¡Danos la paz!

Decía San Juan Pablo II hace ya varios años que “La comunión con Dios es manantial de serenidad, de alegría, de tranquilidad, es como entrar en un oasis de luz y de amor” (21/04/04); creo que podemos resumir esa iluminadora frase diciendo que la comunión con Dios nos trae la paz.

¡Cuán importante es la paz! Y no solo para los pueblos -que es lo que generalmente se entiende cuando hablamos de paz-, sino para todos y en cada instante de nuestra vida. Por algo en la liturgia, que es “la cumbre hacia donde tiende toda la acción de la Iglesia y la fuente de donde mana toda su fuerza”[1], el deseo de la paz es del todo recurrente y trascendental. La santa Misa comienza y termina con la invocación de la paz (“la gracia y la paz de Dios estén con vosotros”; “podéis ir en paz), y luego del Padrenuestro, con la insistencia de la viuda recomendada por Nuestro Señor en Lc 18,1-8, pedimos que a la par de librarnos de todos los males nos conceda “la paz en nuestros días” –casi como uniendo lo primero con lo segundo–, y esto para estar “libres de toda perturbación” (lo cual es pedir la paz con otras palabras). Seguido a lo cual, luego de reconocer el sumo poder y gloria a Dios Padre, recordamos al Señor Jesús que prometió la paz a sus discípulos y la pedimos una vez más para nosotros; al instante siguiente el sacerdote desea la paz al pueblo e invita a deseársela mutuamente; por último al Cordero de Dios, generalmente cantando, suplicamos ¡Danos la paz!”.

No digo probablemente algo muy novedoso si afirmo que la Santa Misa está plagada de textos de la Sagrada Escritura (cosa que sorprendió a Scott Hann y produjo un paso más en su conversión de evangélico calvinista a católico[2]); baste con esto para deducir cuánto acerca de la “paz” refiere la Palabra de Dios.

Es cierto que la paz de la cual habla el Papa Francisco y a la que estamos aludiendo ahora no se refiere exactamente a lo mismo; sin embargo, existe una unión muy estrecha entre ambas, como lo enseña el Concilio:

“En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad”[3].

Con su sencillez y claridad de siempre, la Madre Teresa expresaba la misma idea en aquella histórica intervención el 3 de febrero de 1994, en el Desayuno de Oración Nacional que tradicionalmente se celebra cada año en Washington, DC.: “Si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirle a los demás que no se maten unos a otros? Y de ahí aquel “creo que el mayor destructor de la paz hoy es el aborto”.

La paz es un don que hay que pedir a Dios, por medio de Jesucristo Príncipe de la Paz (Is 15,5) y es un don que Dios quiere otorgarnos.

San Ignacio en la cuarta semana de los Ejercicios Espirituales, haciéndonos contemplar las apariciones del Señor luego de su resurrección, nos invita a “mirar el officio de consolar, que Christo nuestro Señor trae, y comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” [224]. A ese consuelo Jesús lo expresa por su deseo de paz: “la paz sea con vosotros”[4] saluda una y otra vez en sus apariciones.

Clásica es la definición de paz como “tranquilidad en el orden”, y sabido es que la paz es obra de la justicia (Is 32,17). Nada contraría más a uno como a la otra (orden y justicia), que el pecado. Si falta paz entonces, lo primero que hay que remover es la ofensa a Dios; y nadie puede hacer esto sino Jesucristo:

“Ninguna absolución, incluso la ofrecida por complacientes doctrinas filosóficas o teológicas, puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a su conciencia y salvación a su vida”[5]. (San Juan Pablo II)

Pero suponiendo la conciencia tranquila por la confesión de los pecados, y el trabajo diario, a veces no poco penoso, de evitar las faltas, queda un interesante espacio de discernimiento en orden a conservar la tan ansiada y necesaria paz: el cuidar nuestros pensamientos.

Arma de la cual ningún cristiano tendría que dejar de hacer uso en cuanto a esta atención a lo que pasa por nuestro espíritu, son las inmortales reglas de discernimiento que San Ignacio trae en los Ejercicios. Que otros autores muy serios, buenos y santos hayan hablado del discernimiento, no lo dudo; pero de manera tan precisa, clara, esquemática, breve y determinante, no creo equivocarme si digo que ni lo hubo, ni lo habrá. Habría que conocer los Ejercicios para entenderlas a fondo, pero no hacemos mal en citar solo algunas que vienen más al caso de lo que estamos refiriendo:

Reglas para la 1ª semana:

[315]regla. En las personas que van intensamente purgando sus peccados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo (…) proprio es del mal spíritu morder, tristar y poner impedimentos inquietando con falsas razones, para que no pase adelante; y proprio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante.

san_ignacioReglas para la 2ª semana:

[329]regla. Proprio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo spiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce; del qual es proprio militar contra la tal alegría y consolación spiritual, trayendo razones aparentes, sotilezas y assiduas falacias.

[333]regla. Debemos mucho advertir el discurso de los pensamientos; y si el principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien, señal es de buen ángel; mas si en el discurso de los pensamientos que trae, acaba en alguna cosa mala o distrativa, o menos buena que la que el ánima antes tenía propuesta de hacer, o la enflaquece o inquieta o conturba a la ánima, quitándola su paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, clara señal es proceder de mal spíritu, enemigo de nuestro provecho y salud eterna.

[335] ª regla. En los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a la tal ánima dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido y inquietud, como quando la gota de agua cae sobre la piedra.

En cuanto a lo que quita la paz, podríamos sintetizarlo así, citando a San Juan Berchmans, “TODO LO QUE TRAE CONSIGO INQUIETUD, ES DEL DIABLO”; y, por ende, todo lo que da paz, es de Dios. Lorenzo Scupoli, en su libro “Combate Espiritual” escribía: “El demonio pone en juego todo su esfuerzo para arrancar la paz de nuestro corazón, porque sabe que Dios mora en la paz, y en la paz realiza cosas grandes”.

Son reglas muy fáciles de entender pero muy difíciles de aplicar en lo concreto de cada día, muchas veces por nuestras falta de recogimiento.

Debemos, entonces, vigilar nuestros pensamientos:

“Señorío mental: El Rey de la creación debe gobernar ante todo el reino de su mente; debe poder abrir sus puertas cuando quiera a las realidades maravillosas de fuera y a los pensamientos alegres y elevadores, y cerrarlas a los tristes y deprimentes”[6]. (P. Narciso Irala)

Solemos preocuparnos por la seguridad de nuestros bienes materiales y cuántas veces dejamos que cualquier pensamiento entre y se pasee en ese recinto casi sagrado que es nuestra inteligencia. Si una persona ingresa a su casa y encuentra un extraño dentro, ¿acaso se sienta a su lado y en tono amigable comienza una conversación? Y, ¿no hacemos esto muchas veces con esos pensamientos que nos quitan la paz y por tanto no son de Dios? ¿Acaso valen más nuestros bienes que el bien de nuestra alma? Si Eva no hubiera comenzado a dialogar con la serpiente… otra hubiera sido la historia.

¡Paz, paz! Es el gran signo de las cosas de Dios:

“Solo con oír pronunciar los nombres de Jesús, o de María, José [de Cupertino] abandonaba el mundo y alzaba vuelo, hasta materialmente. Estos éxtasis se iniciaban muchas veces con un gran grito, pero era un grito que no daba miedo; esta última circunstancia fue tenida muy en cuenta para su canonización, pues la Iglesia toma grandísimas precauciones para discernir bien unos espíritus de otros. El Espíritu Santo comunica una gran serenidad a las apariencias más terribles; mientras que el maligno espíritu se conoce por una abierta agitación, aun bajo las más tranquilas apariencias”[7].

La paz también es un fruto del Espíritu Santo. El mismo arrepentimiento por nuestros pecados, para que venga totalmente de Dios, debe ir rodeado de paz. Refería uno de los compañeros de San Ignacio “aunque al reprenderte te diga la verdad, si te inquieta no es del buen espíritu porque el Espíritu del Señor es suave y suavemente nos reprende”.

Sin duda que habrá otras cosas que discernir y en esto de identificar la paz verdadera se puede ir perfeccionándose, pero que haya o no haya paz nunca dejará de ser un signo muy sugestivo acerca de quién anda merodeando por nuestro interior.

Debemos, por tanto, vigilar nuestros pensamientos y combatir contra los que no son del buen espíritu… como dice el adagio “si quieres la paz, prepárate para la guerra”[8], porque efectivamente, a decir de Santo Tomás “la guerra se ordena a la paz”[9]. Debemos también “no pensar en pavadas” como comentó una de nuestras religiosas, misionera en Siria, al Senado de Argentina, alabando a los que están en esa guerra, quienes por vivir justamente en peligro de muerte, piensan cosas importantes, o sea se han vuelto nobles, ya que el noble medita nobles cosas (Is 32, 8).

Nada más importante que pensar en Aquel en quien se identifican su ser y su pensar… por eso decía San Cipriano “Sepa que no debe pensar en otra cosa más que en Dios”[10]. Pensar en Dios y en las cosas de Dios, es incluso uno de los motivos del celibato, como lo decía el Aquinate “la virginidad se ordena al bien del alma en la vida contemplativa, que consiste en ‘pensar en las cosas de Dios’”[11].

A causa de la íntima y estrecha relación con su Hijo, la santísima Virgen es venerada como “Reina de la paz”. Fue Benedicto XV, el año 1917, en plena guerra europea, quien mandó añadir a las Letanías lauretanas esa invocación. Estamos en guerra porque milicia es la vida del hombre sobre la tierra (Job 7,1); por tanto no dejemos de invocarla bajo ese hermoso título, para que custodie y reine Ella en el sacro recinto de nuestro interior.

 

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Más material sobre el tema:

“De la paz interior y de los medios para conservarla”. San Juan Bautista de Lasalle (1p).(Descargar AQUÍ).

– Ángelus del Papa Benedicto XVI (19/08/07), comentando hermosamente el pasaje ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división; (1p) mostrando la necesidad del combate para alcanzar la paz. (Descargar AQUÍ)

“Dichosos los que trabajan por la paz” Hermoso sermón de San Pedro Crisólogo (1p). (Descargar AQUÍ).

Ver todas las lecturas recomendadas, AQUÍ.

 

[1] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia “Sacrosanctum Conciliun”, 10.

[2] Habiendo asistido a su primera Misa, así describe lo vivido: “a medida que avanzaba la Misa, algo me golpeaba. La Biblia ya no estaba junto a mí. Estaba delante de mí: ¡en las palabras de la Misa! Una línea era de Isaías, otra de los Salmos, otra de Pablo. La experiencia fue sobrecogedora. Quería interrumpir a cada momento y gritar: ‘Eh, ¿puedo explicar en qué sitio de la Escritura sale eso? ¡Esto es fantástico!’” Scott Hahn, La cena del Cordero. La Misa, el cielo en la tierra. Editorial Patmos, Madrid10, 2006, p. 28.

[3] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral “Gaudium et spes” sobre la Iglesia en el mundo actual, 10.

[4]No pude encontrar la cita textual; pero Mons. Fulton Sheen, en su autobiografía Treasure in clay dice que solo a un Dios encarnado se le ocurre volver de la muerte, dado todo como se dio (habiendo quedado solo, etc.), y saludar así… cualquier mortal hubiera dicho al menos: “muchachos, qué vergüenza…”…

[5]Juan Pablo II, Carta EncíclicaVeritatis Splendor”, sobre algunas cuestiones fundamentals de la enseñanza moral de la Iglesia, 120.

[6] Narciso Irala, Control cerebral y emocional,LEA, Buenos Aires, 1994112, p. 39.

[7] Ernest Hello, San José de Cupertino, Fisonomías de Santos.

[8]En latín suena mejor… “si vis pacem, para bellum”.

[9]Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, IIª-IIae, q. 123 a. 5.

[10]Citado por Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, IIIª q. 83 a. 4 ad 5.

[11] Santo Tomás, S.Th., II-II, 152, 4.

5 comentarios:

  1. gladysarmenta1

    Estupendo este «editorial». Voy a tomarlo como medio para el discernimiento en un momento crucial en mi país sin descuidar mi vida diaria. Cuánto necesitamos de todo esto hoy. Gracias P. Gustavo

  2. La referencia a lo dicho por Madre Teresa, me impresiona mucho y me lleva a repensar el tema del aborto, que ciertamente creo no puede ser tolerado en nuestra sociedad.

  3. Perla Castañeda

    Me pareció una hermosa reflexión, es impresionante que cualquier cosa nos puede quitar la paz, y encontrarla es un regalo maravilloso

  4. armando nij ramirez

    Gracias, por la paz de tan gran reflexión es un regalo maravilloso

  5. Brisa María gonzalez

    Muchas gracias Padre Gustavo.
    La Paz !!! Signo inconfundible de Dios en nustera vida …o no…
    Sencilla guía, que poco se toma en cuenta.
    Su reflexión llegó en un momento muy importante en la vida de una amiga que estando muy cercana a Nuestro Señor, sin embargo está pasando por un momento en que La Paz no está en su vida.
    Dios le bendiga y gracias por el tiempo que dedica a escribir estos temas, y a leer nuestros comentarios.

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