Mortificación cristiana: veinte pasos o diez mil

Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: la alegría en la noche oscura del alma.

Preparando la clase de este martes me me pareció que valía la pena coompartir una frase de un jesuita del siglo XVII, el P. Luis Lallemant, que me llamó mucho la atención. Habla de gente buena, incluso de religiosos virtuosos, y dice que a muchos la muerte los sorprende «no habiendo dado más que veinte pasos, cuando hubieran podido caminar diez mil». No dice que se pierdan… dice que se quedan cortos. ¿Por qué? ¿Y qué tiene que ver con eso la mortificación cristiana?

Cerrado el bloque de las purificaciones, empezamos con los medios para crecer. Y el P. Lallemant nos da el mapa: «Los dos elementos de la vida espiritual son la purificación del corazón y la dirección del Espíritu Santo» (citado por Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, n. 637). Dos polos: dejarse llevar y limpiar el cristal.

Un injerto, un vaso y una ventana

La gracia es como un injerto. El árbol somos nosotros, y la gracia es lo que Dios injerta en nuestra naturaleza para que dé un fruto que por sí sola nunca daría. Por eso dice Royo Marín que «la gracia es un ser injerto, y no puede crecer más que de la manera como nace»: nace por infusión de Dios, y sólo crece por nuevas infusiones de Dios (Teología de la perfección cristiana, n. 283). La savia del árbol, nuestras fuerzas naturales, no hace crecer el injerto; eso únicamente lo hace Dios. «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Pero eso no nos deja de brazos cruzados. Santo Tomás dirá: «Dios no nos justifica sin nosotros», porque consentimos libremente; y sin embargo ese consentimiento es fruto de la gracia, de modo que «toda la operación pertenece a la gracia» (S. Th. I-II, q. 111, a. 2, ad 2).

Fulton Sheen –el célebre obispo de la televisión norteamericana– lo dice así: «Dios no va a hacer que el sol brille a través de una ventana sucia; si no que el sol brillará por la ventana si está limpia» (Lift Up Your Heart). El sol no lo ponemos nosotros; el cristal, sí.

Sin hacer esperar al Espíritu Santo

Lo curioso es que Lallemant no habla de gente desordenada, sino sensata, que se guía por el buen sentido… y por lo que hacen todos. Eso es bueno, pero no basta para la perfección. El Espíritu Santo llama con sus inspiraciones –la idea de visitar a alguien, el remordimiento por una palabra de más, el «tirón» hacia el sagrario– y nosotros lo dejamos para después.

San Pablo es claro: «los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rom 8,14). Para eso están los dones, explica el Aquinate: para que seamos prompte mobiles, prontamente movibles por la inspiración divina (S. Th. I-II, q. 68, a. 1). No un tronco arrastrado, sino una vela que el viento hincha. Y la postura es la de Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,10)… no «habla, que ya veré». Y esto sirve por supuesto en la parte ascética de nuestra conversión, cuando todavía los dones no están demasiado «activos».

Dolor, y no enfermedad

Ahora el otro polo: limpiar el cristal. San Ignacio, en los Ejercicios, distingue la penitencia interna –dolerse de los pecados con propósito de enmienda– y la externa, que es «fruto de la primera» [EE 82] (escribí algo sobre esto en San Ignacio y la penitencia, desde Loyola a Manresa). Es decir: una mortificación exterior que no nace del corazón es pura gimnasia.

Y el Santo de Loyola, maestro de la medida, agrega: cuando quitamos lo superfluo «no es penitencia, mas temperancia» [EE 83]; dejar el postre de más es templanza… que es obligatoria. Y lo más seguro es «que dé dolor y no enfermedad» [EE 86]. Duele, claro; pero no enferma.

O aquí, o allí

¿Por qué es necesaria? Primero, para reparar: la pena de los pecados ya perdonados se paga o aquí o en el purgatorio; y aquí, con mérito. Y no sólo por nosotros: «lo que en mi carne falta de las tribulaciones de Cristo, lo cumplo en favor del Cuerpo suyo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Segundo, para santificarnos. San Juan de la Cruz se lo escribió a un fraile en una carta que vale para todos: «y no busque a Cristo sin cruz» (Epistolario, carta 24).

Eso sí, con orden: primero los deberes del propio estado, luego las cruces que Dios manda, y sólo después las que elegimos. Santa Teresita nos enseña la medida de casi todos: una hermana, en la lavandería, le salpicaba la cara de agua sucia, y ella cuenta: «Me esforcé todo lo que pude por desear recibir mucha agua sucia» (Manuscrito C, 30vº-31rº). No el cilicio: el agua sucia.

A la Virgen, que vivió –como dice San Juan Pablo II– en «una actitud de constante docilidad a las inspiraciones del Paráclito», de modo que «se dejaba guiar por el Espíritu» (Catequesis, 9-XII-1998), le pedimos esa «muy determinada determinación» de Santa Teresa (Camino de perfección 21,2), para no quedarnos en veinte pasos cuando podríamos caminar diez mil.

Ave María… ¡y adelante!

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