Confieso que más de una vez he pensado en escribir entradas más cortas porque me facilitaría publicar un poco más seguido y a ustedes les ahorraría tiempo de lectura. Pero creo que, con 12 años de blog, es un buen momento para sincerarme conmigo mismo –y también, de paso, con ustedes– y darme cuenta de que no puedo, no me sale, escribir más corto. No sé, parece que mi cabeza «funciona así», que no puedo desarrollar un tema en menos párrafos sin que me parezca que queda «corto».
Pero, además, en este caso, por ser un tema que me interesa de manera particular, me quedó más largo aún. Así que, como quien avisa no traiciona (o algo así reza el dicho), no prepare, querido lector, los tomates digitales y resérvese una cara de hastío al ver el largor de las presentes líneas. En todo caso, si no anda con tiempo o ganas, haga «clic» en Instagram, que ahí lo tiene todo más masticadito.
Decía que este tema me interesa de manera particular porque vivimos en un tiempo donde, a mi modo de ver, se le da nada de importancia a la fe… a la verdad, a lo revelado. Es cierto que ya no estamos en tiempos pasados y que al enfermo mundo en que vivimos hay que tratarlo tal cual está: enfermo. Pero me parece que se nos va la mano y no se defiende la fe, o se la defiende muy poco. Y cada cual anda diciendo por ahí lo que le place sin que nadie chiste ni un periquín. Y las más de las veces, los más desatinados en sus prédicas y escritos son los más aplaudidos y propagandeados; pero no olvidemos lo que decía San Juan Pablo Magno:
Los medios de comunicación han acostumbrado a ciertos sectores sociales a escuchar lo que «halaga los oídos» (cfr. 2 Timoteo 4,3). Peor es la situación cuando los teólogos, y especialmente los moralistas, se alían con los medios de comunicación, que, como es obvio, dan una amplia resonancia a cuanto estos dicen y escriben contra la «sana doctrina».
Cuando la verdadera doctrina es impopular, no es lícito buscar una fácil popularidad. La Iglesia debe dar una respuesta sincera a la pregunta; «¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mateo 19,16). Cristo nos previno, nos advirtió de que la vía de la salvación no es ancha y cómoda, sino estrecha y angosta (cfr. Mateo 7,13-14). No tenemos derecho a abandonar esta perspectiva ni a cambiarla. Este es el aviso del Magisterio, este es también el deber de los teólogos-sobre todo de los moralistas-, los cuales, como colaboradores de la Iglesia docente, tienen en esto una parte esencial[1].
Pues bien, dicho lo dicho, con lo cual alargué aún más todo lo escrito, vamos a lo que toca.
Creo que en este blog no hace falta recordar la verdad de que estamos en peligro, enemigos y combates no nos faltarán en el mundo presente; si fuera necesario hacerlo, debajo de estas líneas coloco los enlaces a otras entradas y videos sobre este tema.
Dado, entonces, que vivimos en peligro constante (¡para nada esto nos quita la alegría, al contrario!), necesitamos de la prudencia como de una virtud trascendental. Por estos peligros es que somos revestidos como soldados de Cristo desde nuestra confirmación, y por eso es que podemos aplicarnos las palabras que Raimundo Lulio aconsejaba a los caballeros, a quienes decía que, dado que no «existen hombres que más peligros han de correr que los caballeros, ¿qué cosa es más necesaria al caballero que la prudencia?»[2].
Pues bien, podemos relacionar esta importante virtud con muchos actos. En la tradición tomista (cf. Suma Teológica, II-II, q. 47, a. 8), la prudencia tiene tres actos propios, que corresponden a los tres actos de la razón práctica ordenada a la acción: el consejo (consilium), por el que indagamos y buscamos los medios adecuados para obrar bien; el juicio (iudicium), por el que discernimos cuál es el medio correcto; y el imperio o precepto (imperium), por el que aplicamos a la operación concreta el resultado del consejo y del juicio. A estos tres actos corresponden tres virtudes que son partes potenciales de la prudencia: la eubulia (que perfecciona el consejo), la synesis o buen sentido (para el juicio en casos ordinarios) y la gnome o perspicacia (para los casos excepcionales).
Pero no siempre nos aparecerá claramente la relación que tiene esta virtud, la virtud de la fe; es por esto que traemos aquí a un grande, San Juan Crisóstomo, quien nos enseña, comentando el Evangelio, que la mayor prudencia es conservar la fe:
Mas veamos qué prudencia es la que aquí pide el Señor. Prudentes como la serpiente −nos dice−. Como la serpiente lo abandona todo, y aun cuando la hagan pedazos, no hace mucho caso de ello con tal de guardar indemne la cabeza, así vosotros −parece decir el Señor− entregadlo todo antes que la fe, aun cuando fuera menester perder las riquezas, el cuerpo, la vida misma. La fe es la cabeza y la raíz. Si esa se conserva indemne, aun cuando todo lo pierdas, todo lo recuperarás más espléndidamente[3].
Y si conservar y proteger la fe a costa de lo que sea es la mayor prudencia, el pecado contra la fe es la mayor imprudencia, ergo, el mayor pecado.
Así lo explica diáfanamente el insuperable Santo Tomás cuando se pregunta si la infidelidad es el peor pecado. En el argumento de autoridad, citando a San Agustín afirma que en la infidelidad «quedan contenidos todos los pecados» y concluye el Angélico: «Por tanto, la infidelidad es el mayor pecado». Luego, así razona:
Todo pecado consiste formalmente en la aversión de Dios, como se dijo antes. Por eso, tanto más grave es un pecado cuanto más separa al hombre de Dios. Ahora bien, por la infidelidad el hombre se aleja al máximo de Dios, porque ni siquiera posee el verdadero conocimiento de Él; y por el conocimiento falso de Él no se acerca, sino que se aleja más todavía. Y no puede darse que, en algún sentido, conozca a Dios quien tiene una opinión falsa sobre Él, porque lo que él opina no es Dios. Por lo tanto, es manifiesto que el pecado de infidelidad es mayor que todos los pecados que consisten en perversidad de costumbres[4].
Y agrega:
Cosa distinta ocurre con los pecados que se oponen a las demás virtudes teologales, como se dirá más adelante[5].
Hace referencia al odio formal a Dios[6] y a la desesperación absoluta[7], que son pecados mayores que la falta de fe.
Comenta muy bien Sardá y Salvany:
La razón es evidente. La fe es el fundamento de todo orden sobrenatural; el pecado es pecado en cuanto ataca cualquiera de los puntos de este orden sobrenatural; es, pues, pecado máximo el que ataca el fundamento máximo de dicho orden. Un ejemplo lo aclarará. Se ocasiona una herida al árbol cortándole cualquiera de sus ramas; se le ocasiona herida mayor cuando es más importante la rama que se le destruye; se le ocasiona herida máxima o radical si se le corta por su tronco o raíz[8].
También podemos considerar la maldad del pecado de la fe desde otro punto de vista, como lo último que se pierde. Lo afirma el Aquinate de este modo:
No es necesario que haya el mismo orden en las virtudes y en los vicios. Porque el vicio es corruptivo de la virtud. Ahora bien, lo que es primero en la generación es lo último en la corrupción. Y por eso, así como la fe es la primera de las virtudes, así la infidelidad es el último de los pecados, a la cual el hombre es conducido a veces por otros pecados. Sobre aquello del Salmo: “arrasad, arrasad hasta los cimientos en ella”, dice la Glosa que por la acumulación de los vicios se introduce la desconfianza. Y el Apóstol dice, en la primera carta a Timoteo, que algunos, rechazando la buena conciencia, naufragaron en la fe[9].
La lógica de Santo Tomás es bellísima: el orden de los vicios es el inverso del orden de las virtudes. La fe es la primera de las virtudes (sin ella en lo espiritual nada se puede edificar); por tanto, la infidelidad es el último de los pecados –el fondo del abismo– al que se llega muchas veces arrastrado por los demás pecados.
Es el fondo del abismo porque nos quita toda pertenencia, toda unión con Él. Es cierto que la fe sin la gracia, o sea, sin la caridad, es una fe muerta; y si nos encontrara así nuestra propia muerte, no nos espera otra cosa que el infierno. Pero así y todo, la fe nos mantiene unidos a Cristo de alguna manera; de hecho, aún en el último segundo de nuestra vida, por un acto de contrición perfecta, podríamos salvarnos[10]; pero no se puede hacer ese acto de contrición sin fe… Habla hermosamente de este «lazo» con el Señor, un gran tomista, Dom Vonier:
Comprendo muy bien que en nuestra época no estamos habituados a considerar la fe como una especie de lazo espiritual entre el alma y Cristo; sin embargo, tal es el concepto tradicional acerca de este don maravilloso. El que tiene fe está en el orden sobrenatural, y, por tanto, en directa comunicación con la vida de Cristo, aunque se halle en pecado mortal. El Concilio de Trento se preocupó muy especialmente de aclarar este punto de la ética católica. El hombre sólo deja de pertenecer a Cristo por el pecado de infidelidad; no escapa de su jurisdicción por ninguna otra culpa, por odiosa que sea. Mientras su fe sea sincera continúa perteneciendo al cuerpo místico del Salvador, aun cubierto por las llagas terribles del pecado mortal. Mediante esa fe, que sólo puede destruir el pecado formal de infidelidad, permanece tan ligado al misterio de la muerte de Cristo en la Cruz, que su liberación del yugo del pecado es un proceso normal, no milagroso, de la vida sobrenatural. (…) El Catolicismo será ininteligible para nosotros si no comprendemos esta función de la fe como nexo espiritual entre Cristo y el alma. Sin ella, la Iglesia se convertiría –tal como ocurrió en la teología luterana– en una congregación accidental de los elegidos[11].
Escuchemos ahora al «Apóstol de Andalucía» recientemente elevado a «Doctor de la Iglesia, que nos enseña cómo debemos evitar por sobre todo errar en material de fe:
Los grandes castigos de Dios, que se deben temer sobre todos, no son los males de hacienda, ni honra, ni vida; mas dejar Dios endurecer en el pecado a la voluntad del hombre, o dejar cegar con error al entendimiento, mayormente en cosas de fe. Éstas son las heridas del furor divinal[12].
Por eso también afirmará:
No hay cosa que la razón menos alcance que claramente entender lo que cree la fe; ni hay cosa tan conforme a razón como el creerlo; y es cosa de muy grande culpa el no creer[13].
Y que estamos en tiempos donde gusta por ahí dar la Comunión a los protestantes, vienen bien estas palabras de Santo Tomás al respecto, donde nos muestra cómo peca más gravemente el que no tiene fe y comulga que el fiel que comulga en pecado mortal:
Pesa más el impedimento que va contra la caridad que el que va contra su fervor. Por eso el pecado de infidelidad, que separa radicalmente al hombre de la unidad de la Iglesia, en sí mismo considerado, hace inepto al hombre en grado sumo para comulgar, por ser este sacramento el de la unidad eclesiástica, como ya dijimos. Por lo cual peca más gravemente el infiel que comulga que el fiel pecador; y desprecia más a Cristo en el sacramento, sobre todo si no cree que está realmente en él, porque, en cuanto está de su parte, disminuye la santidad del sacramento y la virtud de Cristo que obra en él. Esto es despreciar el sacramento directamente. El fiel, empero, que lo toma con conciencia de pecado, no menosprecia el sacramento en sí, sino en su uso, al recibirlo indignamente. Cuando el Apóstol se refiere a aquel pecado dice: «No discerniendo el Cuerpo del Señor» [1 Cor 11,19], a saber: «No haciendo distinción entre Él y los demás manjares». Y esto hace, sobre todo, quien no cree que Cristo está presente en este sacramento[14].
Sumemos las mismísimas palabras del Señor:
Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí (Jn 16,9).
Comenta Mons. Straubinger:
Jesús se refiere únicamente al pecado de incredulidad, mostrándonos que tal es el pecado por antonomasia, porque pone a prueba la rectitud del corazón[15].
Y sigue con un Véase, con referencias bíblicas que colocamos aquí:
Del Evangelio de San Juan:
Jn 3, 19
Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.Jn 3, 36
El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.Jn 7, 17
El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si mi doctrina es de Dios o si hablo por mí mismo.Jn 8, 24
Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados.Jn 12, 37–47 (y siguientes)
Aunque había hecho tantos signos delante de ellos, no creían en él, para que se cumpliera la palabra del profeta Isaías:
“Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?”
Por eso no podían creer, porque también dijo Isaías: “
Ha cegado sus ojos y endurecido su corazón,
para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane”
Esto dijo Isaías porque vio su gloria y habló de él.
Sin embargo, también entre los jefes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga, pues amaron más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.
Del Evangelio de Marcos
Mc 3, 22
Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene a Beelzebul”, y: “Por el príncipe de los demonios expulsa a los demonios”.
Carta a los Romanos
Rm 11, 32
Pues Dios encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos.
Y para terminar a la ignaciana, recordemos que la fe se muestra por las obras (cf. St 2,14-18[16]); por eso dirá San Ireneo, acerca del Señor: «creer en Él es hacer su voluntad»[17].
Quienes hayan estado en nuestro Seminario de Argentina[18] por aquellas épocas seguramente recordarán una poesía que el benemérito P. Victorino Ortego (QEPD) solía recitar con un candor casi angelical:
La joya milagrosa de Juan Eugenio Hartzenbusch
Ay, según los navegantes,
allá lejos un país,
cuyos pobres habitantes
andan a todos instantes
con sus bienes en un tris.Ya un espantoso huracán
hace en la cosecha riza,
ya sepultura le dan
las piedras, lava y ceniza
de un repentino volcán.Los de ilustre jerarquía
y los míseros gañanes,
todos viven entre afanes,
recelando cada día
terremotos y huracanes.Para auxilio en tales daños,
entrega el común señor
allí a cada morador,
ya desde sus tiernos años,
una joya de valor.Y tales prodigios obra
la joya a los niños dada,
que con ella todo sobra,
y sin ella no se cobra,
de lo que se pierde, nada.Sin embargo, aquella gente
se echa tanto el alma atrás,
que es la cosa más frecuente
perder la joya excelente,
y no recobrarla más.Causará sin duda espanto
su locura; pero ¡qué!
¿Nada igual aquí se ve?
¿No hacen muchos otro tanto
con la joya de la fe? (aquí terminaba el P. Ortego, pero al parecer seguía un poco más)Y sus luces, en verdad,
son las que nos guían solas
a puerto de claridad
en la noche y en las olas
de la ruda adversidad.
Que San Anselmo nos ayude a terminar con Aquella que tuvo más fe que toda la humanidad de todos los tiempos junta y más que los ángeles todos, si ellos pudieran ahora creer:
«Dichosa tú que has creído» Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo el que cree, como María,
concibe y da a luz al Verbo de Dios y proclama sus obrasQue resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando íntegra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios.
El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María, la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor»[19].
¡¡Ave María… y adelante!!
Donde hablamos de combates y enemigos:
Videos de Perseverancia:
T1E18 — «Dos Banderas» — Estamos en una lucha 🔗 https://youtu.be/9oqeebPhPVI
T2E31 — «¡Luchad contra el demonio!» — Diaria lucha contra la tentación 🔗 https://youtu.be/RG1UJ4QFtFA
T4E38 — «Ha venido a traer la espada» — «No podemos no tener enemigos» (Mt 10) 🔗 https://youtu.be/3nmD8KbJXA8
T4E1 — «¿Existe el mal?» — Qué es el mal y qué hacer ante él 🔗 https://youtu.be/L4CR20PSwec
T2E48 — «No bajemos los brazos» — Hay que morir combatiendo por Dios 🔗 https://youtu.be/zjeuYCeymYA
T1E6 — «El Pecado» — Enemigo del alma 🔗 https://youtu.be/HUcuzfZcVeg
📄 Blog — verbo.vozcatolica.com
«Conciencia de enemigos» — Post largo: parte de un castillo medieval para reflexionar sobre que los medievales tenían clara la existencia de enemigos, lo aplica al hoy (ideología de género, medios, gobierno, cultura). Muy usable para un artículo o retiro. 🔗 https://verbo.vozcatolica.com/conciencia-de-enemigos/
🎓 ejerciciosespirituales.org
«Debilidades y fortalezas de nuestras murallas» (2024) — Usa a Sun Tzu (El arte de la guerra) para hablar del combate espiritual y el conocimiento del enemigo según San Ignacio. Excelente para predicación.
🔗https://ejerciciosespirituales.org/wp-content/uploads/2024/12/2024_Debilidades-y-fortalezas-de-nuestras-murallas.pdf
En video: https://youtu.be/otkgZ6EmYdQ«Dos Banderas» (Segunda Semana, Jueves Santo) — Meditación completa sobre las dos banderas: la lucha cósmica, la radicalidad del combate, «o con Dios o contra Dios». 🔗 https://www.ejerciciosespirituales.org/download.php?id=wp-content/uploads/predicadores/Semana+Santo+2020/Tanda+larga/Jueves+Santo/Meditacion+10/Meditacion+10+Dos+banderas.pdf
En video: https://youtu.be/J9Qney2eQmE
[1] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janes, Barcelona 1994, 176. El resaltado es nuestro.
[2] R. Lulio, Libro del orden de caballería. Príncipes y juglares, sexta parte.
[3] Hom. 33 in Matth., 1-2. Cit. en: C. M. Buela, IVE, Sacerdotes para siempre, Obras Completas 3, Monte Pueyo, Barbastro 2022, 234.
[4] S. Th. II-II, q. 10, a. 3.: «Respondeo dicendum quod omne peccatum formaliter consistit in aversione a Deo, ut supra dictum est. Unde tanto aliquod peccatum est gravius quanto per ipsum homo magis a Deo separatur. Per infidelitatem autem maxime homo a Deo elongatur, quia nec veram Dei cognitionem habet; per falsam autem cognitionem ipsius non appropinquat ei, sed magis ab eo elongatur. Nec potest esse quod quantum ad quid Deum cognoscat qui falsam opinionem de ipso habet, quia id quod ipse opinatur non est Deus. Unde manifestum est quod peccatum infidelitatis est maius omnibus peccatis quae contingunt in perversitate morum».
[5] Ibid.: «Secus autem est de peccatis quae opponuntur aliis virtutibus theologicis, ut infra dicetur».
[6] S. Th., II-II, 34, 2.
[7] S. Th., II-II, 20,3.
[8] F. Sardá y Salvany, El liberalismo es pecado, 1887, «De la especial gravedad del pecado del liberalismo».
[9] S. Th., IIª-IIae, q. 162 a. 7 ad 3.: «Ad tertium dicendum quod non oportet esse eundem ordinem virtutum et vitiorum. Nam vitium est corruptivum virtutis. Id autem quod est primum in generatione, est postremum in corruptione. Et ideo, sicut fides est prima virtutum, ita infidelitas est ultimum peccatorum, ad quam homo quandoque per alia peccata perducitur. Super illud Psalmi, exinanite, exinanite usque ad fundamentum in ea, dicit Glossa quod coacervatione vitiorum subrepit diffidentia. Et apostolus dicit, I ad Tim. I, quod quidam, repellentes conscientiam bonam, circa fidem naufragaverunt».
[10] Explico esto de la contrición perfecta en este video: ¿Comulgo y después me confieso? (https://youtu.be/dhtUca7dzw8)
[11] Dom Vonier, Doctrina y clave de la Eucaristía, «La fe». El resaltado es nuestro.
[12] San Juan de Ávila, Audi Filia, cap. 47.
[13] Ibid., cap. 32.
[14] S. Th., III, 80, 5, ad 2: «Plus tamen ponderat impedimentum ipsius caritatis quam fervoris eius. Unde etiam peccatum infidelitatis, quod funditus separat hominem ab Ecclesiae unitate, simpliciter loquendo, maxime hominem ineptum reddit ad susceptionem huius sacramenti, quod est sacramentum ecclesiasticae unitatis, ut dictum est [q. 67, a. 2; q. 73, a. 2 sc.; a. 4]. Unde et gravius peccat infidelis accipiens hoc sacramentum quam peccator fidelis; et magis contemnit Christum secundum quod est sub hoc sacramento, praesertim si non credat Christum vere sub hoc sacramento esse, quia, quantum est in se, diminuit sanctitatem huius sacramenti, et virtutem Christi operantis in hoc sacramento, quod est contemnere ipsum sacramentum in seipso. Fidelis autem qui cum conscientia peccati sumit, contemnit hoc sacramentum non in seipso, sed quantum ad usum, indigne accipiens. Unde et Apostolus, I Cor. XI, assignans rationem huius peccati, dicit, “non diiudicans Corpus Domini”, idest, “non discernens Ipsum ab aliis cibis” [Glossa Lombardi: PL 191, 1647], quod maxime facit ille qui non credit Christum esse sub hoc sacramento». Cit. en: C. M. Buela, IVE, Pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación, EDIVI – Editrice Verbo Incarnato, Segni 2006, 187-188.
[15] Mons. J. Straubinger, La Sagrada Biblia, nota a Jn 16, 9.
[16] St 2, 14-18: Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento de cada día, y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», sin darles lo necesario para el cuerpo, ¿de qué les aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma. Y dirá alguno: «Tú tienes fe, y yo tengo obras». Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.
[17] San Ireneo, Adversus hereses, Libro 4, 6.
[18] ¡Aguate La Finca! https://verbo.vozcatolica.com/aguante-la-finca/
[19] San Ambrosio, Del Comentario de san Ambrosio, obispo, sobre el evangelio de san Lucas, Libro 2, 19. 22-23. 26-27: CCL 14, 39-42.





siga escribiendo, lo leemos a sorbitos porque tiene mucha sustancia 👍🏻
Un banquete de lectura! Invita a releerlo detenidamente
Muchas gracias Padre Gustavo.
Dios lo bendiga.
Para lo que quiere escuchar tiene a todos los demás, para decirle la verdad sin filtros, me tiene a mí.
Padre, se lo digo sin adornos porque lo conozco: este texto suyo confirma lo que muchos ya perciben de usted. Usted no escribe, usted compila.
Otra vez lo mismo: citas, referencias, “la tradición dice”, “tal autor afirma”… y usted, ¿dónde está? Su voz no aparece. Su pensamiento no aparece. Es como si tuviera miedo de decir algo que no venga previamente avalado. Y así, su texto termina siendo seguro… pero vacío.
Porque citar no es pensar. Y usted se escuda en la cita como si fuera argumento. No lo es. Es autoridad prestada. Es hablar con muletas cuando claramente podría caminar solo, pero no se atreve.
Y se vuelve peor cuando uno nota que ni siquiera está usando esas citas para construir algo propio. Solo las encadena. No hay síntesis, no hay tensión, no hay una idea que diga: “esto es mío”. Es un eco. Un eco bien formado, sí, pero eco al final.
Lo más duro es esto: su texto no suena a convicción personal, suena a “cumplimiento”. Como si estuviera diciendo lo correcto para no equivocarse, en lugar de decir algo verdadero porque lo ha pensado de verdad. Y eso, en alguien que predica, pesa.
Usted tiene formación, tiene herramientas, tiene años… pero escribe como si no confiara en nada que no venga firmado por otro. Y así, inevitablemente, suena intercambiable. Podría haberlo escrito cualquier otro sacerdote formado en lo mismo, y no se notaría la diferencia.
Padre, con todo respeto: mientras usted no deje de esconderse detrás de otros, nadie va a escuchar realmente lo que usted piensa… porque no está ahí. Rezamos hasta la muerte!!! 😉
Gracias padre, continúe escribiendo y guiándonos en todo lo relacionado con la salvación. La respuesta a esa pregunta ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Quisiera compartirle una inquietud.
La sana doctrina, ¿Dónde nos basamos para aprender, enseñar y defender la sana doctrina? ¿El catecismo de la Iglesia católica? Existe algún sitio donde este todo agrupado y explicado?
Reconozco el valor primordial de las Sagradas Escrituras, pero hasta un texto fuera de contexto termina siendo un pretexto para justificar conciencias erradas; ¿Cómo purificamos nuestras conciencias y como iluminamos las conciencias de los demás cuando muchas veces los mismos pastores de la Iglesia ofrecen mensajes ambiguos e incluso, errados?
¿Dónde hallamos la fuente de la Verdad explicada, no digerida, sino explicada en sus fundamentos para de esa forma tener argumentos validos contra las fuentes del error?
Necesitamos construir conciencias rectas con argumentos que defiendan la fe, y de esa manera estar dispuestos a dar razones de nuestra esperanza. Sobre todo mi preocupación subyace a los entornos comunitarios, y me refiero a comunidades parroquiales o grupos de oración o de jóvenes (y no jóvenes), donde una cultura claramente modernista, subjetivista, relativista, sentimentalista y contra la moral católica, van ganando terreno; un terreno propicio dado para que incluso los mismos catequistas, laicos y sacerdotes, promuevan y defiendan los errores hasta atacando a quienes no opinan igual.
Apelando a la misericordia justifican el pecado, citando episodios del evangelio donde Nuestro Señor se relacionaba con los pecadores, abren las puertas al pecado sin un llamado a la conversión.
Siento que existe una pastoral muy amoldada y permisiva, un evangelio adaptado y unas exigencias evangélicas que dejaron de serlo. Hoy por por hoy pareciera que «lo que importa es amar» -como me dijo una vez un sacerdote-, y que no es sino, un reflejo de lo que muchos creen, no importa la manera, el modo lo ponés vos, sos vos quien decide como se debe amar, a mi nadie me puede decir como se tiene que amar, eso es algo que lo decido yo; mientras yo considere que estoy amando, listo, estoy salvado; ¡nos vemos en el Cielo! pero, ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestra conciencia es recta? ¿Cómo podemos estar seguros de que la verdad anida en nuestras conciencias y que solo de nosotros depende el juicio que debemos hacer de nuestros propios actos e inclinaciones de nuestro corazón? la puerta estrecha termina siendo bastante ancha y no muy difícil de alcanzar. Ha quedado cegado con error el entendimiento, como citabas a San Juan de Ávila.
Concluyo pues volviendo a la pregunta inicial, en la era de la informática y la globalización de la información y donde cada vez tenemos menos tiempo para dedicarnos a leer, discernir y buscar la información necesaria, ¿existe algún sitio con formación en la sana doctrina?
¡Gracias por leer y gracias por lo compartido!
Me quedo sin palabras. Mucho para meditar y actuar. Gracias por sus enseñanzas Padre, mil gracias. Evangelizar, lo mejor que podemos hacer por el prójimo, y qué bien lo hace Padre. Dios lo bendiga
Sí, efectivamente, soy un divulgador, así se denomina esta manera de escribir. Bendiciones!