Perfección cristiana: posible y obligatoria para todos

Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase 1: Teología de la perfección.

2. La perfección cristiana: ¿en qué consiste? ¿Es posible? ¿Es obligatoria?

¿Qué significa «perfecto»? La palabra viene del latín perficere: hacer hasta el fin, acabar, completar. Perfecto es lo que tiene todo el ser que le corresponde según su naturaleza: un hombre ciego es imperfecto, pero que el hombre no tenga alas no es imperfección, porque no le corresponden. Por eso dirá Santo Tomás que «todo y perfecto son una misma cosa».

Solo Dios posee toda la perfección: es acto puro. Todos los demás seres somos perfectibles — y esto, bien entendido, ayuda a vivir sin pesimismo: somos seres en camino. En la vida cristiana hay una perfección entitativa (la gracia), una perfección dinámica (las virtudes y los dones) y la perfección final (la gloria). Este curso se ocupa sobre todo de la segunda: la perfección en camino, por la que el cristiano tiende con más o menos fuerza hacia Dios, su fin.

¿Y en qué consiste especialmente esa perfección? Santo Tomás responde sin rodeos: en la caridad, porque la caridad es la que nos une a Dios, último fin del hombre: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4,16). La Escritura lo confirma por todas partes: la caridad es el vínculo de la perfección (Col 3,14), el cumplimiento de la ley (Rom 13,10), la más excelente de las tres que permanecen (1 Cor 13,13).

Hablamos además de una perfección sobrenatural: no se trata de pulir cualidades humanas, sino de una verdadera deificación, obra de la Santísima Trinidad, que nos hace partícipes de la naturaleza divina. Solo el Santo puede santificar. Como dice San Agustín: Él descendió para que nosotros ascendiéramos.

Con esto podemos ya definir nuestra ciencia, siguiendo a Royo Marín: la teología de la perfección cristiana es la parte de la teología que, fundándose en la revelación divina y en la experiencia de los santos, estudia el organismo de la vida sobrenatural, las leyes de su crecimiento y el proceso que recorren las almas desde los comienzos hasta la cumbre de la perfección. Revelación primero, experiencia de los místicos después y subordinada a ella — pero ambas necesarias para no construir una espiritualidad de espaldas a la realidad.

Quedan las dos preguntas decisivas. ¿Es posible ser perfecto en esta vida? Sí, con matices que el Angélico distingue magistralmente: la perfección absoluta es solo de Dios; amar a Dios actualmente con todas las fuerzas en todo momento será posible solo en el cielo; pero excluir todo lo que se opone a la caridad —el pecado mortal— y aun lo que impide que el corazón se dirija del todo a Dios, eso sí es posible aquí. Los perfectos de esta vida siguen cayendo en faltas veniales de fragilidad: la santidad no consiste en ser impecables, sino —como decía San Juan Pablo II— en la lucha por no ceder y volver a levantarse siempre.

¿Y es obligatoria? Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48); esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Tes 4,3). No es el privilegio de una élite espiritual: es el llamado de todo bautizado. Preguntarle a alguien «¿quieres recibir el Bautismo?» es preguntarle «¿quieres ser santo?» (Novo millennio ineunte, 16). Sobre esto puedes leer también en el blog: ¡Quiero ser santo!

Como siempre, avanzamos confiados en nuestra Madre del Cielo.

Ave María… ¡y adelante!

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