El Espíritu Santo no es amigo de cobardes

Quizás suena un poco atrevido el título y espero que les parezca bien al leer estas líneas. Solo trataré de exponer cómo quienes reciben el Espíritu Santo obran con valentía.

Y así vemos que San José de Arimatea “tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús” (Mc 15,43).

Por su parte – por supuesto, después de Pentecostés– Pedro y Juan habían sido arrestados por predicar en el Templo delante del pueblo. Al día siguiente, ante el Sanedrín, Pedro tomó la palabra y proclamó abiertamente que Jesús resucitado era el único nombre por el que podemos salvarnos (Cf. Hch 4,12), y lo hizo sin acobardarse, estando frente a las máximas autoridades religiosas que días antes habían condenado a Jesús. Y así, “viendo la valentía de Pedro y Juan, y sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura, estaban maravillados” (Hch 4,13). Normalmente un pescador galileo no se atrevía ni a hablar ante el Sanedrín, y mucho menos a acusarlos a ellos de haber crucificado al Mesías.

Esa valentía era algo que pedían en la oración. San Pablo suplicaba: recen “también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio” (Ef 6,19). También la comunidad de Jerusalén en oración así clamaba: “Y ahora, Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía (Hch 4,29).

Al presentar Bernabé a Pablo a los apóstoles “les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús” (Hch 9,27).

De Pablo y Bernabé estando en Iconio narra la Escritura que “con todo se detuvieron allí bastante tiempo, hablando con valentía del Señor que les concedía obrar por sus manos señales y prodigios, dando así testimonio de la predicación de su gracia” (Hch 14,3).

Apolo “comenzó a hablar con valentía en la sinagoga” (Hch 18,26). Pablo, en Éfeso “Entró en la sinagoga y durante tres meses hablaba con valentía, discutiendo acerca del Reino de Dios e intentando convencerles” (Hch 19,8). No tenía reparo San Pablo de hacer notar que ese era el modo en que predicaban, afirmando que “hablamos con toda valentía (2 Co 3,12).

Y esta valentía era necesaria porque las persecuciones y cruces no eran pocas. Sobre él y Silas en Tesalónica escribe San Pablo que “después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas (1 Tes 2,2). Y también San Pablo en Roma, aún bajo arresto domiciliario “predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno” (Hch 28,31).

Aunque se podría seguir citando textos, creo que queda bien claro que la valentía es efecto inmediato y reconocible de la efusión del Espíritu Santo. Lo vemos muy claro en Pentecostés y también en un “segundo” Pentecostés donde luego de la petición que citábamos más arriba: “todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban con valentía la palabra de Dios” (Hch 4,31). Por eso la promesa de Jesús ya indicaba: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos” (Hch 1,8); recordemos que “testigos” en griego se dice “mártires”, es decir que no hay mártires sin esa fuerza, sin esa valentía que nos trae el Espíritu Santo.

Muy bien San Pablo que “no nos ha dado Dios un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza” (2 Tim 1,7). Y bien sabemos que uno de los dones del Espíritu Santo es justamente el de fortaleza (cf. Is 11,2)

Haciendo una hermosa relación entre la valentía, la fortaleza, el miedo y la proclamación del Evangelio, San Juan Pablo II enseñaba hermosamente en una de sus primeras catequesis:

Tienen valentía especial los hombres que son capaces de traspasar la llamada barrera del miedo, a fin de dar testimonio de la verdad y la justicia. Para llegar a tal fortaleza, el hombre debe “superar” en cierta manera los propios límites y “superarse” a sí mismo, corriendo el “riesgo” de encontrarse en situación ignota, el riesgo de ser mal visto, el riesgo de exponerse a consecuencias desagradables, injurias, degradaciones, pérdidas materiales y tal vez hasta la prisión o las persecuciones.

Para alcanzar tal fortaleza, el hombre debe estar sostenido por un gran amor a la verdad y al bien a que se entrega. La virtud de la fortaleza camina al mismo paso que la capacidad de sacrificarse. Esta virtud tenía ya perfil bien definido entre los antiguos. Con Cristo ha adquirido un perfil evangélico, cristiano. El Evangelio va dirigido a los hombres débiles, pobres, mansos y humildes, operadores de paz, misericordiosos: y al mismo tiempo contiene en sí un llamamiento constante a la fortaleza. Con frecuencia repite: “No tengáis miedo” (Mt 14,27). Enseña al hombre que es necesario saber “dar la vida” (Jn 15,13) por una causa justa, por la verdad, por la justicia[1].

Habrá aprendido todo esto el Papa polaco del primado de aquel país, ahora Beato, el Cardenal Wyszyński. Citado por él mismo en ¡Levantaos! ¡Vamos!, afirma:

La falta más grande del apóstol es el miedo. La falta de fe en el poder del Maestro despierta el miedo… Los discípulos que abandonaron al Maestro aumentaron el coraje de los verdugos. Quien calla ante los enemigos de una causa, los envalentona. El miedo del apóstol es el primer aliado de los enemigos de la causa[2].

Por eso tengamos presente lo que el Papa reinante nos enseñaba hace un año, y tratemos de hacerlo realidad:

Hoy, como en los días posteriores a Pentecostés, la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, prosigue su camino a lo largo de la historia con confianza, alegría y valentía, mientras proclama el nombre de Jesús y la salvación que nace de la fe en la verdad salvífica del Evangelio[3].

Y si bien podemos dejar claro que esa fortaleza y valentía son una gracia del Espíritu Santo, por un lado, como en los primeros tiempos y como el mismo San Pablo, no tenemos que dejar de pedirlas. Y por otro, bien sabemos también que la gracia supone la naturaleza y que el obrar virtuoso es el obrar según razón; por tanto, hagamos todo lo posible para obrar con esa valentía, no esperemos ser movidos por el Espíritu Santo como si estuviéramos ya en la mística[4] y hagamos el acto ascético –que no podemos hacerlo sin la ayuda del mismo Espíritu– y venciéndonos a nosotros mismos, y especialmente en lo que a esto respecta, venciendo nuestros miedos, seamos realmente valientes, valerosos, esforzados, entregados verdaderamente a la causa. Es posible que no veamos a nuestro alrededor muchos ejemplos de valentía, inclusive en aquellos que más deberían darlo, pero no importa, como decía San Juan Pablo II “En los momentos difíciles de la historia de la Iglesia el deber de la santidad resulta aún más urgente. Y la santidad no es cuestión de edad. La santidad es vivir en el Espíritu Santo[5]. Confiemos en ese Espíritu y no miremos demasiado nuestra debilidad. Hagamos lo que está de nuestra parte estando dispuestos A TODO por AQUEL que dio TODO por nosotros en la CRUZ.

Que la creatura más valiente que el mundo haya conocido ayude con su maternal protección.

“Madre nuestra danos la valentía de anunciar el Evangelio… danos la gracia de no retroceder ante las persecuciones ni ser vencidos por nuestros miedos… concédenos tener el valor suficiente como para dar la vida antes de, no solo negar a tu Hijo, sino incluso antes de no hacer todo lo necesario por su gloria. Amén”.

 

[1] San Juan Pablo II, Catequesis del 15/11/1978.

[2] Stefan Wyszynski, Zpiski wiezienne, París (1982), p. 251. Cit. en Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, Sudamericana, Buenos Aires, 2004, p. 164.

[3] León XIV, Discurso a las Obras Misionales Pontificias, Sala Clementina, 22 de mayo de 2025.

[4] Si no se entiende esta parte te recomiendo el curso que estamos dando sobre Teología espiritual: https://www.youtube.com/playlist?list=PLQDIoPZr5BlFxE5uBr92YJR9r2zSnckQz (el próximo martes 26/5 hablaremos sobre el tema).

[5] San Juan Pablo II, Homilía en la XVII Jornada Mundial de la Juventud, Parque Downsview, Toronto, domingo 28 de julio de 2002.

 

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