Fulton Sheen y la Virgen: «la Mujer a la que amo»
Treinta millones de personas lo veían cada semana: un señor de sotana y capa, en un teatro de Nueva York, sin ensayos, sin notas y sin teleprompter —Time llegó a mandar a un periodista a ver qué truco usaba—, en la misma franja en la que la cadena rival emitía al cómico más popular del país, Milton Berle. Lo único que tenía en la escena era una pizarra giratoria que, según explicaba él en antena, limpiaba «un ángel»: era uno de los que trabaja detrás de las cámaras, y se hizo famoso en todo el país. Y antes de escribir…












