Distracciones en la oración: lo que Santa Teresa tardó años en entender

Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: https://verbo.vozcatolica.com/horror-al-sufrimiento/.

Apagas la pantalla y la película sigue rodando dos horas después. Discutes en la ducha con alguien que no está delante. Te acuestas y la cabeza se pone a moler sola. Y cuando por fin te sientas a rezar, a los dos minutos ya estás en otra parte. Las distracciones en la oración son, probablemente, el motivo por el que más gente buena abandona la vida interior. Y casi siempre por una razón equivocada.

La semana pasada hablamos de las puertas: los cinco sentidos externos, por donde entra el material. Y si bien si alguna referencia ya hacíamos a que lo que entra «queda», sin embargo hoy bajamos un piso. Porque el material ya está dentro, y ahí abajo hay una fábrica que no para nunca.

La casa ya está amueblada

Santo Tomás distingue cuatro sentidos internos (S.Th. I, q.78, a.4). El sentido común, que reúne lo que traen los cinco sentidos y te hace saber que estás sintiendo. La imaginación o fantasía, que el Aquinate define como «un cierto tesoro de las formas recibidas por los sentidos»: el almacén. La memoria, que no es guardar imágenes —eso ya lo hace la fantasía— sino reconocerlas como pasadas: recordar es imaginar con fecha. Y la cogitativa, de la que hablaremos al final, y que es la que casi nadie nombra.

Los sentidos externos abren la puerta. Los internos son la casa. Y la casa ya está amueblada pues dentro de ti ya hay años de material almacenado: imágenes, escenas, conversaciones, heridas, canciones, todo lo que viste y oíste desde niño. Eso es el mobiliario: no lo estás metiendo ahora, ya está puesto.

La loca de la casa

A la imaginación se la llama así porque va por libre: obedece poco cuando se le manda y entra en la habitación justo cuando estás rezando. Royo Marín le señala dos estragos. El primero, la disipación: si no le das objeto, se lo busca ella; por eso la ociosidad es su terreno abonado. El segundo, más serio: es fuente de tentaciones. Y conviene aclarar: muchas tentaciones que se atribuyen al demonio proceden en realidad de una imaginación desordenada.

Fíjate en cómo trabaja, porque siempre es igual: colorea y agranda el placer aparente, y exagera las dificultades de lo que hay que hacer. Miente en las dos direcciones a la vez. Y uno acaba tomando decisiones con esos dos números falsos delante.

Pero antes de temerle demasiado, conviene saber lo pequeña que es. San Juan de la Cruz lo cierra en la Subida (II, 12, 4): aunque imagines palacios de perlas y montes de oro, todo eso vale menos que una sola perla verdadera; y por eso la imaginación no puede ser medio próximo para la unión con Dios. No porque sea mala: porque no da la talla.

La página de Santa Teresa

Aquí está el alivio. Santa Teresa cuenta en las cuartas Moradas que pasó años angustiada por esto, hasta que un teólogo le explicó una distinción: el «pensamiento» (así llama ella a lo imaginado) no es el entendimiento. Y dice que aquello —enterarse de esa verdad— «no fue para mí poco contento».

Hay angustias espirituales que no se curan rezando más, sino entendiendo mejor. Ella lo escribe con dolor: cuánto se sufre en este camino «por falta de saber», y cuánta gente deja la oración y hasta pierde la salud porque no cae en la cuenta de que hay un mundo interior ahí dentro.

Y da la imagen que conviene recordar: el alma puede estar en las moradas de dentro, junto a Dios, mientras el «pensamiento» anda por el arrabal del castillo peleándose con fieras. Las dos cosas a la vez. Y ahí, dice, se está mereciendo.

De ahí su regla, que es puramente Teresisana: dejemos andar esa tarabilla de molino y molamos nuestra harina. La tarabilla es la pieza que golpea sin parar mientras la piedra gira: hace un ruido insoportable y no se puede quitar, porque es parte del molino. No la mires, no discutas con ella, no pares el molino para arreglarla. Muele. Por eso combatir de frente las distracciones en la oración casi siempre las empeora: cada vez que paras a echarlas, dejas de moler.

La aduana entre lo que sabes y lo que haces

Queda la cogitativa, la más alta de las potencias sensibles, la que juzga si esto de aquí me conviene o me daña. Santo Tomás explica que dentro de ti funciona un silogismo sin que te des cuenta: la razón pone la premisa mayor universal (no se debe robar), la cogitativa pone la menor concreta (esto es un robo), y de ahí sale la elección. Y advierte que lo que mueve es el juicio de lo particular, no el principio.

Ahí tienes explicado algo que te ha desconcertado mil veces: sabes perfectamente que algo está mal y lo haces igual. No se te olvidó el mandamiento; la premisa mayor está intacta. Lo que se compró fue la menor: «esto no es exactamente eso», «este caso es distinto», «por una vez».

Y esa aduana, la cogitativa, no se limpia: se forma, con actos.

Qué hacer esta semana

Guarda los sentidos externos, que son los que suministran el material. Combate la ociosidad. Dale objetos buenos a la imaginación —la composición de lugar ignaciana no vacía la fantasía: la ocupa—. Age quod agis: haz lo que estás haciendo. Y no des importancia a las distracciones: redirige la atención y ten paciencia.

Si esta noche te sientas a rezar y a los dos minutos estás en otra parte, no te levantes pensando que perdiste el rato. Estabas moliendo. Y lo que se muele en medio del ruido también es harina.

Ave María… ¡y adelante!

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Un comentario:

  1. Gracias padre por tanta ayuda 👏👏

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