Cruz (Quiero ver a Dios, V, 3, C). Más dolorosa, porque ningún libro lo cuenta todo; menos terrible, porque en la vida no llega toda junta, sino a ratos, mezclada con mil cosas corrientes.
Y la más de las veces no tiene cara de “noche mística”. Tiene cara de una calumnia, de una obra que se hunde, de una enfermedad que no se va… Es decir: no nos hemos equivocado de camino; Dios nos purifica por el camino que tenemos.
Lo que duele es lo nuestro; lo que alegra es Él
¿Puede haber alegría dentro de la noche, o sólo al salir? Santo Tomás dirá que el gozo espiritual nace de la caridad, y que Dios, aunque ausente a la vista, está presente a los que le aman «por la inhabitación de la gracia» (S. Th. II-II, q. 28, a. 1, ad 1). Y distingue: alegrarnos de que Dios sea Dios no admite mezcla de tristeza; alegrarnos de lo que nosotros participamos de Él, sí, porque ahí estorban nuestra miseria y la espera (II-II, q. 28, a. 2). Por eso lo que duele en la noche es lo nuestro, y lo que alegra es Él.
Y el vacío –eso que quizás tanto nos asusta– tiene un para qué. Lo que Dios quiere darnos «excede toda la abundancia que el alma naturalmente puede poseer» (Noche II, 9, 4): no cabe en el vaso que tenemos. El vacío no es la falta de Dios; es el sitio que Dios se está haciendo.
Una gota del mar
Santa Teresa usa dos veces la misma imagen, la de una gota, pero en sentidos opuestos. Por un lado, todo lo que se padece en esta purificación –que ella compara con el purgatorio que prepara para el cielo– es poquísimo al lado de la unión que Dios da después, ya en esta vida: «como sería una gota de agua en la mar» (Moradas VI, 11, 6). Por otro lado, lo que Dios nos deja gustar aquí, de vez en cuando, también es una gota, pero una gota que anuncia todo lo que vendrá: «Mirad, que esto es una gota del mar grandísimo de bienes» (Vida 22, 17). Es decir: el sufrimiento es una gota que se pierde en el mar de lo que Dios da; el consuelo es una gota que ya trae el sabor de ese mar, que sólo en el cielo gozaremos del todo.
San Juan de la Cruz llama toques a esas gotas, y dice que son tan sabrosos que con uno solo el alma «se daría por bien pagada de todos los trabajos que en su vida hubiese padecido» (Subida II, 26). Y no se fabrican: llegan «cuando ella menos piensa y menos lo pretende». ¡Imposible no acordarse de la consolación «sin causa precedente» de las reglas de discernimiento de San Ignacio [EE 330]!
No puede sufrir penas de su amante
Pero la frase que, para mí, deberíamos recordar siempre de esta clase está en la escala de amor de la Noche. En el cuarto grado el alma ya no busca consuelos, sólo dar gusto a Dios aunque sea a su costa… y justamente entonces Él la visita, «porque el inmenso amor del Verbo Cristo no puede sufrir penas de su amante sin acudirle» (Noche II, 19, 4). No es que Dios nos deje solos en la noche y aparezca al final; es que no aguanta vernos penar sin venir.
A la Virgen, que vivió también –como dice San Juan Pablo II, con una expresión del mismo San Juan de la Cruz– una especie de «noche de la fe», «como un “velo” a través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el misterio» (Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 17), le pedimos que, cuando nos toque la parte dura –o la fe a oscuras–, no perdamos de vista la proporción: lo mucho cuesta mucho… pero lo que se recibe es más, mucho más.
Ave María… ¡y adelante!
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