Noche del espíritu: por qué el alma se ve peor que nunca

Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior.

Imagina a alguien que lleva años rezando bien. Pasó la sequedad, salió de ella y desde entonces trata con Dios con una facilidad que antes no conocía. Y un día, sin aviso, empieza a verse peor que nunca: faltas que jamás había notado, una suciedad que no sabía que tenía. Y saca la conclusión más lógica del mundo: Dios lo ha mirado de cerca y lo ha rechazado. Hoy vamos a ver que esa persona no está peor que antes. Lo que ha cambiado es la luz.

Cuándo llega la noche del espíritu

San Juan de la Cruz advierte que la noche del sentido era más bien un enfriamiento del apetito que una purificación en sentido pleno, porque la raíz de los desórdenes está en el espíritu (Noche II, 3, 1). La purificación de fondo viene ahora.

Y no llega enseguida. Suelen pasar años de oración serena y amorosa, como quien ha salido de una cárcel estrecha (Noche II, 1, 1). Es la pedagogía de Dios: esos consuelos son fuerzas para lo que vendrá, como enseña San Ignacio cuando pide que en la consolación se piense en la desolación que vendrá y se tomen nuevas fuerzas para entonces (EE [323]). Pero San Juan de la Cruz añade que estas almas, con todo, siguen siendo niños en el trato con Dios (Noche II, 3, 3; cf. 1 Cor 13,11). Por eso la paradoja: a esta noche no entra el que va mal, sino el que lleva años yendo bien.

Royo Marín lo dice claramente: esto es cosa sólo de almas heroicas. Muchos no la pasaremos entera en esta vida, y como casi exclusivamente depende de nuestra generosidad, ¡esperemos que sí! De todos modos, lleguemos o no lleguemos a pasarla, conocerla sirve a todos: lo que se dice de ella ilumina también purificaciones menores, y ayuda a quienes están en ella sin saberlo y creen ir hacia atrás.

Una luz que duele

Lo sorprendente es que esta noche es luz. San Juan de la Cruz la llama contemplación infusa, una influencia de Dios por la que en secreto enseña al alma en perfección de amor (Noche II, 5, 1). No es una crisis ni un bajón anímico: es Dios obrando.

Santo Tomás explica cómo se puede aprender así, sin razonar. Hay dos maneras de juzgar bien de las cosas de Dios: una por el estudio, usando bien la razón; otra por connaturalidad, es decir, porque uno ya las vive por dentro. Pone un ejemplo: de la castidad juzga bien el que estudió moral, pero juzga bien de otra manera el que es casto. Y cita a Dionisio, que hablaba de su maestro Hieroteo, un hombre de Dios de los primeros siglos, diciendo que conocía las cosas divinas «no sólo aprendiéndolas, sino padeciéndolas» (II-II, q.45, a.2). Es decir, no por haberlas leído, sino por haberlas vivido y sufrido en carne propia. Esa connaturalidad, añade Santo Tomás, la produce la caridad, que nos une a Dios. Se aprende a Dios padeciendo a Dios. Y por eso sólo le pasa al que ya ama.

¿Por qué duele? Porque la luz es demasiada para un ojo enfermo. La misma claridad que alegra al ojo sano, al enfermo le hace daño (Noche II, 5, 3-5). El problema no es la luz, sino quien la recibe. 

Las penas

San Juan de la Cruz no ahorra nada: el alma se siente deshacer ante sus miserias, como Jonás en el vientre del pez (Noche II, 6, 1); siente un vacío y una pobreza que la dejan como sin aire. Y lo peor: la impresión de que su mal no tiene remedio. Royo Marín dice que en esto supera al purgatorio, porque allí al menos se sabe la salvación asegurada. Por eso el Santo pide «grande compasión» para quien pasa por aquí (Noche II, 7, 3).

El madero en el fuego

Y aquí la imagen que lo explica todo. El fuego, al prender en el madero, primero lo seca y lo hace «llorar» su humedad; luego lo pone negro, feo y de mal olor; y sólo al final lo enciende y lo vuelve hermoso como el mismo fuego (Noche II, 10, 1). Así el alma parece peor que antes, pero —dice el Santo en un paréntesis que vale oro— «no es peor que antes, ni en sí ni para con Dios» (Noche II, 10, 2).

Santa Teresa lo dice con un vaso de agua: a la sombra parece limpio; cuando le da el sol, se ve lleno de motas (Vida 20, 28). Las motas ya estaban. Lo que entró fue el sol.

Respiros, frutos y seguridad

En general dura años, pero con respiros: Dios saca el hierro de la fragua por momentos para que el alma vea la obra que se va haciendo (Noche II, 10, 6). Y todo tiene su para qué: oscurece para dar luz, humilla para levantar, empobrece para dar a gozar de todo (Noche II, 9, 1). Es un purgatorio en vida, pero purgatorio de amor: allá se purifica con fuego, acá con amor (Noche II, 12, 1). Hablando del purgatorio, el nuevo beato Fulton Sheen lo describía así: el alma que se ve manchada no se atreve a presentarse ante la Pureza, y ella misma se arroja a las llamas que la purifican. Ese no atreverse ya es amor.

Por eso el alma va «a oscuras y segura»: vestida con la librea blanca, verde y roja de la fe, la esperanza y la caridad (Noche II, 21, 3), escondida en un fondo donde el demonio no alcanza. San Juan Pablo II, en la carta apostólica Maestro en la fe (1990, n. 14), recuerda que también las grandes cruces de cualquier vida pueden vivirse como una «noche de la fe» que purifica.

Una advertencia seria: esta noche no se autodiagnostica; si crees estar en ella, llévalo al director espiritual o a alguna persona espiritual que conozca de estos temas. Lo que sí es de todos es la lógica: cada vez que Dios te muestre algo feo de ti que antes no veías, recuerda que no lo puso el fuego: lo sacó.

Para esta semana:

  • Relee el madero en el fuego (Noche oscura II, capítulo 10). Es corto. Detente en el paréntesis y léelo tres veces.
  • Pon un vaso de agua a la sombra y luego al sol, y mira. Es sencillo y no se olvida.
  • Si conoces a alguien que está en esto, en lo posible no le des consejos: llévale la frase del paréntesis y tu compañía.

Ave María… ¡y adelante!

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