Teología de la perfección: voy a explicar el camino perfecto

Comenzamos hoy una nueva serie en el blog: iremos publicando, clase por clase, el curso «De la Conversión a la Santidad» que estamos dando en ejerciciosespirituales.org. Como el curso ya lleva varias clases (lo damos a las 20hs de España, en vivo, los martes), publicaremos dos entradas por semana hasta ponernos al día; después seguiremos al ritmo de las clases.

1. Teología de la perfección: voy a explicar el camino perfecto

«Voy a explicar el camino perfecto» (Sal 100,2). Con este versículo abrimos el curso. No porque quien lo da vaya a explicarlo «a la perfección», sino porque se trata de un camino que conduce a la perfección, y porque nos basamos en lo revelado por Aquel que es la Perfección misma, y en quienes mejor lo reflejaron sobre esta tierra: los santos.

Otra traducción del mismo versículo dice: «Cursaré el camino de la perfección». Y nos viene muy bien, porque la teología de la perfección es una ciencia práctica: no se detiene en contemplar la verdad, sino que aplica ese saber a la vida. Como decía Aristóteles de la ética: no estudiamos qué es la virtud para saberlo, sino para hacernos virtuosos; de otra manera sería un estudio inútil. Lo mismo aquí: no estudiamos la teología de la perfección para saber de qué se trata, sino para llegar, con la ayuda de la gracia, a la santidad.

Por eso la voluntad juega un papel decisivo en este estudio. «Tal es cada hombre, tal le parece el fin», enseña el Filósofo, y lo recoge Santo Tomás: el virtuoso ve rectamente el fin verdadero; el vicioso lo ve deformado según sus inclinaciones. Quien no quiere vivir rectamente no podrá entender bien esta ciencia. Y Santa Teresa lo remata: ante la Sabiduría infinita, vale más un poco de estudio de humildad y un acto de ella que toda la ciencia del mundo.

Ante cada hombre se abren dos caminos, como enseña el Señor (cf. Mt 7,13-14) y como resumían los primeros cristianos en la Didaché: uno de vida y otro de muerte, y entre ambos hay una gran diferencia. Ese es el recorrido del curso: desde el romper con el pecado hasta la unión con Dios, en cuanto es posible en esta vida. Porque los cristianos —lo dice de modo insuperable la Carta a Diogneto— viven en el mundo como todos, pero no son del mundo: «lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo». Estamos llamados a más.

¿Y por qué «teología»? Porque estamos ante una verdadera ciencia —la reina de todas, como dice Cervantes por boca de Don Diego de Miranda en el Quijote—, cuyo sujeto es Dios mismo: todo lo que trata, lo trata en orden a Dios como principio y fin. Siguiendo a Royo Marín la llamamos «teología de la perfección cristiana», y seguiremos en todo lo posible a Santo Tomás de Aquino, como recomienda la Iglesia. Es una ciencia que supera a todas las demás en certeza y en dignidad, porque su luz no es la razón que puede errar, sino la revelación divina; y su fin, la bienaventuranza eterna. Pero —con San Anselmo y como recordaba Benedicto XVI— no se hace teología solo con la inteligencia: hace falta fe vivida. Credo ut intelligam: creo para entender.

Un detalle providencial: el curso comenzó un 28 de abril, fiesta de San Luis María Grignion de Montfort, quien enseña que la consagración perfecta a Jesucristo es la plena consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Para recorrer este camino no podríamos estar en mejores manos que en las de Nuestra Madre.

Ave María… ¡y adelante!

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