La muerte del religioso: morir con las botas puestas

Falleció ayer, primer sábado de mes, uno de nuestros religiosos, el P. Martín Feliciosi, a poco de cumplir cuarenta años. Fui su maestro de novicios y en ese sentido me toca un poco más de cerca que otras “partidas” que hemos tenido. Ya me han escrito diciendo: “felicitaciones por un novicio más en el Cielo”. Y todavía lo estamos procesando…

El noviciado pasó hace casi 20 años y hay quienes han compartido mucho más con él y podrían contar muchas más cosas y más interesantes. De todos modos, noviciado hay uno solo y maestro de novicios también… y aunque por su edad hablar con él era como hablar con un amigo, no quería dejar pasar la oportunidad para hacer algunas reflexiones sobre la muerte de uno a quien vi comenzar la vida religiosa.

Y quería reflexionar en la gracia que implica el morir sacerdote y religioso. El P. Martín murió “con las botas puestas”, es decir, cumpliendo sus votos y ejerciendo el ministerio sacerdotal, dos cosas que en el caso nuestro –religiosos y sacerdotes– van muy unidas, porque la vocación es una. Como dice el Kempis:

Aquel a quien todas las cosas le fueren uno, y trajeren a uno, y las viere en uno, podrá ser estable y firme de corazón, y permanecer pacífico en Dios[1].

Murió religioso

El fin universal de la vida religiosa está expresado en nuestras Constituciones y no es otro que “buscar la gloria de Dios y la salvación de las almas” y las nuestras en primer lugar[2], y en este sentido el P. Martín alcanzó ese fin pues habiendo recibido todos los sacramentos, podemos conjeturar que, si no está ya, pronto lo estará junto al trono de Dios.

Además, “la profesión religiosa constituye un verdadero holocausto de sí mismo, ya que en virtud de los votos se entrega a Dios todo lo propio, sin reservarse nada”[3]; ese holocausto del P. Martín se completó ayer, entregando su vida.

Habrá llegado el P. Martín seguramente a la indiferencia del cuarto grado del voto de pobreza, en el cual al religioso ya no le importará nada “de los sucesos prósperos o adversos que puedan sucederle, de morir joven o viejo”[4]. Y digo que habrá llegado seguramente porque si no la tenía “tan así” antes de enfermarse (todos estamos en esa lucha diaria por la perfecta indiferencia), seguramente la alcanzó en los casi treinta días que el Señor le regaló de enfermedad.

Vestía el P. Martín su hábito religioso, su sotana; se le había hecho piel, como pide nuestro derecho propio[5]. Y “este signo ‘para el religioso expresa su consagración y pone en evidencia el fin escatológico de la vida religiosa’”[6]. Fin escatológico que podemos decir consumó ayer, llegando a los ἔσχατα (ésjata), es decir, a las cosas últimas.

Murió sacerdote

El P. Martín murió diariamente a sí mismo; es lo que pude observar en el año de noviciado –y sabemos cómo marca ese año; suele decirse: “como es el noviciado es toda la vida del religioso”– y es lo necesario para perseverar como perseveró. Y esa muerte diaria necesita el altar; él aprendió a ser víctima con la Víctima. Otra vez, de nuestro Directorio de Espiritualidad:

Vivimos del sacrificio de Cristo: ningún acto de virtud vale si no fue ofrecido por nuestra Cabeza en la Cruz […]. Si no aprendemos a ser víctimas con la Víctima, todos nuestros sufrimientos son inútiles[7].

Y llevó a plenitud esa victimización ofreciendo a Dios su vida en sus últimos días, cuando se acercaba su fin (aunque quizás lo haya hecho antes también…).

Y aprendió a victimarse porque sabía él, sin lugar a dudas, que “lo principal, lo más importante que debemos hacer cada día, es participar del Santo Sacrificio de la Misa”[8], y salvo alguna causa de fuerza mayor –como fue la última enfermedad– la celebró, y dignamente, todos los días en los más de diez años de sacerdote, tratando de vivir lo que reza nuestro Directorio de Liturgia:

Es absolutamente necesaria la preparación próxima y remota para la celebración litúrgica en general y especialmente para nuestra Misa diaria. De hecho, el día debería dividirse en dos: una parte de preparación; la otra, de acción de gracias. No hay nada más importante en nuestra vida cristiana. Cuando uno celebra o participa en la Misa, ya tiene el día ganado. De ahí la sabia advertencia al celebrante que figura en algunas sacristías: “Celebra esta Misa como si fuera la primera, como si fuera la última y como si fuera la única”[9].  

La gracia de ser religiosos

¿Temió a la muerte el P. Martín? Habrá tenido probablemente algunos momentos en su vida con ese temor natural que todos tenemos, junto con otros momentos de consolación donde no hay ningún temor; porque al contemplar la resurrección del Señor “¡cuál debe ser nuestra confianza y alegría al saber que la muerte ya ha sido vencida! Y ha sido vencida gracias a la Encarnación del Verbo, y a su Sacrificio redentor”[10].

Y podríamos seguir haciendo referencias y más referencias a lo que en definitiva es la gracia de ser religiosos. Si bien la vocación de cada uno es una historia de amor única e irrepetible, siempre está presente el hecho de que ingresando a la vida religiosa damos un paso firme y seguro esperando que ese paso en la tierra nos conduzca al gran paso, al de la eternidad. Ingresamos con la fe y la esperanza de que viviendo este carisma en particular –cada uno lo vivirá por supuesto en su propia familia religiosa– alcanzaremos no solamente el Cielo (¡que ya es decir muchísimo!) sino ese grado de perfección, de santidad, que el Señor ha pensado para nosotros desde toda la eternidad y que ha destinado esta familia religiosa en particular para poder llevarlo a cabo.

Como dicen nuestras Constituciones, nos consagramos “para que, entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigamos la perfección de la caridad”[11]. Es por eso que ni bien recibí, con gran sorpresa, la noticia de la enfermedad fulminante del P. Martín, comencé juntamente a pedir por su salud, a pedir también que, si el Señor se lo tenía que llevar, llegara antes a esa perfección, a esa santidad que es el sentido último de por qué estamos en este mundo. Ha sido él un fiel religioso y sacerdote, por tanto, si algo faltaba, que el Señor se lo concediese en virtud de su última agonía.

¿Qué nos queda a nosotros? Como leemos en nuestro Directorio de Vocaciones:

Medite a menudo sobre la vocación, considerando cuán grande es el favor que Dios le ha hecho llamándole a sí. Cuanto más fiel se conserve en seguirla, tanto más segura tendrá su salvación eterna[12].

Nos queda también, con el dolor propio de una partida de algún modo prematura, la alegría que nos da la fe; como afirma San Alfonso citando a San Bernardo: la muerte del justo lo libra de toda fatiga, lo libra de todo pecado, lo libra de todo peligro[13].

Nos queda la alegría de tener uno de nuestra familia religiosa ya en la patria; y si no “ya”, será muy en breve… Sí, ese es otro gran consuelo para los religiosos: todas las oraciones y Misas, de tantos misioneros, contemplativos y contemplativas, los terciarios, etc., tanto en la enfermedad –para sostenernos en la última batalla– como después de la muerte, si es que todavía queda algo que purgar.

Y desde allá, Martín, no te olvides de nosotros que aún peregrinamos… seguí con esas “misiones póstumas” que se tienen en la eternidad. Ayudanos a suplicar a nuestra Madre  –¡que te dio, además, la gracia de morir un primer sábado!–, lo que decimos al abrir las Constituciones, después de mostrar a qué hemos venido a la vida religiosa: «Pedimos a la Santísima Virgen María nos alcance la gracia de perseverar en este propósito hasta la muerte».


¡Ave María y adelante! ¡Hasta el Cielo no paramos! Que para eso somos religiosos… y por supuesto, tratando en medio de nuestras debilidades, de llevar el mayor número de almas con nosotros.

 

[1] Imitación de Cristo, Libro I, cap. 3 (el capítulo sobre la doctrina de la verdad). En latín: «Cui omnia unum sunt, et omnia ad unum trahit, et omnia in uno videt, potest stabilis corde esse, et in Deo pacificus permanere».

[2] Constituciones, n. 4.

[3] Ibid., n. 51.

[4] Ibid., n. 68.

[5] Cf. Directorio de Espiritualidad, n. 154.

[6] Juan Pablo II, Carta al Card. Ugo Poletti, Vicario General para la Diócesis de Roma (08/09/82); OR (24/10/82), p.5. Cit. Ibid.

[7] Directorio de Espiritualidad, n. 168.

[8] Constituciones, n. 137.

[9] Directorio de Vida Litúrgica, n. 66

[10] Directorio de Espiritualidad, n. 319.

[11] Constituciones, n. 23.

[12] Directorio de Vocaciones, n. 65, citando a San Alfonso.

[13] Cf. San Alfonso en su sermón 21: Muerte de los justos, que puede leerse en: Obras ascéticas, t. II, Sermones abreviados, P. I S. III. Serm. 21: Muerte de los justos, B.A.C., Madrid, 1952, pp. 633 y ss.

3 comentarios:

  1. Cristina Sandra Plachtij

    El padre Martin en las meditaciones de los Ee, que sencillo y agradable y cuantas enseñanzas…siempre en oracion ! Hasta el cielo no paramos

  2. Una enorme pérdida !! Una tristeza infinita ! He hecho los EE con sus enseñanzas y seguro María lo acompañó este primer sábado QEPD padre Mariano y brille para ti la luz que no tiene fin !

    Hurlingham te llora como hijo querido de este lugar!! 🙏🙏🙏

  3. El padre Martín fue mi párroco durante 04 años en Tenerife y nos hicimos familia, vió crecer a mis niñas. Agradezco al Señor cada eucaristía recibida de la mano del p. Martín y por los otros sacramentos que le suministró a mi familia. Dios lo tenga en su reino, eterno sacerdote.

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