¿Qué me dijo esa Cruz?

No me dijo nada nuevo, pero me lo dijo de un modo nuevo, porque su mensaje es siempre el mismo, pero siempre actual, novedoso, perenne, como lo es Aquel que en ella está clavado.

¿Y qué me dijo, entonces?

Me repitió con imperceptible voz, las clamorosas ideas contenidas en estas palabras de San Pablo de la Cruz: «Todo está en la Pasión. Es allí donde se aprende la ciencia de los santos»[1].

Efectivamente, todo está en la Pasión… ¡TODO!

Porque si pensamos en nuestros sufrimientos diarios, que humanamente siempre son una dificultad, no tienen otro motivo que el no abrazarnos a la Cruz y no mirar –o intentar al menos– como algo deseable, lo que naturalmente rechazamos o solo toleramos.

Y si nos fijamos en nuestras dificultades en progresar en el camino de la santidad, no encontramos mayor escollo que este mismo: nuestro rechazo al sufrimiento. Por eso afirmaba San Juan Pablo II que «No hay santidad cristiana sin devoción a la Pasión»[2], y Benedicto XVI: «El sufrimiento es siempre un camino de transformación y sin sufrimiento no se transforma nada»[3]. Y como nuestra mayor transformación se encuentra en nuestra diaria conversión, hagamos caso al Doctor Místico:

Para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos[4].

Pero además esa Cruz ocupaba una centralidad tal en el recinto, que habría que estar ahí para entender a lo que me refiero. Y con esto Ella me decía que estas consideraciones que me estaba amorosamente transmitiendo no debían ser algo de un momento, algo que –como tantas veces– he olvidado en el diario vivir…, sino una constante, como un punto fijo de donde no se puede sacar la mirada o un paisaje que, si bien está detrás, de fondo, es imposible dejar de tenerlo presente. De algún modo me estaba invitando a vivir esto que decía Santa Margarita María de Alacoque:

A partir de aquel momento, Jesús estuvo siempre presente en mi pensamiento coronado de espinas, llevando la cruz o crucificado. Sentía tanta compasión de Él y tanto amor por sus sufrimientos que mis penas resultaban ligeras, hasta el punto que deseaba sufrir mayores dolores para llegar a ser semejante a Él[5].

El impresionante tamaño de la Cruz me vociferaba dulcemente la radicalidad del asunto: no me estaba hablando de algo optativo ni matizable, sino que se trataba de un «aut–aut» (o una cosa, o la otra), es decir, o me decidía de una vez a proceder de acuerdo con estas trascendentales verdades o me olvidaba de la santidad y de cumplir, entonces, totalmente la voluntad del Señor crucificado en Ella.

Y la Cruz estaba sobre un altar… dudo que en otro lugar en el mundo una Cruz de semejante fastuosidad esté colocada, o mejor dicho plantada, sobre un altar. Allí, majestuosa, y en torno a la celebración de la Santa Misa, el mensaje era aún más potente y esclarecedor.

Porque convengamos que estas ideas que estaba recibiendo son muy de Dios y bien entendibles en medio de una consolación; pero está muy claro también que vivir esto cada día, a cada momento, es más propio de los santos –a quienes, por supuesto, queremos imitar– que de nuestras frágiles naturalezas imperfectas.

Así que tenemos una ayuda incomparable para poder actualizar cada día estas enseñanzas de la Cruz y es el momento en que esa misma Cruz se hace presente, se actualiza, se perpetúa, sobre nuestros altares. En cada Santa Misa el Señor Crucificado no solamente nos va repitiendo estas profundísimas ideas, sino que va dándonos las gracias necesarias para llevarlas a la práctica, cosa absolutamente imposible sin su ayuda. Por eso se nos ha enseñado que «en la Misa es donde se forjan los verdaderos gladiadores de Dios»[6].

Y como si faltara algo más, en el momento de la Consagración, todas las luces se apagaron y solo quedó iluminada la Cruz y el altar… como si de alguna manera Ella me estuviera diciendo que lo único realmente importante, la única verdad absoluta, el único sostén en la lucha diaria y la batalla final, el único objetivo realísimo y concreto ante el cual lo demás palidece es el Santo Sacrificio del Señor, perpetuado en nuestros altares. Es lo que el Señor le dice en un contexto de sufrimiento a Santa Margarita: «alumbrada en el Calvario, la vida que el Señor le ha dado solamente puede mantenerse mediante el alimento de la cruz»[7].

Termino con un texto que cada vez que lo leo no deja de impresionarme…

¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro inestimable de la gracia. Esta es la mercancía y logro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conociera las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres[8].

Siempre que escribo Ella con mayúsculas hablo de María Santísima. En esta oportunidad, «algo» ocupó su lugar pues hablé de Ella haciendo referencia a la Cruz. Sucede que entre María y la Cruz hay un gran paralelismo: nada tan divino como María y como la Cruz; y también una gran unidad: porque, así como no se puede separar a Jesús de la Cruz, tampoco puede separarse a María de Jesús, ni de la Cruz…

––

Para quienes conozcan el lugar, ya lo habrán identificado. Estoy hablando del Valle de los Caídos y de la Cruz que está en ese altar… esto pasó hace unos 15 días peregrinando con un grupo de laicas y religiosas de Escocia.

Gracias a los monjes benedictinos que mantienen «viva» esa impresionante iglesia, que, aunque como «sepultada» dentro de la montaña, encierra en sí un hermoso e importante mensaje.  Recemos para que el templo no sea «resignificado»[9]

  • Siete videos sobre la Santa Misa: Aquí
  • Textos sobre la Pasión de Cristo: Aquí

Aquí las fotos…

 

 

 

[1] Citado por Carlos Almena, San Pablo de la Cruz, Ed. Desclée, Bilbao 1960, p. 282; cf. IVE, Constituciones – Directorio de Espiritualidad, n. 137, nota 165 y Directorio de Tercera Orden, n. 153, nota 176.

[2] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la Esperanza, Plaza & Janés, Chile, 1994, p. 88.

[3] Benedicto XVI, discurso del 25/07/2005.

[4] San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, Canciones 37,4 y 36,13.

[5] Santa Margarita María de Alacoque, citada en Antoine Marie, OSB, Carta espiritual, Abbaye Saint-Joseph de Clairval, junio de 2000.

[6] C. M. Buela, IVE, Nuestra Misa, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael 2005, 66.

[7] Santa Margarita María de Alacoque, citada en Antoine Marie, OSB, Carta espiritual, Abbaye Saint-Joseph de Clairval, junio de 2000.

[8] Santa Rosa de Lima, Escritos (carta al médico Castillo), en L. Getino, La patrona de América, Madrid, 1928, pp. 54-55.

[9] «La última novedad es que la Comunidad Benedictina de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ha puesto en marcha un recurso judicial ante el proyecto de resignificación del templo y su entorno, con lo que en este momento el proyecto del Gobierno estaría paralizado. Esto ha provocado las iras del Gobierno y la última visita de Félix Bolaños al Vaticano para pedir a la Iglesia que haga las gestiones oportunas para la no continuidad de la Comunidad benedictina». https://www.infocatolica.com/blog/cura.php/2512181004-valle-de-los-caidos-mucho-mas

2 comentarios:

  1. Claudia Liliana Cusi Grau

    La cruz es la medida del amor

  2. Creo que muchas veces vivimos acelerados , preocupado por lo que queremos tener que olvidamos lo que ya por gracias de Dios tenemos .

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