Cada pensamiento, cada palabra, cada suspiro, cada mirada, cada sentimiento, cada percepción… pero también cada gesto, cada movimiento físico, cada pálpito de su Corazón, cada anhelo, cada plegaria, cada corrección… y quizás más aún cada lágrima, cada dolor, cada gemido… todo, absolutamente TODO, sin reserva alguna, sin restricción, sin instante que pueda empañar la más mínima cosa, TODO en la vida de Nuestro Señor Jesucristo es para nosotros el mayor cúmulo de sabiduría, la principal fuente de inspiración, el mejor modelo a seguir, el más lúcido espejo donde mirarnos, la más esplendorosa verdad que contemplar, y el supremo bien al cual elegir una y otra y otra vez…
Y sí, también, cada pregunta del Señor es para nosotros todo esto que venimos diciendo. Y la que traigo aquí a colación no fue sino después de leer un comentario que me di cuenta de su significado. Lo que venía leyendo hacía referencia a las «hermosas lecciones que nos deja Jesús Resucitado»; y una de esas tantas lecciones es:
Nos enseña a no darle demasiada importancia a los sucesos que parecen desfavorables: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?» (Lc 24,18-19)[1].
Como nos recomienda San Ignacio en los Ejercicios Espirituales[2], tratemos de meternos en la escena. Intentemos imaginar la tristeza de estos dos caminantes emausitas. Sus esperanzas habían sido vanas[3] pero muy fuertes, y a ese nivel de entusiasmo que tenían en un Mesías Salvador secular, a ese mismo nivel estaba la tristeza que sentían en estos momentos.
Podemos incluso tratar de contemplar la cara con que le habrán preguntado al Señor «¿eres el único residente…?»; hasta incluso, Cleofás, después de preguntar, habrá mirado a su acompañante con gran extrañeza y pensando: «¡¿este de dónde salió?!». Y ante la pregunta del Señor, que les extrañó aún más, dice la Escritura que le respondieron entre los dos: «ellos le dijeron…»; quizás con una mezcla de tristeza e indignación por la ignorancia del nuevo acompañante, iban diciendo una frase cada uno hasta completar la, para ellos, obvia idea que mostraba la situación angustiante que estaban atravesando.
Como sea, sin duda lo que prevalecía era la tristeza… Y volvamos a lo que, ante esa tristeza y preocupación, el Señor con rostro también extrañado, como diciendo «¿de qué me están hablando?», preguntó: «¿Qué cosas?»
Y esa pregunta tiene que resonar en nuestros corazones ante nuestros problemas…; el Señor parece, entonces, enseñarnos:
¿Qué cosa… puede ser tan terrible si «todo coopera para bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28)?
¿Qué cosa… debería hacer surgir en nosotros tanta preocupación si nuestro Padre celestial tiene contado todos nuestros cabellos y ni uno se cae sin su consentimiento (cf. Mt 10,29-30)[4]?
¿Qué cosa… es digna de un sentimiento de angustia si Jesús ha resucitado y de este modo ha vencido a todos los enemigos incluida la muerte (cf. 1 Co 15,24-26)[5]?
¿Qué cosa… merece nuestra tristeza cuando San Pablo nos enseña que los que lloran hagan de cuenta que no lo hacen porque todo es apariencia comparado con el cielo que nos espera (cf. 1 Co 7,29-31)[6]?
¿Qué cosa… puede hacernos temer el futuro si nuestro Salvador es el León de la tribu de Judá (cf. Ap 5,5)[7] y a él ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra?[8]
Pero Jesús parece que no me escuchas… «¿Qué cosa puede pasarte hombre de poca fe sin que yo lo sepa y permita por tu bien (cf. Mt 8,26)[9]?
Pero mi angustia es muy grande y por momentos parece que no logro soportarla… «¿Qué cosa… podrás sufrir mayor de la que yo por ti pasé»?[10]. Además, yo te doy el amor y la fortaleza para poder ofrecerla para consolar mi angustiado Corazón[11] y salvar así muchas almas[12].
Pero no entiendo tus planes y no encuentro consuelo en criatura alguna… «¿Qué cosa… hay que pueda compararse al consuelo que Yo puedo darte? “Yo, yo soy tu consolador”» (Is 51,12).
Pero preocupaciones hay por doquier, la maldad del mundo… «¿Qué cosa… puede hacer daño a quien busca primero el reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,33)[13]? ¿Acaso no te he enseñado que las preocupaciones del mundo pueden ahogar la semilla del reino que he plantado en ti?
Está bien Señor, pero mi mayor angustia son mis pecados… «¿Qué cosa… hay que Yo no pueda perdonar? ¿Acaso mi poder como Dios no se manifiesta especialmente en la misericordia?[14] (cf. Mc 4,19)[15] ¿Acaso no he dado en la Cruz hasta la última gota de tu Sangre para perdonar esos pecados?
Es que a veces me siento solo… y aunque tú estás y eres el mismo Amor encarnado, tu majestad divina, comparada con mis terribles maldades, por momentos me hace decir como Pedro: «Apártate de mí que soy un pecador» (Lc 5,8)[16]… «Ya te hablé de tus pecados y mi misericordia, y aunque te equivocas al no acercarte a mí en esos momentos, te recuerdo que te he dado el tesoro más grande que tuve en la tierra… ¿Qué «cosa»… quién, puede ser más tierna y amorosa que mi Madre que es también la tuya? Recuerda las palabras que le dijo a San Juan Diego, y en él, también a ti y a todos:
Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás por ventura en mi regazo?
¡Ave María y adelante!
[1] C. M. Buela, IVE, Las Servidoras, I, EDIVI – Editrice del Verbo Incarnato, Segni 2, 141-142.
[2] Comienza a indicarnos ese modo de rezar, que llamamos «Contemplación adquirida» al comienzo de la Segunda Semana de los Ejercicios Espirituales y lo seguirá presentando hasta el final; dirá: «ver las personas» [106], «oír lo que hablan» [107], «mirar lo que hacen» [108], y en todo «reflectir [reflexionar] para sacar algún provecho» [108].
[3] Hicimos hace tiempo una reflexión sobre estas esperanzas: Nos autem sperabamus…
[4] Mt 10,29-30: «Ninguno de ellos cae a tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos todos de vuestra cabeza están contados».
[5] 1 Co 15,24-26: «Después vendrá el fin, cuando entregue el reino a Dios Padre, después de haber destruido todo principado, toda potestad y todo poder. Porque él tiene que reinar hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte».
[6] 1 Co 7,29-31: «Os digo, hermanos, que el tiempo es corto. Los que tienen mujer, vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si nada poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran de él; porque la apariencia de este mundo pasa».
[7] Ap 5,5: «Uno de los ancianos me dijo: no llores; he aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y sus siete sellos».
[8] Mt 28,18: «Jesús se acercó a ellos y les habló así: se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra».
[9] Mt 8,26: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma».
[10] Cf. Imitación de Cristo, L. III.
[11] El Señor a Santa Margarita María de Alacoque: «Mira cómo me tratan los pecadores… Sólo demuestran frialdad y rechazo ante todas mis atenciones para hacerles el bien… Dame por lo menos la satisfacción de suplir sus ingratitudes… Participa de las amarguras de mi Corazón» Antoine Marie, OSB, Carta espiritual, Abbaye Saint-Joseph de Clairval, junio de 2000.
[12] Col 1, 24: «Ahora me alegro en mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia».
[13] Mt 6,33: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura».
[14] «Mostrarse misericordioso es considerado como lo propio de Dios, y en ello se manifiesta sobre todo su omnipotencia», nos enseña Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica. Cf. Antoine Marie, OSB, Carta espiritual, Abbaye Saint-Joseph de Clairval, junio de 2000.
[15] Mc 4,18-19: «Los sembrados entre espinas son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los deseos de todas las demás cosas, penetrando en ellos, ahogan la Palabra y quedan sin fruto». Cf. también Mt 13,22.
[16] Lc 5,8: «Al verlo, Simón Pedro se postró a los pies de Jesús, diciendo: apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador».




Hay padre
En buena hora llega esta Santa Reflexión a mi.
Dios lo bendiga y guarde siempre su corazón.