El que siempre se ríe… (2)

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de quien se encuentra con Jesús”[1]. Esta gran verdad que nos enseña el Papa Francisco, puede, para decirlo de algún modo, “palparse” en un Noviciado. Sigamos entonces con esta característica, la alegría, tan propia de un novicio, pero que según aquel “siempre seré novicio” de San Bernardo, debería ser propio de todo religioso, y más aún, de todo cristiano, como lo decía Chesterton: “La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se convierte en el gigantesco secreto del cristiano”[2].Siempre seré novicio“La historia de los apóstoles, los primeros religiosos, se abre con un ‘relictis omnibus’ -dejadas todas las cosas-, que subraya el evangelio de San Lucas (cf. 5,11)”. Esta cita del primer párrafo de nuestro directorio de noviciados, habla de aquello en lo cual Santo Tomás insiste al referirse a los consejos evangélicos: el adverbio “totalmente”. “Dejarlo todo”, esas dos palabritas que encierran tanto y que son la condición para ingresar a una orden religiosa, dan casi necesariamente al novicio una visión de eternidad: ¿qué esperar de este mundo cuando todo lo ha dejado? El tiempo toma otro valor, pasa muy rápido y alegra simplemente por el hecho de que vaya pasando… La muerte deja de ser temida y aun deseada como paso para ir al encuentro del Aquel por el cual se puso la mano en el arado sin mirar atrás (cf. Lc 9,62). Todo esto, como es fácilmente deducible, tiñe la vida de una alegría propia y específica, como propia y específica es nuestra fe.

Para ser felices entonces, dentro de la vocación a la cual Dios nos haya llamado, será cuestión de vivir el desapego propio de quien está de paso en esta tierra, de quien vive de la fe en lo eterno:

“¿Qué puede turbar a quien mira lo eterno? Con razón decía Santa Teresa: Nada te turbe; nada te espante… ¡Sólo Dios basta! Es el invencible, el inconfundible, el que siempre ríe, el constante, el esforzado, el caritativo… el que todo lo mira a esa luz, la gran luz, ¡¡la de lo eterno!!” (San Alberto Hurtado)[3]

El tiempo cuaresmal es propicio para esto, como reza la liturgia “que la moderación en el uso de las cosas terrenas alimente el deseo de poseerte”[4].

Novicios IVESi bien los novicios tienen su día bien lleno de actividades, no es demasiado el peso de las obligaciones que deben cargar, y tampoco por lo general llegan a tener trabajo atrasado. Sabemos que no poco influye en nuestro ánimo el hecho de tener una larga lista de cosas por hacer. Incluso influye en nuestro mismo trato con Dios. Van unas líneas consoladoras de san Claudio de la Colombiere, quien escribe a su hermana contemplativa:

 “¡Qué dichosa eres, hermana mía, de vivir en la soledad! Envidiaría tu retiro con todas tu penas y males, si no estuviera convencido de que no hay en el mundo bien mayor que el de hacer la voluntad de Dios que nos gobierna. Pero, hermana mía, he ahí la dificultad: la de vivir constantemente entre los hombres y no buscar más que a Dios; el tener siempre tres o cuatro veces más asuntos de los que se pueden atender, sin perder no obstante ese reposo del espíritu, fuera del cual no se puede poseer a Dios; el tener apenas algunos minutos para entrar dentro sí y recogerse en la oración y no estar nunca fuera de sí. Todo eso es posible, pero convendrás conmigo que no es fácil”[5].

Bien al caso vienen también estas reflexiones del P. Sáenz hablando de la virtud de la eutrapelia:

“La tarea es quijotesca y abrumadora. Pues bien, como afirma Moltmann, ‘es la risa la que tiene que mediar entre la ilimitación de las tareas y la limitación de las fuerzas’[6]. Por otra parte, si bien nuestra época está signada por lo trágico, no carece con todo de ribetes cómicos. O mejor, es tragicómica. ‘Si no fuera porque podemos tomar en broma tantas cosas, tendríamos que estar siempre llorando y no podríamos hacer otra cosa’, dicen con razón los que de verdad están dedicados al trabajo[7]. No nos quedemos siempre buceando en los aspectos trágicos del mundo. Sepamos de tanto en tanto reírnos de sus ridiculeces. ¡Ay de quien destierra el humor de su vida!”[8].

Novicios IVEUn poco más ariscos son los novicios para reírse de ellos mismos; los argentinos somos bastante irónicos –quizás a veces un poco de más– y, al menos en nuestro ambiente, no poco se usa de la “gastada” (broma hecha a una persona) para corregir algún que otro defecto conocido por todos. Son esas cosas donde “todos ganan”: el novicio que es “gastado” gana en humildad –si es que se humilla–, el superior hace un acto de caridad corrigiéndolo, y los demás –superior incluido y “víctima” excluida– se divierten sanamente. Y si el novicio no se humilla de entrada, sino que se defiende, entonces el momento eutrapélico se extiende y el gastado tendrá materia para reflexionar en su próximo examen de conciencia; como les decía… todos ganan. Finalmente, a fuerza de “gastadas”, pero sobre todo a fuerza de verdadero trabajo en la virtud, muchos llegan –la mayoría diría yo, e incluso todos–, a esa característica propia de la humildad:

“Chesterton ha señalado el drama del hombre excesivamente solemne respecto de sí mismo; por eso marcaba como un “vicio” este modo de seriedad respecto de la propia persona, o sea, creerse demasiado central e indispensable en la vida: ‘eso de tomarse en serio es una inclinación o falla natural, porque es la cosa más fácil de hacer… Satanás cayó por la fuerza de su seriedad’. En consecuencia, ‘hay que elevarse hasta el alegre olvido de sí mismo’. (Ortodoxia, cap. VII)”[9].

En definitiva, y para ir terminando, la alegría tiene una sola fuente: hacer la voluntad de Dios, lo cual no es otra cosa que la santidad. Como decía el beato Juan Pablo II: “¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la Voluntad de Dios”[10]. El novicio se ha decidido a buscarla, y por eso Dios lo hace feliz.

Y como “Dios es alegría infinita”[11], mientras más nos alejemos de Él, más lejos estaremos de la beatitud. Un ejemplo de esto es el poema, titulado “Remordimiento”, escrito por Jorge Luis Borges, en el ocaso de su vida:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

Sin inmiscuirme en la vida y escritos del autor –que conozco solo de oídas– el haberse declarado agnóstico ya habla a las claras de su incapacidad para ser feliz. Menos mal que tuvo una madre feliz que le hizo prometer, por amor a ella, que rezaría diariamente a su otra Madre, quizás por él desconocida o negada. Ésta última, también por amor, alcanzó de su Hijo una gracia que muy probablemente llevó al escritor a la patria eterna[12].

María, Madre nuestra, a quien invocamos como Causa de nuestra Alegría, no permitas que sintamos la tristeza de quien se aparta de tu Hijo; como Tú, permítenos alegrarnos en Dios, nuestro Salvador, (cf. Lc 1,47); cúbrenos con tu manto en esta vida y sea tu Dulce Nombre el consuelo en nuestra última agonía. Amén.

 

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Más textos sobre el tema:

– “En las fuentes de la alegría”, de San Francisco de Sales. (Descargar AQUÍ)

– “El Espíritu de Franciso”, ¡Gozo tanto de Dios!. Texto del libro “Fátima, y el sol bailó” del P. Carlos Miguel Buela, IVE. (Descargar AQUÍ)

Ver todas las lecturas recomendadas, AQUÍ.

 


[1] SS. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 1.

[2] G. K. Chesterton, Ortodoxia, cap. 9.

[3] San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 20043, p. 60.

[4] Liturgia de las horas, Martes I de Cuaresma.

[5] P. Jorge Guitton, S.I.,  Claudio de la Colombiere -su ambiente y su tiempo-, p. 168.

[6] J. Moltmann, Sobre la libertad, la alegría y el juego, Sígueme, Salamanca 1972, p. 40.

[7] Ibid.

[8] Alfredo Sáenz, Las siete virtudes… p. 393.

[9] Miguel Á. Fuentes, IVE, Naturaleza y educación de la humidad, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael, 2010, p. 82.

[10] Juan Pablo II, Homilía pronunciada en la parroquia romana de San José, domingo 1 de enero 1981.

[11] Frase de Santa Teresa de los Andes, que se encuentra en una pared del noviciado “Marcelo Javier Morsella”.

[12] Me baso en el escrito de Pablo Caruso publicado en La Gaceta.es 05/02/2008 y que puede ver Aquí.

4 comentarios:

  1. Solo me sale el felicitar a estos alegres novicios rebozantes de alegría,de santa alegría,y pedirles que pidan mucho por éste que quiso y no pudo imitarlos.<que la Madre del Cielo les dé la perseverancia en su vocación.

  2. P. Gustavo Lombardo, IVE

    Bernardo, la vocación a la santidad siempre sigue en pie. Rzamos por tí!

  3. mirta erika jimenez martin

    P.Gustavo
    La vida con sus características, sus hechos cotidianos para cada persona, generan alegría cuando se lleva a María Santísima en el corazón.
    Gracias, Mirta Erika

  4. Gracias Padre Lombardo, por su generosidad en los Ejercicios Espirituales,es como un bálsamo que sana y cura las heridas, todavía mi tiempo es prematuro ,estoy toda gatiando apenas,pero con la ayuda de Dios y de la Santísima Virgen, un poco de volutad de mi parte y apoyada en sus oraciones pueda lograr subir a la montaña. Que Dios se lo pague, y que lo siga bendiciendo mucho y haciendo el bien a toda criatura la santísima Virgen lo proteja.Hasta pronto.
    Un saludo en Jesús y Maria.

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