Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: La perfección cristiana, ¿es posible y obligatoria para todos?.
Cuando pensamos en alguien «místico» enseguida imaginamos éxtasis, visiones, fenómenos extraordinarios reservados a un puñado de santos privilegiados. Pero la teología dice algo distinto, y mucho más cercano a cualquiera de nosotros: lo esencial de la vida mística no es sentir nada espectacular. Es, simplemente, dejarse mover por Dios de un modo que supera lo humano —incluso, y sobre todo, cuando no se siente absolutamente nada.
Lo esencial de la mística, decíamos la clase pasada, está en la actuación de los dones del Espíritu Santo al modo divino. Esa actuación produce normalmente una experiencia pasiva de Dios: el alma «consiente», pero no produce esa experiencia por sí misma, es pura recepción. Sin embargo —y esto cambia todo— esa experiencia sensible puede faltar incluso en almas profundamente místicas. San Juan de la Cruz describe la «noche del espíritu» como un estado donde el alma siente exactamente lo contrario: le parece que Dios la ha rechazado, que está abandonada para siempre. Y sin embargo, en medio de esa oscuridad, su fe es vivísima, su esperanza se sostiene contra toda evidencia, y su caridad llega a resignarse incluso al infierno con tal de seguir amando a Dios. Eso —no el sentimiento— es lo verdaderamente místico: la actuación sobrehumana de los dones, que ahí está más intensa que nunca, aunque el alma no lo perciba.
Por eso conviene distinguir un acto místico —la actuación puntual e intensa de un don— de un estado místico, que es cuando esa actuación empieza a predominar sobre el ejercicio meramente humano de las virtudes. Ningún alma vive en estado místico de manera continua e ininterrumpida; ni siquiera los grandes místicos. Y la ascética y la mística, lejos de ser dos caminos separados, se compenetran siempre: el asceta procede a veces místicamente, y el místico, como asceta.
Y aquí llega la conclusión más importante de todo este capítulo: todos estamos llamados a la vida mística, así como todos estamos llamados a la santidad. No como privilegio de una élite espiritual, sino como expansión normal de la gracia que ya recibiste en el bautismo. El llamado es, al principio, remoto y suficiente —por el simple hecho de estar en gracia, como el niño está llamado a la madurez por el simple hecho de haber nacido. Si el alma corresponde con fidelidad, ese llamado remoto se va volviendo próximo, y si la fidelidad continúa, se vuelve eficaz. San Juan de la Cruz lo decía con tristeza: no es que Dios quiera que pocos lleguen a la unión con Él —querría que todos fuesen perfectos— sino que encuentra pocas almas dispuestas a soportar una obra tan alta.
Si te reconocés en esos «pocos» que todavía no corresponden del todo, hay una buena noticia: las gracias perdidas se pueden recuperar. San Alfonso de Ligorio recordaba que Jesús no vino solo a devolvernos lo que el pecado nos quitó, sino a darnos «vida en abundancia», más de la que perdimos. Y Santa Faustina Kowalska escribió algo que vale la pena llevarse de esta clase: si se te escapa una oportunidad de santificarte, no pierdas la paz por eso; humillate ante Dios, confiá en su misericordia, y ganarás más de lo que habías perdido. Porque un alma humilde recibe siempre más de lo que pide.
Con esto cerramos el capítulo sobre ascética y mística. En la próxima clase entramos en terreno distinto: nuestro enemigo común en este camino, el pecado.
Ave María… ¡y adelante!
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