Siempre en contacto con Dios: el secreto del apóstol feliz

Si bien ya lo conocía, fueron los hermosos 8 años que viví en Chile los que me acercaron más a la figura de este gran sacerdote y predicador de Ejercicios Espirituales que fue San Alberto Hurtado.

Su Santuario quedaba a unos 40 minutos de donde estaba nuestro Noviciado y no pocas veces pude arrodillarme ante sus restos y suplicarle su intercesión. De visitar Chile, no me perdonaría no volver a estar ante ese macizo altar de piedra rojiza que envuelve su cuerpo, agradeciéndole de rodillas las gracias concedidas, suplicadas en aquel entonces.

No pocas veces lo recuerdo y le pido intercesión durante la celebración de la Santa Misa, para poder vivir aquello que él expresaba tan diáfanamente:

¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa. ¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada![1].

En este jueves que celebramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, comparto con ustedes un texto del P. Hurtado donde no solamente teoriza sino que abre su corazón, el corazón de un apóstol que puede hacer suyas las palabras de San Pablo: «muy gustosamente me gastaré y me desgastaré por vuestras almas» (2 Cor 12,15).

Justamente en este darse totalmente a las almas por amor de Dios encontraba él su mayor felicidad:

¡Qué grande es mi vida! Qué plena de sentido. Con muchos rumbos al cielo. Darles a los hombres lo más precioso que hay: Dios; y dar a Dios lo que más ama, aquello por lo cual dio su Hijo: los hombres[2].

Les dejo el tema, como para meditar… para todos, no solo para sacerdotes; o sea, para todo el que sienta que no le alcanza la vida para hacer todo el bien que querría o para reparar todo el mal que ha hecho…

Creo que puede ayudar este esquema, que pude apuntar cuando lo leí años atrás:

  • Trabajo intenso (estrujante) por el bien de las almas (reino…)
  • De ese agobio/presión aprovechar para mirar a Dios… unificar todo en la caridad (con Dios y con el prójimo); en todo buscar a Dios… ¡Su plan!
  • Sin embargo, también tener momentos concretos para rezar.
  • Fruto de esto es el don de sí, y la esperanza contra toda esperanza.

Ahora sí, todo vuestro.

SIEMPRE EN CONTACTO CON DIOS[3]

  1. Vivir bajo la acción divina[4]

El gran apóstol no es el activista, sino el que guarda en todo momento su vida bajo el impulso divino.

Toda la teología de la acción apostólica está en la preciosa oración: Actiones nostras… “Prevén, Señor, te lo rogamos, todas nuestras acciones con tus inspiraciones, prosíguelas en nosotros con tu auxilio, para que toda nuestra acción por ti comience y por ti termine”.

Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, una duración divina, una intensidad divina, etapas divinas, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina. Nuestra obra, cuando es perfecta, es a la vez toda suya y toda mía. Si es imperfecta, es porque nosotros hemos puesto nuestras deficiencias, es porque no hemos guardado el contacto con Dios durante toda la duración de la obra, es porque hemos marchado más aprisa o más despacio que Dios. Nuestra actividad no es plenamente fecunda sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios. Todo lo que queda acá o allá de ese querer, no es [ni siquiera] paja, es nada para la construcción divina.

Sin duda que nuestro Padre no se molesta por nuestras torpezas, por nuestras prisas o lentitudes infantiles, o nuestras cegueras ciegas. Espera su hora para mostrarnos que nuestros excesos son la causa de nuestros fracasos. Reconocer nuestra debilidad es apoyarnos en Dios; desconfiar de nosotros mismos es fiarnos de Él.

  1. No refugiarnos en la pereza

Sería peligroso, sin embargo, bajo el pretexto de guardar el contacto con Dios, refugiarnos en una pereza soñolienta, en una quietud inactiva[5]. Entra en el plan de Dios ser estrujados… La caridad nos urge de tal manera que no podemos rechazar el trabajo: consolar un triste, ayudar un pobre, un enfermo que visitar, un favor que agradecer, una conferencia que dar; dar un aviso, hacer una diligencia, escribir un artículo, organizar una obra; y todo esto añadido a las ocupaciones de cada día, a los deberes cotidianos. Si alguien ha comenzado a vivir para Dios en abnegación y amor a los demás, todas las miserias se darán cita en su puerta. Si alguien ha tenido éxito en el apostolado, las ocasiones de apostolado se multiplicarán para él. Si alguien ha llevado bien las responsabilidades ordinarias, ha de estar preparado para aceptar las mayores. Así nuestra vida y el celo, nos echan a una marcha rápidamente acelerada que nos desgasta, sobre todo porque no nos da el tiempo para reparar nuestras fuerzas físicas o espirituales… y un día llega en que la máquina se para o se rompe. Y donde nosotros creíamos ser indispensables, ¡¡se pone otro en nuestro lugar!!

Con todo, ¿podíamos rehusar?, ¿no era la caridad de Cristo la que nos urgía? Y, darse a los hermanos, ¿no es acaso darse a Cristo? Mientras más amor hay, más se sufre: el deseo de hacer siempre el bien, de socorrer a los desgraciados, de siempre enseñar y siempre adaptar la verdad cristiana, todo esto no se puede realizar sino en ínfima medida. Aun rehusándonos mil ofrecimientos, imponiéndose una línea de frecuentes rechazos, queda uno desbordado y no nos queda el tiempo de encontrarnos a nosotros mismos y de encontrar a Dios. Doloroso conflicto de una doble búsqueda: la del plan de Dios, que hemos de realizar en nuestros hermanos; y la búsqueda del mismo Dios, que deseamos contemplar y amar. Conflicto doloroso que no puede resolverse sino en la caridad que es indivisible.

Si uno quiere guardar celosamente sus horas de paz, de dulce oración, de lectura espiritual, de oración tranquila… temo que fuéramos egoístas, servidores infieles. La caridad de Cristo nos urge: ella nos obliga a entregarle, acto por acto, toda nuestra actividad, a hacernos todo a todos (cf. 2Cor 5,14; 1Cor 9,22). ¿Podremos seguir nuestro camino tranquilamente cada vez que encontramos un agonizante en el camino, para el cual somos ‘el único prójimo’? 

  1. Pero, con todo, orar, orar

Pero, con todo… Cristo se retiraba con frecuencia al monte; antes de comenzar su ministerio se escapó 40 días al desierto. Cristo tenía claro todo el plan divino, y no realizó sino una parte; quería salvar a todos los hombres y, sin embargo, no vivió entre ellos sino 3 años. Quería ardientemente la salvación de todos sus contemporáneos, pero no evangelizó sino una pequeña porción de judíos. Y cuando lo apresuraban decía: Mi hora aún no ha llegado (Jn 2,4).

Cristo no podía sufrir ningún detrimento espiritual por su acción, ya que su unión al Padre era completa y continua. Cristo no tenía necesidad de reflexionar para cumplir la voluntad del Padre: conocía todo el plan de Dios, el conjunto y cada uno de sus detalles. Y, sin embargo, se retiraba a orar. Él quería dar a su Padre un homenaje puro de todo su tiempo, ocuparse de Él solo, para alabarlo a Él solo, y devolverle todo. Quería, delante de su Padre, en el silencio y en la soledad, reunir en su corazón misericordioso toda la miseria humana para hacerla más y más suya, para sentirse oprimido, para llorarla. Él quería, en su vida de hombre, afirmar el derecho soberano de la divinidad. Él quería, como cabeza de la humanidad, unirse más íntimamente a cada existencia humana, fijar su mirada en la historia del mundo que venía a salvar.

Cristo, que rectifica toda la actividad humana, no se dejó arrastrar por la acción. Él, que tenía como nadie el deseo ardiente de la salvación de sus hermanos, se recogía y oraba.

  1. Yo

Nosotros no somos sino discípulos y pecadores. ¿Cómo podremos realizar el plan divino, si no detenemos con frecuencia nuestra mirada sobre Cristo y sobre Dios? Nuestros planes, que deben ser parte del plan de Dios, deben cada día ser revisados, corregidos. Esto se hace sobre todo en las horas de calma, de recogimiento, de oración.

Después de la acción hay que volver continuamente a la oración para encontrarse a sí mismo y encontrar a Dios; para darse cuenta, sin pasión, si en verdad caminamos en el camino divino, para escuchar de nuevo el llamado del Padre, para sintonizar con las ondas divinas, para desplegar las velas, según el soplo del Espíritu. Nuestros planes de apostolado necesitan control, y tanto mayor mientras somos más generosos. ¡Cuántas veces queremos abrazar demasiado, más de lo que pueden contener nuestros brazos! ¡Hay que reducir aun las ambiciones apostólicas, para hacer bien lo que se hace! Lo demás ha de expresarse en oraciones, pero su ejecución hay que dejarla a Dios y a los otros.

Para guardar el contacto con Dios, para mantenerse siempre bajo el impulso del Espíritu, para no construir sino según el deseo de Cristo, hay que imponer periódicamente restricciones a su programa. La acción llega a ser dañina cuando rompe la unión con Dios. No se trata de la unión sensible, pero sí de la unión verdadera, la fidelidad, hasta en los detalles, al querer divino. El equilibrio de las vidas apostólicas sólo puede obtenerse en la oración. Los santos guardan el equilibrio perfecto entre una oración y una acción que se compenetran hasta no poder separarse, pero todos ellos se han impuesto horas, días, meses en que se entregan a la santa contemplación.

En esta contemplación aprenderemos a no tener más regla de nuestro querer que el querer divino. Si nuestros planes sobrepasan el querer divino, consolémonos, hombres de corta visión, agradezcamos a Dios de habernos asociado a su obra en el sector de la humanidad que a cada uno nos muestra, pequeño para algunos, amplio para otros. Al querer ensancharlo a nuestro gusto y no al gusto divino no haríamos más que fracasar. Después de todo, nuestra actividad ¿no nos une enteramente a la oración divina que salva al mundo? Al desear con todo nuestro deseo lo que Dios quiere, nos asociamos a todo lo que Él hace en la humanidad y lo realizamos con Él.

  1. Un testimonio[6]

Confirmación de estas palabras, he aquí un testimonio vivido. He encontrado en mi camino uno de esos apóstoles ardientes, siempre alegre a pesar de sus fatigas y de sus fracasos. Le he preguntado el secreto de su vida. Un poco sorprendido me ha abierto su alma; he aquí su secreto.

“Usted me pregunta cómo se equilibra mi vida, yo también me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos, visitas; el engranaje terrible de los negocios; congresos, semanas de estudios, conferencias prometidas por debilidad, por no decir ‘no’, o por no dejar esta ocasión de hacer el bien; presupuestos que cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante acontecimientos imprevistos. La carrera a ver quién llegará el primero en tal apostolado urgente, en que la victoria materialista aún no es definitiva. Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios.

¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones, mi único refugio.

Las horas negras vienen también. La atención tiranteada continuamente en tantas direcciones, llega un momento en que no puede más: el cuerpo ya no acompaña la voluntad. Muchas veces ha obedecido, pero ahora ya no puede… La cabeza está vacía y adolorida, las ideas no se unen, la imaginación no trabaja, la memoria está como desprovista de recuerdos. ¿Quién no ha conocido estas horas?

No hay más que resignarse, durante algunos días, algunos meses, quizás algunos años, a detenerse. Ponerse testarudo sería inútil: se impone la capitulación; y entonces, como en todos los momentos difíciles, me escapo a Dios, le entrego todo mi ser y mi querer a su providencia de Padre, a pesar de no tener fuerzas ni siquiera para hablarle.

¡Ah, y cómo he comprendido su bondad aun en estos momentos! En mi trabajo de cada día, era a Él a quien yo buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo no vivía bastante para Él… Ahora sí… en mis días de sufrimiento, yo no tengo más que a Él delante de mis ojos, a Él solo, en mi agotamiento y en mi impotencia.

Nuevos dolores en mis horas de impotencia me aguardan. Las obras, a las que me he entregado, gravemente amenazadas; mis colaboradores, agotados ellos también, a fuerza de trabajo; los que deberían ayudarnos redoblan su incomprensión; nuestros amigos nos dan vuelta las espaldas o se desalientan; las masas que nos habían dado su confianza, nos la retiran; nuestros enemigos se yerguen victoriosamente contra nosotros; la situación [política] es como desesperada; el materialismo triunfa, todos nuestros proyectos de trabajo por Cristo yacen por tierra. Cuando mis amigos vienen a verme, la simple y leal constatación de nuestras impresiones no hace más que multiplicar nuestras inquietudes…

¿Nos habíamos engañado? ¿No hemos sido trabajadores de Cristo? ¿La Iglesia de nuestro tiempo, al menos en nuestra Patria, resistirá a tantos golpes? Edesa fue en otro tiempo capital intelectual del cristianismo y en Ourfa, pueblo que la reemplaza, ¿acaso hay un cristiano?. Pero la fe dirige todavía mi mirada hacia Dios. Rodeado de tinieblas, me escapo más totalmente hacia la luz.

En Dios me siento lleno de una esperanza casi infinita. Mis preocupaciones se disipan. Se las abandono. Yo me abandono todo entero entre sus manos. Soy de Él y Él tiene cuidado de todo y de mí mismo. Mi alma por fin reaparece tranquila, serena. Las inquietudes de ayer, las mil preocupaciones porque ‘venga a nosotros su Reino’, y aun el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo de sus enemigos… todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído inefablemente en lo más espiritual de mi alma. Dios, la roca inmóvil, contra el cual se rompen en vano todas las olas; Dios, el perfecto resplandor que ninguna mancha empaña; Dios, el triunfador definitivo, está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al término de mi amor. Toda mi alma está en Él, durante un minuto, como arrebatada en Él, y luego dulcemente, seguramente, como si los combates de la vida y las inseguridades e incertidumbres me hubieran completamente abandonado. Estoy bañado de su luz. Me penetra con su fuerza. Me ama.

Yo no sería nada sin Él. Simplemente yo no sería. Y he aquí que me ha dado naturaleza y ser, y pasando su vida por encima de mis pecados, que Él ha cubierto, he aquí que me ha divinizado.

Yo lo conozco, yo lo amo con el conocimiento con el que Él se conoce, con el amor con el que Él se ama. Estoy lejos, muy lejos, de los ruidos del mundo y de sus negocios. Estoy en Él, por encima de mí mismo, como si no fuera un pecador, como si yo no lo hubiera rechazado jamás, como si hubiera sido siempre de su familia.

El optimismo que, en esos días de triunfo del mal, me había abandonado, ha vuelto (San Ignacio “sin esperanza”). La Iglesia triunfa en cada uno de sus hijos. En primer lugar, en los que se han entregado a ella… y en los cuales se establece, invadiéndolo todo, el Reino de Dios; [luego] en los que se revuelven contra ella, pero que vuelven de vez en cuando a pedir perdón, y cuyo último instante, a pesar de todos los desfallecimientos, será un instante de plegaria y de amor.

La Iglesia de Dios se establece y triunfa por el trabajo heroico de sus santos; por la plegaria de sus contemplativas, encerradas en vida; por la aceptación de las madres a la obra de la naturaleza, y que van a realizar en su hogar la obra de la ternura y de la fe; por la educación del que enseña y por la docilidad del que escucha; por las horas de fábrica, de navegación, de campo al sol y a la lluvia; por el trabajo del padre que cumple así su deber cotidiano; por la resistencia del patrón, del político o del dirigente de sindicato a las tentaciones del dinero, al acto deshonesto que enriquece; por el sacrificio de la viuda tuberculosa que deja niñitos chicos y se une con amor a Cristo crucificado; por la energía del jocista, que sabe permanecer alegre y puro en medio de egoístas y corrompidos; por la limosna del pobre que da lo necesario… La Iglesia, en todo momento, se construye y triunfa.

Todas las acciones hechas por deber y por amor, en luz de Cristo, por los humildes, sin búsqueda de sí, sin hambre de gloria, construyen el orden verdadero.

No, no es la hora de desesperar. Dios se sirve aun de sus enemigos para establecer su Reino. Su voluntad no es totalmente mala, su razón no está totalmente obscurecida. Cuando ven y quieren el bien, lo que ciertamente hacen, construyen también con nosotros, son instrumentos de Dios.

Agustín conoció también esas angustias cuando los bárbaros se lanzaban contra Roma. Para el cristiano, la situación no es jamás desesperada. Por la luz que recibimos de lo alto, por el don que cada uno hace de sí, construimos la Iglesia. Su triunfo no se obtendrá sino después de rudos combates.

Si no nos cansamos de iluminarlos y de ayudarlos, triunfaremos también de los bárbaros de hoy”.

Hasta aquí mi amigo. Se calla, como avergonzado de haberse abierto tan profundamente. Siento que no tiene más que decirme, pero he comprendido su lección: Si lo encuentro siempre alegre, siempre valiente, no es porque le falten dificultades, sino porque en medio de ellas sabe siempre escaparse hacia Dios. Su sonrisa, su optimismo, vienen del Cielo.

  1. Fruto de esta vida de unión: el don de sí

Esta vida de oración ha de llevar, pues, al alma natural y llanamente a entregarse a Dios, al don completo de sí misma. Muchos pierden años y años en trampear a Dios. La mayor parte de los directores [espirituales] no insisten bastante en el don completo. Dejan al alma en ese comercio mediocre con Dios: piden y ofrecen, prácticas piadosas, oraciones complicadas. Esto no basta a vaciar al alma de sí misma, eso no la llena, no le da sus dimensiones, no la inunda de Dios. No hay más que el amor total que dilate al alma a su propia medida. Es por el don de sí mismo que hay que comenzar, continuar, terminar. Hay que realizarlo de una vez, y rehacerlo hasta que sea como connatural. Entonces el alma se dará con gran paz, se dará a propósito de todo, sin reflexionar, como el heliotropo se vuelve naturalmente hacia el sol.

Darse, es cumplir justicia.

Darse, es ofrecerse a sí mismo y todo lo que tiene.

Darse, es orientar todas sus capacidades de acción hacia el Señor.

Darse, es dilatar su corazón y dirigir firmemente su voluntad hacia el que los aguarda.

Darse, es amar para siempre y de manera tan completa como se es capaz.

Cuando uno se ha dado, todo aparece simple. Se ha encontrado la libertad y se experimenta toda la verdad de la palabra de San Agustín:

Ama y haz lo que quieras. Ama et fac quod vis.

———–

Hasta aquí el Santo… nada más que agregar, solo suplicar a María Santísima, Madre de todos pero especialmente de los sacerdotes, que nos ayude a vivir así…

¡Ave María y adelante!

 

 

[1] A. Hurtado Cruchaga S.J., La búsqueda de Dios: conferencias, artículos y discursos pastorales del Padre Alberto Hurtado, ed. S. Fernández Eyzaguirre, Ed. Univ. Católica de Chile, Santiago de Chile 20052, 216.

[2] A. Hurtado Cruchaga S.J., «El rumbo de la vida», Meditación del retiro a jóvenes de Semana Santa 1946, del 17 al 21 de abril, en Marruecos. Un disparo a la eternidad, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 20043, pp. 47-48.

[3] Ibid., 19-27. Documento redactado en París, en noviembre de 1947. Este documento fue publicado después de la muerte del P. Hurtado. Revista Mensaje, IV, 31 (1954), pp. 269-273.

[4] En una libreta de anotaciones, anotaba: «El problema de la contemplación y acción ha de ser repensado… La contemplación cristiana, es haber encontrado a Cristo. La contemplación cristiana es un compromiso en su vida”.

[5] Todo el documento insiste alternadamente en el carácter activo y pasivo de la vida cristiana. Reafirma la necesidad de actuar y de contemplar; advierte primero el riesgo del activismo, pero después habla contra la pereza, y así sucesivamente. Se trata del diálogo interno de quien afanosamente busca esta difícil síntesis de ser en la acción contemplativo (in actione contemplativus), según la fórmula original de Jerónimo Nadal, referida a San Ignacio que afirmaba “hay que hallar a Dios en tocias las cosas”.

[6] Si bien el P. Hurtado presenta este testimonio como si lo hubiese escuchado de otro, indudablemente el texto tiene un fuerte carácter autobiográfico: las actividades, las experiencias, las tensiones del testimonio son idénticas a las del resto de sus escritos. Por ello, es razonable pensar que se trata de una ficción literaria en que Alberto Hurtado, por modestia, presenta su propio drama interno valiéndose de este supuesto personaje.

4 comentarios:

  1. Diana Lucía Puentes T.

    Gracias Padre. Excelente servicio el que presta con esta gran reflexión, que nos recuerda que todo propósito debe estar dirigido al Padre y solo en él encontraremos la plenitud.

  2. Gabriela Temporale

    Gracias Padre, llega este mensaje en un momento personal muy necesario. Dios lo bendiga.

  3. Mario González Ortega

    Dios padre le de la fuerza necesaria para seguir predicando en los ejercicios espirituales

    Siempre sea uno con el Señor

  4. María Loreto Romero Sáez

    Que BELLEZA!!!, a pesar de mi pobreza, estoy muy cierta, que en la simpleza de cada una de estas letras, se esconde una profundidad que no todo ojo humano lee con destreza…, pues el ojo no se basta a sí solo sino lo acompaña el “ser “ que habita en lo profundo de nosotros . La belleza de cada frase da para escribir gruesos tomos, después de saborear cada palabra que esconde su tesoro. Hablar en difícil, hoy más que nunca, es cualidad de todos, la verdadera sabiduría es aquella que es capaz de ser expuesta y leída con la sencillez de un pétalo de una simple flor, pero que sin embargo enrostra y bota hasta el más duro y terco corazón. GRACIAS Padre por compartirnos esta perla preciosa!!!

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