Continuamos la serie del curso De la Conversión a la Santidad (en vivo los martes a las 20h de España). Puedes leer aquí la clase anterior: La diferencia entre pecado mortal y venial.
Hay dos errores opuestos al hablar del demonio, y los dos le vienen igual de bien. Uno es verlo debajo de cada piedra, viviendo con miedo y sospechando de todo. El otro, más común hoy, es reírse de él como de un cuento infantil. Se ha dicho con razón que la astucia más lograda del demonio es convencernos de que no existe. Contra los dos extremos, la fe nos ofrece algo mejor: conocerlo tal como es, sin miedo y sin ingenuidad.
¿Quién es el demonio? No es un principio del mal enfrentado a Dios, como si fueran dos potencias iguales. Es una criatura: un ángel que, con inteligencia altísima y libertad plena, rechazó de manera definitiva a Dios y su Reino (cf. Catecismo, 391-393). Sigue siendo espíritu, más inteligente que cualquier hombre, pero caído y fijado para siempre en su «no». Entender bien esto ya nos libera de todo temor: enfrente no tenemos a un anti-dios, sino a un enemigo vencido por Cristo, que «se manifestó para deshacer las obras del diablo» (1 Jn 3,8).
Aquí también conviene subrayar una verdad que trae mucha paz. El poder de Satanás no es infinito. Como enseña el Catecismo, «no es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura», y su acción está permitida y controlada por la divina Providencia (Catecismo, 395). No puede impedir la edificación del Reino de Dios. Nada de lo que hace escapa a las manos del Padre.
¿Qué puede hacer, entonces, y qué no puede? Santo Tomás lo precisa con claridad. El demonio no es causa directa de nuestros pecados: solo puede serlo «en cuanto persuade o propone lo apetecible» (cf. Suma Teológica, I-II, q. 80, a. 1). Es decir, no entra dentro de nuestra inteligencia ni mueve por sí mismo nuestra voluntad. Puede actuar sobre la imaginación y sobre el apetito sensible —encender una fantasía, avivar una pasión, sugerir—, pero la decisión última sigue siendo nuestra. Por eso el mismo Santo Tomás afirma que el demonio no puede inducirnos a pecar por necesidad: mientras la razón no se deje encadenar del todo, siempre puede resistir (cf. I-II, q. 80, a. 3). El demonio propone; nosotros disponemos.
De ahí que su arma preferida sea el miedo. Ya lo advertía San Juan de Ávila: buena parte de la guerra del enemigo consiste en asustarnos, en agrandar los obstáculos, en hacernos creer que la tentación es más fuerte de lo que somos. En este sentido podemos llamarlo fanfarrón. Pero cuando le plantamos cara con confianza, descubrimos que ladra mucho más de lo que muerde.
Conviene también no darle puertas abiertas. Coquetear con el ocultismo, el esoterismo o ciertas prácticas de la nueva era no es un juego inocente: es tenderle la mano a quien busca hacernos daño (sobre esto escribí De espaldas a Dios). El sentido común cristiano pide cerrar esas rendijas y caminar por la luz.
¿Con qué armas se le vence? Con las de siempre, que son sencillas y poderosas: la confianza en Dios, que echa fuera el miedo; el uso sereno de la razón, que desenmascara el engaño; la esperanza firme, que San Juan de Ávila llamará «santa soberbia» frente al enemigo; y, sobre todo, la gracia, los sacramentos y el auxilio de la Virgen, ante quien el demonio no resiste. No se trata de vivir peleando con él, sino de vivir tan unidos a Dios que el enemigo no encuentre por dónde entrar. En este sentido no pode ayudan las reglas de discernimiento de espíritus de los Ejercicios Espirituales.
Conocer al enemigo, en definitiva, no es para vivir atemorizados, sino para caminar libres. El demonio existe, es astuto y no descansa; pero es una criatura vencida, sin más poder sobre nosotros que el que le demos con nuestro consentimiento. Firmes en Cristo, no hay nada que temer.
Ave María… ¡y adelante!
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