Durante el tiempo de formación en el Seminario se tiene la gracia de recibir muchas visitas de misioneros que van contando sus experiencias; a veces incluso los hemos podido ver dos y hasta tres veces, totalmente admirados de que entre una visita y otra haya pasado un considerable tiempo de al menos dos años. Pero para los que han vivido en La Finca –como en muchas otras de nuestras casas– es sabido que el tiempo corre “de otro modo”, tiene una “velocidad propia”, distinta al de otros lugares…, pero ¿acaso no tiene el día en La Finca 24hs? Sí, por supuesto, pero la alegría y la intensidad con la que se viven las numerosas actividades, hacen sentir que cada día es un soplo… Quienes lo hayan vivido me entenderán fácilmente.
Bue… perdón por la digresión, lo que tenía que ser sólo un par de renglones introductorios, tomó cuerpo de un párrafo un tanto extenso…, pasa que es casi imposible hablar de La Finca y hacerlo en pocas palabras…
Volviendo a las visitas de los misioneros, realmente siempre “era” –y seguramente lo seguirá siendo– causa de gran alegría para nosotros. ¿Por qué? Aunque la respuesta es bastante obvia amerita darla: porque veíamos, por decirlo de algún modo, “encarnado” nuestro futuro, nuestros ideales, nuestros anhelos. No ocultaban tampoco sus luchas, sus errores, en definitiva sus cruces. Pero esas cruces contadas desde un ambón o en un desayuno a un grupo ilusionado de futuros misioneros, lo único que hacían era motivarnos más y movernos a prepararnos mejor porque la cosa “se vendría dura”. Y aunque los misioneros y formadores se esfuercen por mostrar la realidad de la misión tal cual es, sin embargo es casi imposible que el religioso en formación (y seguramente también la religiosa), no idealice, no tiña con ciertas pinceladas de cuentos de hadas su futuro como heraldo del Evangelio.
Van pasando los años… a veces en los últimos años del seminario pero mucho más estando en la misión, y ya de manera presencial, ya por mail/teléfono/skype, ya por el testimonio de un tercero, etc., vamos conociendo de manera más existencial, más real, mucho más “encarnada”, qué son, qué significan, cuánto cuestan esas cruces. Y no estoy hablando de cruces “sobrenaturales” –que también las hay, por supuesto–, como sería la cruz de hacer lo indecible por la conversión de un alma y no lograrlo, o la cruz de ver ofendido a Nuestro Señor o a su Santísima Madre, por Quienes estamos en la misión; en fin, las cruces que atañen a nuestra lucha porque Dios sea más conocido y amado.
Hablo de cruces, si se quiere, más “humanas”: la cruz del enfrentar una cultura totalmente distinta a la nuestra, de dejar familia, casa, amigos; la cruz de la soledad, de la incomprensión, de las enfermedades, del cansancio, de un superior difícil, de un compañero a quien no llegamos a comprender, de un súbdito insumiso…; la cruz, y por qué no decirlo, de no poder formar una familia, de sentir las “caricias” de la pobreza, de vivir bajo el crucificante –y a la vez gratísimo– yugo de la obediencia; la cruz de un corazón que se prenda de las criaturas, de una herida desconocida por el misionero pero que en la misión comienza a sangrar a raudales…
Sí, sí…, el misionero, la misionera, conoce de esas cruces desde que le dijo ese glorioso “fiat” al Señor; pero en la misión se vuelven mucho más vivas, más crudas, más pesadas… Pensemos que en muchos casos se comienza la misión a temprana edad… un sacerdote a los 25, una religiosa quizás a los 21… Y con esa edad tal vez tiene que fundar una nueva misión…
Y esto de la “crudeza” de los sufrimientos en la misión va de la mano con el hecho de que la vida interior va cambiando; Dios nos va probando más… Un gran misionero y formador de misioneros, el Beato Paolo Manna, escribía:
¡Ah! Lo sé, los primeros pasos fueron fáciles. Entonces éramos pequeños y con mucha frecuencia éramos llevados en brazos “Cabalga bien el que es sostenido por la gracia de Dios” (Imitación) pero después… cuando pasaron los primeros fervores… Cuando se llegó a la Misión, cara a cara con la realidad… cuando Dios nos cedió a nosotros el honor de los combates…
No pocas veces, y espero no exagerar, esas cruces se transforman, se exteriorizan, se disuelven en lágrimas. ¿Qué misionero, qué misionera, desconoce esto?
Habiendo estado estos 7 años de ministerio en casas de formación, no puedo más que felicitar y agradecer por el ejemplo a tantos y tantas que han hecho –y hacen– posible que nuestra pequeña familia religiosa vaya creciendo y expandiéndose por todo el mundo, que han hecho –y hacen– posible que tantas almas se acerquen a Dios.
Y aunque no tengo la autoridad de alguien por ejemplo que haya estado 20 años en tierra de misión, sin embargo me animo a decirles algunas palabras…
Querido misionero, querida misionera:
– No te alarmes si tus ojos se empañan de tanto en tanto con algunas (o muchas) lágrimas. Ya que si entendemos las cruces como tentaciones (de hecho a veces lo son) podemos decir con nuestras Constituciones: “No es buena señal el asustarse de tener grandes y graves tentaciones, y darles importancia desmedida”.
– Nos hemos hechos religiosos para alcanzar la santidad. Vivir como tales es vivir “por sobre”, “por encima” de la naturaleza, o sea es vivir de manera sobrenatural, muriendo en muchos casos a lo puramente natural. Y no es raro que, como dice el P. Buela en el libro “Nuestra Misa”, haya algún momento en que “al alma todo le molesta, todo le fastidia, todo le fatiga, la naturaleza grita, se queja, se enfurece”. Por eso, ánimo, llora tranquilo/a que todo es parte del plan, del camino que tenemos que recorrer.
– Estas cruces son quizás nuestra segunda o tercera conversión, las cuales tenemos que estar dispuestos a pasar si queremos llegar a la santidad y si queremos estar no solo con el cuerpo sino también con el alma en esta familia religiosa (cf. Directorio de Espiritualidad n. 42). ¡Benditas lágrimas entonces que nos acercan más a Dios!
– Si bien distinguimos más arriba las cruces más sobrenaturales de las más humanas, sin embargo, desde que el Verbo se Encarnó, sin que se haya dado una mezcla, se produjo una soldadura, una unión por asunción de lo divino con lo humano. Es por esto que para un cristiano –¡y cuánto más para un consagrado!– no hay ninguna cruz puramente humana, todo lo asemeja al Crucificado, todo coopera para salvación de las almas.
– Llora tranquilo, misionero/a, que quizás algunas lágrimas valgan más que muchos apostolados; son lágrimas que van regando la tierra de misión para que dé frutos de vida eterna; lágrimas que como dice el salmo Dios guarda en su odre, es decir que tiene contadas una por una y sabrá recompensar el ciento por uno.
– Llora con esperanza porque en el cielo que te espera serán causa de mayor gloria, y de que te acompañen más almas que justamente esas lágrimas llevaron contigo al paraíso. Allí enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros (Is 25,8).
– Llora con confianza porque hacerlo es parte de nuestra debilidad, pero como dice San Pablo muy a gusto presumo de mis debilidades porque cuando estoy débil entonces es cuando soy fuerte.
– Llora, y con cuánto dolor, si una oveja se descarría del redil… como dice San Juan de Ávila aprenda a llorar quien tiene oficio de padre.
– Llora, porque como me dijo alguien que sabe lo que dice: en nosotros, sacerdotes, es una forma de oración. Pertenecen a nuestro oficio. Si no lo hacemos en público es por profesionalidad.
– Llora por tus pecados y por los pecados de los demás y repite aquello del Beato Francisco Marto: lo ofrezco para consolar al Señor.
– Llora, llora… pero no llores delante de las ovejas que Dios ha puesto a tu cuidado; que ellas sólo conozcan la alegría que hay en el fondo de esas lágrimas; haz como Jesucristo que yendo al Calvario consoló a las mujeres que lloraban por Él.
– Llora ante un amigo o una amiga… pero principalmente llora ante el Señor, o ante nuestra Madre. ¡Benditas las lágrimas derramadas ante el Santísimo Sacramento en compañía de una imagen de la Virgen!
Por último, no olvides de contarle a alguien el motivo de esas lágrimas. Puede ser muy humillante hacerlo, más todavía si eres varón. Diría que hace falta mucha “hombría” para contar las causas de un lagrimear a otro hombre… pero esa virilidad puede salvar una vocación. Sin duda que Jesucristo Eucaristía es el primero que debe recibir nuestras confidencias, pero no hay que olvidar que Él dejó ministros que ocupan su lugar (Lc 10,16), y que el “demonio mudo” ha hecho salir de la vía a muchos corredores… ¿Quién más esforzado y valeroso que un San Pablo? Y él no tenía reparos en expresar, por decirlo de algún modo “con cariño maternal”: os escribí en una gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas… para que conocierais el amor desbordante que sobre todo a vosotros os tengo. 2Cor 2,4
Queremos ser otros cristos… ¡Él también lloró! Qué dulces son las lágrimas derramadas junto a tu Cruz (San Rafael Arnaiz)
Virgen de las Lágrimas, en nuestras cruces más Madre que nunca, ¡¡ruega por nosotros!!
P. Gustavo Lombardo, IVE





Gracias Padre por esta reflexión! Dios lo bendiga.
Era justo lo que necesitaba. Gracias!
Me ha gustado mucho. Cuán cierto es lo que dice.
LINDÍSIMO
Muchas gracias, Sonia. Una madre de tantas/os religiosas/os como ud, sabrá también mucho de esto…