«La confusión no era mía»: carta de una lectora

La confusión espiritual que vive tanta gente hoy —incluidos muchos católicos— no es solo personal: es de época. Eso es precisamente lo que Larissa descubrió al leer “De espaldas a Dios”.

“La confusión no era mía” es el “asunto” de un correo electrónico que me envió y que me puso muy contento.

Por supuestísimo: la obra es de Dios (es también por lo que rezo por los lectores); pero una de las alegrías más grandes que podemos tener en esta vida es ser sus instrumentos. Instrumentos débiles y defectuosos… ya sabemos que Dios elige lo que no cuenta para confundir a los grandes de este mundo[1].

Larissa, a quien pedí permiso para publicarlo, de algún modo toca todos los temas que “me son” más sensibles… pero no los quiero comentar, porque mejor que lo haga ella directamente.

¡Muchas gracias, Larissa! Y gracias también a todos los que ayudaron a que este hermoso fruto fuera posible.

Como lo envió con varios resaltados en colores, pongo debajo la imagen de su correo por si quieren leer el “original”.

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Carta de Larissa Raygoza

Padre Lombardo:

No sé si alguna vez leerá estas líneas, pero considero un deber escribirlas.

Llegué a sus ejercicios espirituales providencialmente. No sé cómo, solo sé que aparecieron. Había intentado anteriormente consagrarme a la Santísima Virgen María mediante los Heraldos del Evangelio y no perseveré. No era mi momento. En cambio, cuando aparecieron los ejercicios ignacianos, encontré en ellos una fuerza extraña y serena que me impedía abandonarlos. Comprendí después que aquellos ejercicios eran preparación para algo mayor: aprender nuevamente a obedecer.

Así es como di con usted y con su libro De espaldas a Dios. Y le escribo porque su libro me ha concedido una gracia que no esperaba.

Durante años creí que mi situación era un problema exclusivamente personal. Pensaba que yo era la confundida. Que mi desorden procedía únicamente de mis errores, de mis búsquedas, de mis vacilaciones y de mis propias contradicciones. Su libro me permitió comprender que la confusión que he vivido no era solo mía, ¡es una confusión de época!, ¡es una atmósfera espiritual!, ¡es el aire mismo que respiramos! 

Yo crecí en la fe católica. Nunca fui realmente arrancada de ella. Incluso en los años en que exploré otros caminos, jamás desapareció en mí una certeza silenciosa: Jesús es el centro. Sin embargo, me vi expuesta a todas las formas posibles de espiritualidad contemporánea. Conocí ambientes holísticos, discursos esotéricos, medicinas ancestrales, psicologías espirituales, filosofías orientales, prácticas de expansión de conciencia… y todo aquello que hoy se presenta como búsqueda de plenitud. No hablo desde la teoría. Hablo desde la experiencia. Probé. Observé. Escuché. Busqué. Y precisamente porque busqué, pude constatar algo que hoy me parece evidente: todas esas corrientes contienen fragmentos de verdad, intuiciones parciales, destellos auténticos; pero ninguna posee el centro. Todas terminan girando alrededor del hombre. Cristo, en cambio, desplaza al hombre de su trono. 

Durante mucho tiempo soporté una violencia interior difícil de describir. Cada vez que defendía una verdad de la fe, se me acusaba de rigidez. Cada vez que señalaba una contradicción, se me hablaba de tolerancia. Cada vez que distinguía entre verdad y error, se me respondía que »todos los caminos conducen al mismo lugar». Llegué a creer que el problema era mío, que no era tan mansa como Jesús, que no me estaba pareciendo a Él. Llegué a sospechar de las mismas intuiciones que Dios había puesto en mi corazón. Y digo esto con lágrimas en los ojos. Llegué a pensar que defender la verdad era una forma de orgullo. Por eso su libro me produjo un efecto tan profundo. No porque me enseñara algo completamente nuevo, sino porque puso nombre a algo que llevaba años contemplando sin lograr articularlo del todo. No podía hablar con nadie sin sentirme reducida (ni siquiera con un sacerdote), porque quedaba o como fanática religiosa o como perdida, así que tenía que guardarme todo esto y cargar con ello, »resolverlo sola» (¡qué difícil es encontrar un maestro espiritual!). Claro que nunca ha sido realmente así, tengo al mejor Maestro de todos los tiempos.

He comprendido que la mezcla indiscriminada de doctrinas, la disolución de las diferencias esenciales, el irenismo sentimental y la incapacidad de afirmar la verdad no son simples fenómenos aislados. Son síntomas. Y detrás de ellos se encuentra una crisis espiritual mucho más profunda. También comprendí algo sobre mí misma. Comprendí que muchas veces yo había permanecido callada no por humildad, sino por miedo. Miedo a parecer intolerante. Miedo a parecer soberbia. Miedo a sostener lo que intuía verdadero.

Dios se ha servido de muchos caminos para corregirme. Incluso de personas con las que hoy mantengo profundas diferencias. Porque la Providencia tiene la costumbre de utilizar instrumentos inesperados para humillar el orgullo y conducir al alma. Pero ninguna corrección auténtica consiste en relativizar a Jesús. Y eso es precisamente lo que hoy veo con claridad. Cristo no es una posibilidad entre otras. No es una tradición entre muchas. No es una experiencia espiritual más. No es el punto de encuentro de todas las religiones. ES EL CRITERIO. ES EL CENTRO. ES EL VERBO POR QUIEN TODO FUE HECHO. Todo lo verdadero encuentra en Él su plenitud. Y todo lo que se separa de Él termina inevitablemente fragmentándose.

Dato curioso.

Antes de encontrar sus ejercicios, alguien me recomendó leer La Bruja, de Jules Michelet “para que se me abriera la mente”. Leí aquel libro y lo terminé arrojando a la basura durante uno de esos momentos de súbita lucidez espiritual que Dios concede a veces. Sin embargo, recuerdo que allí se hacía de San Ignacio de Loyola una caricatura grotesca. Michelet lo presentaba casi como un enemigo de la libertad humana. Hoy sonrío al recordar aquello. Porque precisamente ese supuesto enemigo me condujo hacia una libertad infinitamente mayor que todas las promesas de autonomía que el mundo moderno me ofreció. Qué ironía tan profundamente cristiana. Aquello que el mundo desprecia termina siendo muchas veces el instrumento de Dios. En Dios todo es perfectamente y preciosamente aprovechado. ¡GLORIA, GLORIA, GLORIA A DIOS TODOPODEROSO! 

Su libro me ha devuelto la confianza en la inteligencia de la fe. Me ha recordado que amar y defender la verdad no es un acto de intolerancia. Y me ha ayudado a reconciliar intuiciones que durante años cargué en silencio. Ha sido como llegar a un manantial; beber, bañarme, comer y descansar, ¡para luego seguir en la lucha! Por todo ello le doy las gracias. Reconozco en su trabajo una defensa valiente de la Verdad, esa Verdad por la que vale la pena morir, pero sobre todo vivir, custodiarla, y, lo más difícil: encarnarla. ¡Que Dios nos ayude a todos! 

Con profunda gratitud y respeto en Cristo,

Larissa Raygoza

33 años – Tijuana, México 📍

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¡Ave María y adelante!

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Y si todavía no leíste De espaldas a Dios, este testimonio es quizás la mejor invitación para hacerlo. Podés conseguirlo aquí, desde cualquier país.

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[1] Cf. 1 Cor 1,27-29: «Dios ha elegido lo necio del mundo para confundir a los sabios; lo débil del mundo ha elegido Dios para confundir a lo fuerte; lo vil y lo menospreciado del mundo ha elegido Dios —lo que no es— para deshacer lo que es, a fin de que nadie se gloríe delante de Dios».

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