Forma y esencia de la Misa: el error que une extremos (ni lefebvristas ni progresistas)

Queridos lectores: por lo general mis posts no son tan filosóficos, pero esta vez me pareció que valía la pena «mirar dentro» (intus-legere, de ahí «intelecto») y filosofar un poco, sabiendo —y es lo que tratamos de mostrar también— la importante relación que hay entre la filosofía y la teología.

Lo que nos proponemos es mostrar por qué el progresista y el tradicionalista pueden perder, cada uno a su modo, el ser («esse» en latín) de la Santa Misa.

Me baso en varios artículos de nuestra revista Diálogo, que están citados al final. Volveremos, Dios mediante, con algunas entradas más sobre este lastimoso suceso que vivimos hace poco con la excomunión de los lefebvristas.


Hay una palabra que, bien entendida, ordena de golpe muchos debates dentro de la Iglesia; y esta palabra es «formalismo«. Solemos usarla en sentido moral —el cumplidor frío, el que reza solo de labios—; la RAE, por su parte, nos dirá que es una «tendencia a seguir rigurosamente las normas formales establecidas». Pero queremos ir a una raíz más honda, metafísica1. Y desde esa raíz tratar de iluminar algo que a cualquier fiel le toca de cerca: qué es lo que de verdad ocurre en la Santa Misa, y de qué manera podemos perderlo quizás sin darnos cuenta.

Lo curioso es que una misma enfermedad atraviesa tres cuadros que parecen enemigos entre sí: la Escolástica decadente, el progresismo y el tradicionalismo lefebvrista. Los tres se enferman de lo mismo, aunque por caminos opuestos. Quiero mostrarlo despacio, apoyándome sobre todo en el pensamiento del P. Cornelio Fabro, y terminar en el corazón del asunto: el ser de la Misa.

El formalismo es, antes que nada, una enfermedad metafísica

Para Santo Tomás —y esto lo recuperó como nadie el P. Cornelio Fabro— lo más profundo de cada cosa no es lo que la cosa es (su forma, su esencia), sino el acto por el cual realmente es: el esse, el acto de ser. La esencia me dice qué es algo («lo que es una cosa», su quididad); el esse me dice que ese algo, de hecho, existe, está puesto en la realidad, tiene una «actus essendi» (acto de ser) participado por Dios. Y ese acto de ser es, en palabras del P. Fabro, el aporte más original de Santo Tomás a la filosofía de todos los tiempos: la primacía del actus essendi, del ser como acto de todos los actos.

El formalismo, por su parte, consiste en quedarse en la forma y olvidar el ser. En tratar la definición, la fórmula, la estructura, como si fueran lo último y lo decisivo, cuando en realidad son cáscara de algo más hondo. Una forma sin su ser es exacta, definible, incluso venerable… pero está muerta. El P. Elvio Fontana, IVE, lo describía con una crudeza que conviene traer a colación:

«La mayoría conoce «algo», generalmente superficial y epidérmico, y casi siempre impregnado de la Escolástica formalista o esencialista, que trasmutó el esse por la existentia. De allí las «espiritualidades» y las «pastorales» formalistas o esencialistas. La falta de inteligencia auténticamente metafísica incapacita a los pastores de almas para conocer la realidad, hacer diagnósticos precisos y aplicar los remedios oportunos».

Dicho de otro modo: hay una manera de ser católico, de rezar y de gobernar almas, que se queda en las formas y pierde la vida. No porque niegue nada, sino porque se ha olvidado de dónde, por decirlo de algún modo, «late lo real».

El puente: del progresismo al tradicionalismo

Aquí viene lo que quizás más sorprende si tenemos algo de formación en estos temas. Solemos pensar que progresismo y tradicionalismo son polos opuestos: uno derriba, el otro conserva. Y, sin embargo, metafísicamente, son dos versiones del mismo error. Como suele decirse: «los extremos se tocan».

Allá por las Diálogos 12 y 13 encontramos dos artículos sobre el lefebvrismo, donde, comentando el «rechazo del Absoluto (Dios)» que el P. Fabro veía en la modernidad, el texto comenta diáfanamente:

«Ese «rechazo del Absoluto» del que habla Fabro no es propiedad exclusiva del progresismo, sino que es una enfermedad que también afecta el formalismo escolástico decadente en razón del obscurecimiento de la noción de ser. Quedándose vitalmente ineficaz para responder a los requerimientos de la modernidad, ya que obscurecida la fuente resolutiva de toda perfección solo pueden girar en torno a un culto extrinsecista de la forma. El mejor ejemplo de esto es el lefebvrismo».

«Culto extrinsecista de la forma»: esa es la expresión que lo dice todo. El tradicionalismo no se equivoca por amar la forma. El rito antiguo, el latín, el canto gregoriano, la solemnidad de las rúbricas son cosas buenas, hermosas y dignas de defensa. Se equivoca cuando absolutiza la forma: cuando convierte un elemento relativo —una forma ritual concreta, por venerable que sea— en la realidad misma, fijándose en lo accidental en desmedro de la sustancia. Y hace eso, en última instancia, por un problema metafísico: la pérdida del ser.

Por eso los dos extremos se tocan. El progresista disuelve la forma y, con ella, pierde el ser. El tradicionalista fosiliza la forma y también lo pierde. Uno peca por defecto, el otro por exceso; pero ambos son formalistas, porque para ambos la forma ha ocupado el lugar que le corresponde al ser.

El «esse» de la Misa: la sustancia bajo las formas

Y ahora sí vamos directamente a la Santa Misa. Preguntémonos qué es lo esencial y responderemos que es «el ser mismo del Sacrificio del altar». No es el idioma en que se reza, ni el estilo del canto, ni la orientación del celebrante, ni el detalle de las rúbricas. Todo eso pertenece al orden de la forma2. El ser de la Misa —su esse— es el Sacrificio: la actualización incruenta del único sacrificio del Calvario, Cristo mismo que se ofrece al Padre y se nos da como alimento. Eso es lo que hay que adorar; eso es lo que no puede faltar; eso es lo que salva.

Y aquí la teología nos regala una ironía que nos debería hacer pensar. En la Eucaristía, por la transubstanciación, ocurre algo único en todo el orden creado: cambia la sustancia y permanecen los accidentes. El pan y el vino dejan de ser pan y vino —su sustancia se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Cristo—, pero las apariencias, las «formas» sensibles —el sabor, el color, la figura— permanecen. La fe, precisamente, consiste en atravesar las formas para adorar la sustancia que ellas ocultan: «lo que no comprenden los sentidos, se afirma con la fe viva», cantaba Santo Tomás.

Se ve entonces la gravedad del formalismo litúrgico. Quedarse en las formas y absolutizarlas es, metafísicamente, invertir el sacramento: es tratar los accidentes como si fueran la sustancia. Es adorar la corteza y descuidar el Cuerpo. Nadie lo dice así, por supuesto; pero cuando una forma ritual se vuelve el criterio último de la fidelidad, cuando la validez de la propia comunión con la Iglesia se juega en un estilo de celebración, la lógica interior es esa: el ser de la Misa ha quedado como rehén de su forma.

Una precisión necesaria: la forma no es indiferente

Sería injusto, y además falso, sacar de aquí que las formas litúrgicas dan igual. ¡Por supuesto que no dan igual! La Iglesia siempre ha enseñado que la manera de rezar configura la manera de creer: «lex orandi, lex credendi». Una liturgia pobre, apresurada o irreverente termina empobreciendo la fe en el Misterio; una liturgia bella y cuidada la protege y la eleva. Quien defiende la dignidad del culto tiene, en esto, toda la razón, y hace un bien a la Iglesia.

Y así, el progresismo, al dejar de lado «las formas», pierde, de algún modo, el ser de la Misa. No porque no haya de hecho Misa cuando lo mínimo necesario se realiza (las palabras de la consagración y la materia apta, pan y vino), sino que, aun estando —porque Dios no puede fallar—, al no tener la «convicción del ser», de lo que realmente pasa, entonces todo se opaca, se agua, y así se arruina la obra más grande de Dios en la tierra (da mucha tristeza ver algunas mezclas de Misas con «mundial/fútbol» en Argentina. Pobre Jesús). De estos «frutos» del progresismo hablábamos años atrás3; y si no me hubiera enterado «del ser de la Misa», les aseguro que no sería sacerdote.

Pero, por otro lado, si nos quedamos en las formas y las absolutizamos, aunque la realidad igualmente se dé (la Misa, de hecho, se realiza), también se oscurece, se opaca; no «aguándola», como el progresismo, sino «fosilizándola», quitándole así la vida. De ahí que los lefebvristas celebran y participan de la Santa Misa actualmente excomulgados, es decir, privados de la común-unión con la Santa Iglesia, quien comparte del Señor esa Vida que solo su Esposa, nacida de su Costado, puede tener y dar.

La tesis, por tanto, no es «la forma no importa», sino algo más fino y más tomista: la forma vale en orden al ser, no en lugar de él. La forma es sierva del Sacrificio, no su dueña. Mientras la forma nos conduce a adorar el esse de la Misa, cumple su función y merece amor y cuidado. Cuando se pone en el lugar del esse, cuando se vuelve fin en sí misma y bandera de división, se ha corrompido en formalismo. La diferencia no está en amar poco o mucho el rito; está en saber, o no saber, para qué está ese rito.

Para la vida de cada día

Todo esto, que quizás parece muy abstracto, más allá de formarnos y darnos criterio, puede tener consecuencias muy concretas para nuestra vida espiritual. Nos puede ayudar a hacer un examen: ¿voy a Misa a encontrarme con el Sacrificio de Cristo, o a satisfacer una sensibilidad —la que sea— sobre cómo deben hacerse las cosas? ¿Mi paz depende de Aquel que se ofrece en el altar, o de que la celebración responda a mi gusto? El formalismo, en el fondo, es cómodo: me permite cumplir, o discutir, o militar por una forma, sin el trabajo interior de adorar a una Persona viva, y de sacrificarme con Él.

El drama del formalismo —en la Escolástica decadente, en el progresismo y en el tradicionalismo— es siempre el mismo: adorar la forma habiendo olvidado el ser. Y en la Santa Misa, olvidar el ser es quedarse con los accidentes de un Cuerpo que ya no se reconoce. Ojalá el Señor nos conceda la mirada de la fe, esa que atraviesa las formas —todas buenas, ninguna absoluta— para postrarse ante lo único que en la Misa es absoluto: Él mismo, entregado por nosotros. Que Aquella que está al pie del altar en cada Santa Misa, como lo estuvo al pie de la Cruz, nos conceda esa gracia.

Fuentes

  • Diálogo 8 — «El lefebvrismo, ¿un cisma que llegó a la herejía?»
  • Diálogo 12 — «Lefebvrismo, ¿qué nos queda por decir?»
  • Diálogo 13 — «60 respuestas para un retorno»
  • Diálogo 12 — In Memoriam del P. Cornelio Fabro
  • Diálogo 12 — R.P. Dr. Cornelio Fabro, «Horizontalidad y verticalidad en la dialéctica de la libertad»
  • Diálogo 19 — R.P. Dr. Cornelio Fabro, «La problemática del «esse» tomista» (el esse como actualidad de toda forma; el formalismo metafísico en la escuela tomista).

Notas

1 Conviene aclarar en qué sentido uso aquí la palabra «metafísica», para evitar equívocos. No la tomo en el sentido vulgar y hoy tan difundido —lo esotérico, lo «paranormal», lo que estaría «más allá» de lo físico entendido como lo raro o lo espiritista—, ni tampoco en el sentido de una mera ontología de las esencias, es decir, el estudio abstracto de «lo que son» las cosas. Hablo de la metafísica en su sentido clásico y tomista: la ciencia del ente en cuanto ente, esto es, de las cosas no bajo tal o cual aspecto particular, sino precisamente en cuanto son, en cuanto tienen «acto de ser».

2 Una aclaración, para evitar un equívoco que con razón podría señalarse: aquí «forma» no se toma en su sentido sacramental técnico —en la Eucaristía la forma son las palabras de la consagración, y la materia, el pan y el vino—, que es esencial e intocable. La tomo en el sentido de la configuración exterior del culto (la forma o figura, cuarta especie de la cualidad): rito, lengua, canto, rúbricas. Y cuando hablo de «formas» que permanecen en la transubstanciación me refiero, en otro registro, a los accidentes o especies frente a la sustancia que cambia. Lo que puede absolutizarse o fosilizarse es lo ceremonial y lo accidental; nunca los verba de la consagración.

3 «Haberlo sabido antes».

8 comentarios:

  1. Amparo Garrido

    Últimamente he tenido más contacto con la FSSPX. Se están escribiendo tantas cosas desde las consagraciones episcopales…..Sinceramente pienso y sobre todo, veo, que la FSSPX no es defensora del rito por el rito. Lo llenan de sentido por la profunda Fe que les mueve…Me entristece profundamente que estén tan poco arropados.

  2. Fantastico artículo padre Lombardo. Me ha encantado! Hace mucho tiempo que soy follower en email y veo (cada tanto) sus youtubes!

    Personalmente he ido a alguna misa tridentina y aunque entiendo que han habido algunos excesos en misas normales talvez muy progre como poner rock o dar sermones de estadistica (eso lo vivi en alemania, una misa donde se paso el padre 30 mins dando estadistica de asistencia dominical en vez de predicar….) en fin, aunque hayan ciertos excesos asilados y la misa tradicional sea bella, me da la sensacion de que muchos asistentes solo buscan un snobismo religioso.

    Me recuerda al cuento de dostoevsky, solo que en vez de que se juzgase y pidise el exilio cuando vuelva nuestro señor Jesucristo, como en el cuento, a veces pienso que habría quien le intentaria hacer un examen de arameo por no ser suficientemente auténtico…

    En fin, muchas gracias por su articulo y le digo todavía hay quienes disfrutamos de textos mas profundos y filosóficos como este articulo suyo, animo!!

    JuanZ
    Economista y católico de 32 años

  3. Qué importantes estas precisiones, Dios le pague padre.

  4. ​El resumen de lo que nos quiere decir se puede sintetizar en tres puntos clave:

    1.- ​El valor del diálogo pero con límites claros.

    2.-​ La unidad es un deber de fe, no de política.

    3.- ​Un llamado a la acción espiritual de nosotros los fieles.

    ​Este mensaje es una llamada a rezar por la unidad de la Iglesia, respaldando la firmeza de la Santa Sede pero manteniendo la esperanza de que este grupo tradicionalista acepte las condiciones para volver a estar en plena comunión bajo el Papa.

    Gracias P. Gustavo!

  5. Blanca González

    Esta misma semana estuve en una clase de la sagrada eucaristía tal como lo dice usted aquí , es asombroso ,ir conociendo más , ruego al señor que halla unidad fsspx , amo ir a misa tradicional , Por que lastimosamente en la nueva misa se está perdiendo la esencia, el ruido y tantas cosas , da miedo ir , ya no se sabe conque se valla uno a encontrar, si que es verdad que el señor se hace presente ,optó por una mejor santa misa

  6. Mario Caponnetto

    Con todo respeto, Padre Lombardo, me parece que su argumentación es un tanto forzada y no se sostiene. Que en el ente finito la forma no es la máxima actualidad, sino que por encima de ella emerge el “esse” o “actus essendi” como lo más íntimo y actual del ente, es cosa sabida sobre todo a partir de Fabro y Gilson. En los entes materiales se da una doble composición, materia y forma, lo que constituye su esencia; pero la esencia, a su vez, está en relación de potencia a acto respecto del “actus essendi” o “esse”. En las substancias inmateriales no hay composición de materia y forma, pero sí de “esentia” y “esse”.
    Mas se ha de tener en cuenta que estas distinciones corresponden primaria y propiamente al ente creado o finito. Pero la misa no es un ente, es una acción litúrgica (liturgia quiere decir, precisamente, obra acción). En todo caso se trataría de una analogía, cosa que debió aclarar de entrada para evitar confusiones.
    Pues bien, atendiendo a la analogía, de acuerdo con su tesis, la acción sacrificial sería el “esse missae” y el rito la “forma”. Pero esto es problemático toda vez que, en la Eucaristía, como en todos los sacramentos, se da (análogamente también) una composición de materia y forma. En la Eucaristía, la materia es el pan y el vino; la forma, las mismas palabras de Cristo: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, que el sacerdote pronuncia in persona Christi (cf. De articulis fidei et Ecclesiae sacramentis, II). Por tanto, no se puede decir con propiedad metafísica que el rito sea la forma. Pienso que, quizás, el rito puede decirse forma atendiendo más bien a la configuración exterior, esto es, a la cuarta especie de la categoría de cualidad.
    Por otra parte, su tesis parte de un supuesto que usted no demuestra: que lo lefevrianos se aferran a un formalismo litúrgico abrevado en un tomismo esencialista (me parece más propio llamarlo así que “Escolástica decadente”). Pero esta afirmación es un prejuicio: los lefevrianos no cuestionan la misa nueva por mero formalismo sino por razones teológicas pues sostienen que en ella se ha eliminado el sacrificio. (aclaro que yo no comparto esta posición puesto que acepto y creo plenamente que el Novus Ordo Missae, más allá de cualquier observación que pueda hacerse, es absolutamente válido y se da en él el sacrificio de Cristo en la cruz).
    En conclusión, creo que su argumentación no vale.
    Perdone lo extenso del comentario.
    In Domino et Maria.

  7. cristina gonzalez

    Copio y pego:»El drama del formalismo —en la Escolástica decadente, en el progresismo y en el tradicionalismo— es siempre el mismo: adorar la forma habiendo olvidado el ser»
    Totalmente de acuerdo. Pero eso no es lefebriano. Si uno lee «la misa de siempre» de lefebvre te enamoras de la misa, de su ser, no de su forma. Rezo porque esa impugnación a la excomunión salga adelante y también porque la iglesia aclare que aunque haya excomunión no hay cisma, por no haber delito contra la unidad, sino contra «una forma» del sacramento: el mandato papal. La pena de ese delito es la excomunión, no el cisma. Ojalá la iglesia nos aclare tantas cosas que permanecen subjetivamente mal interpretadas

  8. P. Gustavo Lombardo, IVE

    Estimado Mario, le agradezco su valioso comentario. Si bien estamos en un post de un blog y no en un artículo de una revista, le concedo sin problemas lo que tiene de razón (ya puse una nota al pie en la entrada). No coincido, eso sí, con la conclusión a la que ud llega: que el argumento no vael.

    Primero, tiene toda la razón en dos cosas. Una: la composición esse/essentia y materia/forma corresponde propiamente al ente creado, y la Misa no es un ente sino una actio litúrgica; hablé, por tanto, por analogía, y debí decirlo de entrada. Fue una imprecisión mía y se la reconozco (como le decía, no es un artículo propiamente). Dos, y más importante: usé «forma» en sentido equívoco, y usted lo detecta con justeza (es la nota al pie que agregué para aclarar).

    Porque, en efecto, en la teología sacramental «forma» tiene un sentido técnico: en la Eucaristía la materia es el pan y el vino, y la forma son las palabras de Cristo —»Esto es mi Cuerpo… mi Sangre»— pronunciadas in persona Christi (Santo Tomás, exactamente donde usted cita). En ese sentido, jamás llamaría «forma» al rito, ni se me ocurriría relativizar los «verba», que son esenciales e intocables.

    Cuando en el texto hablé de «las formas» me refería —y aquí usted mismo me da la salida— a la configuración exterior, esto es, la forma/figura como cuarta especie de la cualidad: el rito, la lengua, el canto, las rúbricas, el «ars celebrandi». Eso, y no los «verba», es lo accidental que puede absolutizarse o fosilizarse (lefebvrismo) o dilusirse (progresismo). Convendría distinguir entonces tres registros que en la palabra «forma» que se me solaparon: (1) la «forma sacramenti» = los «verba», esencial; (2) la forma como configuración externa = lo ceremonial, accidental; (3) en la transubstanciación, los accidentes/especies que permanecen frente a la sustancia que cambia. Mi tesis vale en (2) y (3), nunca en (1).

    Y permítame apoyar esta distinción en el propio Santo Tomás, que en su terreno la sostiene con nitidez. Él enseña que en el sacramento «aliquid dupliciter significatur, verbis et factis» (III, q. 83, a. 5): ahí tiene, textualmente, mi registro (1) —los verba— frente al (2) —los facta que los rodean—. Y al tratar todo el aparato ceremonial —las señales de la cruz, la incensación, el lavabo— lo llama expresamente algo «ab Ecclesia institutum», «Ecclesiae statuto», y no «caeremoniale veteris legis», advirtiendo que «non eodem modo observatur sicut tunc» (ibíd., ad 1-2): es decir, mi registro (2), accidental, ordenado a la reverencia y a la significación, y legítimamente variable. Más aún, sobre un punto concreto que yo mencionaba, la lengua: para Santo Tomás la palabra sacramental obra «non secundum exteriorem sonum vocis, sed secundum sensum verborum qui fide tenetur», de modo que «cuiuscumque linguae verbis proferatur talis sensus, perficitur sacramentum» (III, q. 60, a. 7, ad 1). La lengua, pues, es configuración exterior, jamás la forma sacramenti. Incorporada la precisión que usted me pide, el argumento queda más limpio, no refutado.

    Sobre los lefebvristas, le concedo la mitad. Es cierto que su razón explícita -al menos en algunos- no es «amamos las viejas formas», sino teológica: sostienen que en el Novus Ordo se ha eliminado (o gravemente oscurecido) el sacrificio. Debí tomar ese argumento de frente. Pero fíjese que ahí, precisamente, se sostiene mi tesis. Santo Tomás enseña que el sacrificio de la Misa es uno con el de la Cruz: la celebración es «imago quaedam repraesentativa passionis Christi, quae est vera immolatio», y «una est hostia… et non multae, quia semel oblatus est Christus, hoc autem sacrificium exemplum est illius… ita et unum sacrificium» (III, q. 83, a. 1, co. y ad 1). Si el sacrificio es numéricamente uno con el del Calvario y el rito solamente lo representa —y si el sacrificio está presente en el Novus Ordo, cosa que usted y yo afirmamos plenamente—, entonces leer un cambio de formas (ofertorio, orientación, lengua) como pérdida de la sustancia (el sacrificio) es exactamente el movimiento formalista que describo: identificar el «unum sacrificium» con un conjunto determinado de «imagines» y concluir que, cambiadas estas, se perdió aquel. Su objeción no refuta el diagnóstico; más bien lo confirma, porque muestra por qué hacen esa inferencia equivocada. Y le acepto de buen grado «esencialismo» o «tomismo esencialista» en lugar de «Escolástica decadente»: es el término más propio; la frase que usé provenía del artículo de Diálogo que citaba.

    En suma: dos precisiones suyas las hago mías con gratitud, y hasta sumé al artículo una nota que distingue esos tres sentidos de «forma» (como le decía), apoyada ahora en los textos del propio Santo Tomás. En lo de fondo, creo que la tesis, lejos de caer, queda mejor apuntalada; quizás donde usted concluye «no vale» habría que decir, más bien, «precísese». Muy agradecido por el rigor y la caridad de su comentario.

    En Cristo y María, PG.

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