Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: La perfección cristiana, ¿es posible y obligatoria para todos?.
El Papa León XIV, en su última encíclica, dice algo que viene perfecto para esta clase: no existe ningún «transhumanismo» —ninguna mezcla del hombre con la máquina— capaz de ofrecer lo que Dios ofrece. Lo más grande que el hombre puede alcanzar no es una tecnología que lo supere, sino dejarse divinizar por la gracia. Y si esa divinización avanza, tiene un nombre concreto: vida mística. Hoy entramos justamente ahí, al umbral de la mística, con la pregunta que mejor la introduce: ¿está reservada a unos pocos elegidos, o es un llamado para todos?
San Juan de la Cruz y Santa Teresa, leídos por partes, parecen contradecirse: hay textos suyos que suenan a «son pocos los que llegan», y otros que suenan a «el Señor invita a todos». La misma Santa Teresa se encarga de deshacer esa aparente contradicción: Dios tiene caminos distintos para cada alma, pero a nadie le quita la posibilidad de acercarse a esa fuente de vida. La conclusión, siguiendo el método teológico riguroso y no solo citas sueltas de místicos, es clara: el llamado a la vida mística es para todos, así como todos estamos llamados a la santidad. Lo que cambia es el camino y el ritmo con que cada uno corresponde.
Para entender ese camino hace falta hablar de los dones del Espíritu Santo, la segunda potencia sobrenatural —junto con las virtudes infusas de la clase pasada— que Dios infunde con la gracia. Santo Tomás los describe como hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma, para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo, al modo divino o sobrehumano. La diferencia con las virtudes es esta: las virtudes me disponen para ser movido por mi propia razón —iluminada por la fe, si son infusas—; los dones me disponen para ser movido directamente por Dios mismo, sin que yo sea quien lleva la iniciativa (cf. I-II, q.68, a.1).
La Escritura ya lo anunciaba en Isaías (11,1-3): sobre el Mesías reposaría el espíritu de sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Los Padres de la Iglesia extendieron ese mismo séptuplo don a todo el que está unido a Cristo por la gracia, y la liturgia lo confirma cada Pentecostés y en cada confirmación que se administra.
¿Y son necesarios? Santo Tomás responde que sí, y lo explica con dos imágenes preciosas. El sol, por ser perfectamente luminoso, alumbra por sí mismo; la luna, en cambio, no tiene luz propia: solo brilla si es iluminada. Igual el médico que domina su arte puede actuar solo; su alumno, todavía no instruido del todo, necesita que lo guíen. Así nosotros: conocemos y amamos a Dios todavía de manera imperfecta, aun con las virtudes teologales puestas en el alma. Por eso necesitamos que el mismo Espíritu Santo nos mueva desde dentro, supliendo lo que a nuestra razón —por buena voluntad que tenga— todavía le falta (cf. I-II, q.68, a.2).
No se trata, entonces, de buscar fenómenos extraordinarios ni de instalarnos a mitad de camino. Como decía Dom Columba Marmion, sería casi una falta de amor no aspirar al grado más alto de oración que Dios quiera dar, porque Él mismo es quien lo concede. En Caná, María dijo simplemente: «No tienen vino». Nosotros tampoco tenemos, por nuestras solas fuerzas, el vino de las virtudes ni el del amor que Dios quiere darnos. Por eso, en la próxima clase vamos a entrar de lleno en qué es exactamente la experiencia mística y cómo se reconoce su acción en el alma.
Ave María… ¡y adelante!
📺 Ver la clase completa
📄 Descargar el PDF de la clase
✅ Hacer el cuestionario (cuenta gratuita)
🎧 Escuchar en Spotify
Para recibir las próximas clases: por email, por el canal de WhatsApp o por Telegram.



