Doblo mis rodillas…

No somos ángeles; pero ni siquiera espíritus encerrados en un cuerpo. Nuestra composición hilemórfica nos habla a las claras que somos cuerpo y alma, materia y espíritu, unidos de una manera misteriosa y perfecta, hasta que la muerte los separe… por un tiempo.

Siendo las cosas así, no podemos expresar algo físicamente que no proceda o no tenga repercusiones en el alma; ni tampoco podemos albergar en nuestra alma ideas o quereres que de algún modo no se exterioricen en nuestro cuerpo.

Pero incluso este modo de expresarme quizás es un tanto deficiente por separar demasiado dos realidades tan pero tan unidas. Así, por ejemplo, Santo Tomás va a hablar de “pasiones del alma”, que podríamos traducir también por “sentimientos del alma”, cuando sabemos perfectamente que los sentimientos corresponden a nuestra parte corporal; pero sin duda está perfectamente expresado, dada la unión que venimos mencionando.

Trasladándome por Italia hace un par de años, el conductor –un sacerdote nuestro, doctor en filosofía, y a cargo mucho tiempo del proyecto “Proyecto Cultural Cornelio Fabro”[1]– me comentaba, siguiendo a este gran tomista, cómo para expresar esto que estoy tratando de transmitirles, afirmaba que cuando por ejemplo agarramos alguna cosa con la mano, es el alma misma que lo agarra, como si dijéramos que a nuestra mano le ponemos 4 o 5 guantes y agarramos algo: sin duda es nuestra mano la que está agarrando ese “algo”, más allá de los guantes.

Es más, creo que puede dar un poco de luz a lo que estamos afirmando, traer aquello de Santo Tomás donde afirma que “las cosas espirituales no están contenidas en las materiales aunque estén en ellas; así, no es el alma la que es contenida por el cuerpo, sino más bien que ella contiene al cuerpo[2].

Dicho lo dicho, sigamos a lo que nos dirigimos, y es al hecho de mostrar como la postura corporal, habla de qué tenemos en nuestra alma, y en lo litúrgico se ve más claro aún. ¿Por qué tenemos lo que tenemos? Que lo juzgue Aquel quien tenga que hacerlo.

Quizás a los lectores hispanoamericanos no les toque de cerca –¡gracias a Dios!–, pero aquí en Europa no es tan difícil verlo, lamentablemente. Me refiero al hecho de no arrodillarse durante la Consagración en la Santa Misa (cuando sé que pasa eso en algún lado, después de la Consagración no miro al pueblo, me hace mal…). Y hablo de ese momento porque es el más claramente mandado por la Iglesia:

[Los fieles] estarán de rodillas durante la consagración, a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Los que no se arrodillen para la consagración harán una inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración[3].

También está mandado el arrodillarse ante el Santísimo, ya expuesto en la Custodia, ya en el Sagrario[4]. Pero, claro, quien no lo hace durante la Misa, muy difícilmente lo hará después.

¿Por qué no se arrodillan? Nos viene bien este párrafo de Benedicto XVI:

Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (…) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a Aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central.

Y para completar, lo que al respecto hace un santo y, en contrapartida, lo que hace el demonio:

Se podría añadir mucho más, como, por ejemplo, la conmovedora historia que nos cuenta Eusebio de Cesárea en su Historia Eclesiástica, asumiendo una tradición que se remonta a Egesipo (siglo II), según la cual, Santiago, el “hermano del Señor”, el primer obispo de Jerusalén y “jefe” de la Iglesia judeo-cristiana, tenía una especie de piel de camello en las rodillas porque siempre estaba de rodillas, adorando a Dios y suplicando el perdón para su pueblo (II 23,6). O el relato de las sentencias de los Padres del desierto, según el cual el diablo fue obligado por Dios a presentarse ante un tal abad Apolo, su aspecto era negro, desfigurado, con miembros de una escualidez espantosa y, sobre todo, no tenía rodillas. La incapacidad de arrodillarse aparece, por decirlo así, como la esencia misma de lo diabólico[5].

Ya me imagino quien se “alegra” cuando ponen bancos o sillas en las iglesias pero no ponen reclinatorios, o cuando un sacerdote no quiere dar la Comunión a un fiel que con todo derecho la pide de rodillas. Es un modo de decir: “Aquí no hay nadie a quien adorar…”.

Y si justamente, la esencia misma de lo diabólico es la imposibilidad de arrodillarse, será entonces porque es una muestra concreta de un acto imposible para él, como es la adoración. Nos enseña el Catecismo:

En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. «La Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión[6].

Hemos perdido el sentido de la adoración, o al menos eso ha intentado el progresismo. Y hace unos 80 años escribía San Alberto Hurtado:

Ojalá, pues, mi querido Hugo, que te empapes de calma, de adoración. Esta última palabrita es la que más quiero recalcarte: adoración. Tratar de palpar la inmensa grandeza de Dios, algo de lo que se ve en el Antiguo Testamento y que una explicación excesivamente dulzarrona nos hace olvidar a veces. Es absolutamente necesario el intimar con Cristo, el sentido de una fraternidad con Él, pero que nada nos haga olvidar la distancia infinita que nos separa; que si Él nos llama sus hijos no es porque tengamos derecho, sino por un gesto de su infinita bondad[7].

“Explicación excesivamente dulzarrona…” Uff… sí que ha faltado virilidad en nuestras catequesis y demás… (¡ojo que Santa Teresa les decía a sus monjas que tenían que ser fuertes como “varonas”!) y hay que ser bien hombres para defender al Señor, tan hombre como para dar la vida por Él[8].

Pero sí, volviendo a la “adoración”, me parece que es ese el problema sobre todo. El hombre moderno quiere ser el señor y dueño, su propio Dios. Nosotros que estamos en la Iglesia a eso lo tenemos bastante claro, en principio; pero es muy difícil que no se nos salpique lo que se respira “fuera”; es difícil no ser hijos de nuestro tiempo. Por eso, con prudencia, pero hay que hacer la contra a esta falta de adoración privada y pública al Señor.

Es así que yo doblo mis rodillas ante el Santísimo Sacramento…

… porque creo que está “ahí” real, verdadera y sustancialmente el mismo Dios Encarnado, y ante Dios –y con su gracia sólo ante Él– me arrodillo, porque “solo al Señor adorarás” (Mt 4,10).

… porque no concibo otro tipo de postura al estar en oración ante Aquel que se quedó humildísimo bajo las apariencias de Pan, para acompañarnos hasta el fin de los tiempos.

… porque no podemos separar la Eucaristía de su Pasión, como dirá Santo Tomás: “Al ser la Eucaristía el sacramento de la Pasión de nuestro Señor, contiene en sí a Jesucristo, que sufrió por nosotros”[9]; y no puedo estar ante esa Realidad, simplemente sentado… no, ante Cristo y su Cruz, no puedo…

… porque como mi oración es por momentos (y muchos momentos) tan pobre, quiero que al menos mi cuerpo todo el tiempo diga lo que tenga que decir, muestre lo que tenga que mostrar, y en algunos momentos –pocos por cierto– sufra lo que tenga que sufrir.

… porque arrodillándome ante la Eucaristía hago también lo de San Pablo: “doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15).

… por mis pecados, sobre todo por mis pecados…

… porque cada genuflexión al pasar por el Sagrario o al entrar a una Iglesia es un acto de adoración que intenta reparar tantos pecados cometidos. ¡Dios quiera lleguen a ser tantas genuflexiones como pecados…!

 … porque antes que después me presentaré en mi juicio particular ante el Señor de Señores, ante quien sin lugar a dudas caeré de rodillas, y al pensar e intentar imaginar ese momento, fascinante y tremendo al mismo tiempo[10], no puedo sino mantenerme de rodillas todo el tiempo que esté ante ese mismo Señor de Señores pero “in specie alliena”, es decir, en otra “especie”, o sea bajo los velos Eucarísticos.

… porque si fuera consciente de mis pecados debería estar todo el tiempo ante la Eucaristía llorándolos; y llorar los pecados se puede hacer mejor arrodillado…

… porque “hay mucho para penar, para dolerse y para llorar porque los sacerdotes son «los ojos de la Iglesia, cuyo oficio es llorar los males todos que vienen al cuerpo»”[11].

Por supuesto que mucho de lo que digo es personal, subjetivo, y alguien puede tener una oración mucho más perfecta y agradable a Dios sentado. Cada uno es libre, en lo que es libre; pero no arrodillarse cuando la iglesia lo manda, bueno… solo decir que la verdadera libertad está en el obedecer… ¡a quien servir es reinar!

Que María Santísima, quien adoró a su Hijo ya en Belén y lo siguió haciendo hasta al pie de la Cruz, y por toda la eternidad, nos ayude a ser verdaderos adoradores.

¡Ave María y adelante!

 

Agrego un texto excelente de Mons. Fulton Sheen, del libro «El Sacerdote no se pertenece».

 

SENTARSE O ARRODILLARSE

¿Debemos hincarnos, sentarnos, ponernos de pie o caminar durante la Hora Santa? La Sagrada Escritura indica ejemplos de cada una de estas actitudes. El publicano que se paró en la parte de atrás del Templo tenía justificación. San Simplicio, que sucedió a San Ambrosio como obispo de Milán, le preguntó a Agustín cuál era la actitud debida para rezar, y por qué David no se había puesto de rodillas para orar ante el tabernáculo. Agustín replicó que uno debe adoptar la mejor posición corporal más adecuada para mover el alma. Aristóteles dijo que sentándose el alma era más sabia. La regla de San Jerónimo era que el orar y meditar, el cuerpo siempre debería tomar la posición que pareciera mejor para excitar la devoción interna del alma.

El sentarse es algunas veces asociado con desesperación y decaimiento en la Escritura. Cuando Israel fue llevado al cautiverio, y Jerusalén se encontraba desierta: …el profeta Jeremías se sentó ahí y lloró. Lam 1,1.

Elías, también, en su desesperación, se sentó bajo una retama y pidió para sí la muerte (II Re 19,4). Los exilios de Jerusalén se retratan en el Salmo: Junto a  los ríos de  Babilonia, allí  nos sentábamos y llorábamos, acordándonos de Sión. Sal 136,1.

Cuando Moisés estaba rezando por la victoria en contra de Amalec, como las manos de Moisés se cansasen, tomaron ellos una piedra, pusiéronsela debajo y sentóse sobre ella Ex 17,12.

Por otro lado, Nuestro Señor rezó de rodillas en el Huerto: Se postró con el rostro en tierra (Mt 26,39). Esteban, puesto también de rodillas: clamó a gran voz: Señor, no les imputes este pecado (Hech 7,60). Después de producido el milagro de los peces, Simón Pedro hincado cayó y se abrazó a las rodillas de Jesús; ¡apártate de mí, Señor, porque yo soy un pecador!. (Lc 5,8). San Pablo evidentemente oró, hincado: Por eso doblo mi rodilla ante el Padre Nuestro Señor Jesucristo (Ef 3,14). El joven que llegó hasta Nuestro Señor preguntando qué debería hacer para recibir la vida eterna …se arrodilló ante Él (Mc 10,17). Aun cuando los soldados se burlaron de Nuestro Señor, después de golpearlo en la cabeza con una caña y de haberlo escupido, le hacían reverencias doblando la rodilla (Mc 15,19). El gesto del ridículo es una simple burla del gesto de adoración.

Cuando Nuestro Señor se fue al Huerto habiéndose arrodillado (Lc 22,41). Cuando Pedro resucitó a Tabita de entre los muertos se puso de rodillas e hizo oración (Hech 9,40). Cuando Pablo fue a Éfeso e hizo memoria de las palabras dichas por Nuestro Señor, fuera de los Evangelios, registradas en la Escritura (Más dichoso es dar que recibir), se puso de rodillas e hizo oración con todos ellos (Hech 20,35-36). El Salmista usó una expresión parecida: Venid, adoremos e inclinémonos, caigamos de rodillas ante Yahvé que nos creó (Sal 94,6). La madre de los hijos de Zebedeo adoptó la misma posición cuando buscaba preferencia para sus dos muchachos, y posternándose como para hacerle una petición… (Mt 20,20).

El padre que tenía al hijo lunático vino a Nuestro Señor y doblando la rodilla le dijo: «ten piedad de mi hijo porque es lunático» (Mt 17,14). El leproso que llegó hasta Nuestro Señor en la sinagoga en Galilea para ser curado, arrodillándose, dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme (Mc 1,40).

La condición que el demonio impuso a Nuestro Señor para darle todos los reinos del mundo, era semejante a ponerse de rodillas: si te posternas delante de mí y me adoras (Lc 4,7).

Pedro, por el contrario, estaba de pie cuando se calentaba ante el fuego (Jn 18,18-25).

La conclusión es obvia: es mejor estar de rodillas durante la Hora Santa, ya que indica humildad, sigue el ejemplo de Nuestro Señor en el Huerto, expía nuestras faltas y es un gesto de natural cortesía ante el Rey de Reyes.

[1] https://www.corneliofabro.org/

[2] S. Th., IIIª q. 62 a. 3 arg. 3.

[3] Ordenación General del Misal Romano (OGMR), n. 43.

[4] Ritual del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, n. 84

[5] J. Ratzinger, El Espíritu de la Liturgia. Una introducción, Ediciones Cristiandad, 236. (Cuarta Parte — La forma litúrgica, capítulo El cuerpo y la liturgia, sección Las posturas). El resaltado es nuestro.   

[6] CEC, n. 1378.

[7] San Alberto Hurtado, Carta al Sr. Hugo Montes Brunet, 24 de junio de 1948, Santiago. Cartas e Informes, 214. El resaltado es nuestro.

[8] Puede servir: Que sea un hombre

[9] In Ioannem, c. 6, lect. 6, n. 963

[10] Comparte algo de lo que ya se da en la tierra con la liturgia; puede servir, de nuestro fundador: https://www.padrebuela.org/mysterium-tremendum-et-fascinans/

[11] San Juan de Ávila, Escritos sacerdotales, Madrid 1969, 209. Cit. en: Carlos M. Buela, Sacerdotes para siempre, Obras completas, 304.

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