Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: ¿Estamos todos llamados a la vida mística?.
Se cuenta que San Marcelino Champagnat mantenía siempre un rostro sereno, pasara lo que pasara, salvo por una sola cosa: cuando le contaban que alguien había pecado. Ahí sí se le ensombrecía el semblante. ¿Por qué un santo reaccionaba así ante algo que hoy tantos consideran un simple «error de crecimiento»?
Cerramos el capítulo sobre ascética y mística —recordemos: no son dos caminos distintos, sino un mismo camino hacia la unión con Dios, que empieza con predominio ascético y va tomando predominio místico— y entramos ahora en un capítulo nuevo: nuestros enemigos. El primero, y el más radical, es el pecado.
Antes de definirlo, conviene nombrar algunos errores que hoy circulan con fuerza, incluso entre católicos. Hay quien sostiene que el pecado no es ofensa a Dios, porque Dios «no tiene ego» que pueda ofenderse; que el pecado es solo ignorancia, un tropiezo necesario del aprendizaje («solamente crecemos equivocándonos»); que la noción misma de culpa es una «lacra» que ha devastado conciencias; y que, en consecuencia, habría que sustituir el castigo por una comprensión meramente terapéutica, sin retribución ni justicia. El problema de fondo es siempre el mismo: se disuelve la malicia del pecado, y con ella, la necesidad misma de la Redención.
Frente a esto, el Catecismo es tajante: «el pecado es una ofensa a Dios: ‘Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces’ (Sal 51,6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones» (CEC, 1850). Y sin embargo, como advertía San Marcelino Champagnat citando a los sabios y doctores de todos los tiempos, el pecado sigue siendo un misterio: ni los sabios, ni los ángeles pueden explicarlo del todo. Solo Dios conoce su verdadera enormidad.
Vayamos entonces a la razón teológica, con Santo Tomás. El mal, enseña, no tiene una naturaleza propia: es privación de un bien debido (Suma Teológica, I, q.48, a.1). Dios no creó el mal; creó cosas buenas, y el mal aparece cuando una criatura libre falla en el uso de ese bien. Por eso el bien siempre es mayor, y por eso —como canta la liturgia del Sábado Santo— podemos hablar de una «feliz culpa que mereció tan gran Redentor»: sin pecado no habría lugar para el perdón.
Aquí Santo Tomás distingue dos tipos de mal (I, q.48, a.5): el mal de pena —todo sufrimiento, enfermedad, muerte, lo que «pagamos» como consecuencia del pecado— y el mal de culpa, que es el pecado mismo. La pena recae sobre lo que Dios nos ha dado (el ser, la salud, la vida); la culpa, en cambio, nace de un mal uso de la propia voluntad, lo único que verdaderamente nos hace buenos o malos. Que me falte una pierna no me hace malo; usar mal mi libertad, sí.
Y entonces llega la afirmación que más debería hacernos pensar: la culpa es un mal mayor que la pena —mayor incluso que el infierno, que es la pena máxima (I, q.48, a.6). ¿Por qué? Primero, porque el mal de pena no me hace malo, pero el mal de culpa sí: «ser castigado no es malo, sino hacerse acreedor de la pena», dice el Pseudo-Dionisio. Segundo, y más hondo: Dios es autor del mal de pena (como castigo justo), pero nunca del mal de culpa. La pena priva a la criatura de un bien; la culpa se opone directamente al amor de Dios. Por eso un pecado venial, bien mirado, es objetivamente peor que cualquier enfermedad terminal: la enfermedad me quita algo mío; el pecado ofende a Quien me ama.
San Juan Pablo II, en Dominum et Vivificantem, añadía una clave pastoral: «convencer del pecado» no es lo mismo que condenar. Es, dice, crear las condiciones para la salvación: primero el reconocimiento sincero de la propia pecaminosidad, después la confesión ante Dios, «que no espera más que recibir esta confesión para salvar al hombre». El Hijo del hombre no vino a condenar, sino a salvar —y su amor, insistía el Papa, es siempre más grande que cualquier pecado, como enseña la parábola del hijo pródigo.
Frente al pecado, entonces, dos actitudes igualmente equivocadas: minimizarlo hasta disolverlo en un simple error de aprendizaje, o quedarnos paralizados en la culpa sin llegar nunca a la confesión y al abrazo del Padre. La actitud verdadera es la de Champagnat: tomar en serio la gravedad de la ofensa a Dios, y precisamente por eso, correr hacia la misericordia que la repara.
Ave María… ¡y adelante!
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