¡¡Yo voto por la estrella de siempre!! – La estrella de Belén… entre Venus y el milagro

 

Aunque no tengo la cita porque lo escuché en una charla hace unos 20 años, no se me borró nunca de la memoria esta aseveración del filósofo y teólogo alemán Dietrich von Hildebrand: «en nada se ha metido tanto el satanismo como en la exégesis bíblica».

Empezando en el campo protestante pasó después al católico y no ha dejado muñeco con cabeza… bueno, sí, algunas cabezas aún quedan, pero ha hecho verdaderos desastres. Un sacerdote amigo, hace también años –el tiempo pasa demasiado rápido, gracias a Dios…– luego de dar una clase en un instituto perteneciente a un obispado, vino a hablarle una religiosa y le dijo: «hoy, padre, me ha devuelto la fe». ¿De qué había hablado el sacerdote? De la Sagrada Escritura, entendida como siempre se ha entendido, es decir, de manera “pecaminosa”, según lo comenta el P. Miguel Fuentes en la introducción de su comentario a San Lucas: «Dejo constancia de antemano de haber cometido notables pecados que algunos “exégetas modernos” no me perdonarán ni en este mundo ni en el otro (en el que algunos de ellos no creen)». Y agrega con su fina ironía tan esclarecedora:

«Confieso, en efecto, y sin arrepentimiento alguno, creer que todo lo que dice san Lucas, a quien he tomado un particular cariño después de convivir diariamente juntos los últimos años, es verdad y la pura verdad; he aceptado como ciertos todos los milagros que él relata; considero que donde dice demonios se entiende demonios, así como “curar leprosos” lo he tomado como “curar leprosos”, “multiplicar panes” como equivalente de “multiplicar panes”, y “resucitar muertos” en el sentido de “hacer que un muerto deje de estar muerto para volver a estar vivo”. Acepto no ser jamás perdonado por reputar que el Evangelio firmado por el médico Lucas lo escribió el mismo médico Lucas, sin que ninguna comunidad primitiva le haya plagiado la pluma ni el nombre; del mismo modo que considero que la última página de este Evangelio ya se leía entre los primeros cristianos cuando todavía Tito no había enlodado sus botas entre los escombros de la vencida Jerusalén. Cosas todas, lo reconozco, que impedirían la digestión de una buena parte de los biblistas contemporáneos (cuyo proceso digestivo quedará incólume, puesto que a ninguno se le ocurriría mirar más allá de las tapas de este libro)»[1].

Estando así las cosas, por supuesto que hay que tener muuuucho cuidado de qué se lee… confieso haberme enojado «un tanto» al leer ciertos comentarios a pie de página de ciertas ediciones de la Biblia y no haber vuelto por años a echarles un ojo (aunque sí al texto Bíblico, porque es una buena traducción –o era, porque van sacando nuevas y cada vez peorcitas…–). En esos comentarios suele notarse que el autor, por más erudito que sea, no tiene un solo miligramo de fe… y, por tanto, no merece –salvo con un fin apologético– ni un milisegundo de nuestra atención… «de los herejes, ni los libros de matemáticas» como enseñaba un cura sabiondo argentino, que luego de leer, por obligación de su deber de estado, a Hegel, se rezaba un Credo…

Además, y a esto es a lo que apunto, me da la impresión de que el prurito cientificista se cuela también en gente de fe… Vivimos en los tiempos que vivimos y, mal nos pese, si ayudados por la gracia, no hacemos un brutal esfuerzo de antagonismo con el mundo –sí sí, la endiosada ciencia suena al más pútrido de los mundos…– siempre se nos terminará colando algo…

Y es lo que sucede, a mi modo de ver, con la estrella más nombrada, graficada, pintada, iluminada y representada, de toda la historia de la humanidad. Yo te pediría, querido lector o lectora, que dejes de leer en este momento estas humanas y pobres líneas, y tomes tu Sagrada Escritura, en su capítulo 2 de San Mateo, y leas del versículo 1 al 12, prestando atención a nuestra protagonista estelar –nunca mejor dicho–…

No, no sigas leyendo esto… por favor, haz lo que te digo…

Bueno… te lo dejo aquí, please, léelo aquí: (ver el texto) (no lo pongo en el post para evitar los cyber-tomates por el largor…)

(…)… el lector está haciendo caso…

(…) sigue en ello…

(…) casi termina…. ¡terminó!

¿Leído? Suponiendo que sí… si no, te pierdes el sorteo que tenemos para fin de año…, te pregunto ¿a qué te suena esa estrella? ¿A un cometa ebrio que perdió el rumbo? ¿A un meteorito rebelde que dejó su manada meteoral? ¿O quizás a un planeta que en éxtasis espacial salió fuera de órbita?

¿Acaso no es mucho más fácil, más de sentido común racional y sobrenatural (de fe) aceptar y creer que esa estrella fue, al menos, dirigida milagrosamente por Dios? Es más, Santo Tomás dirá que fue creada “ad hoc” (o sea, especialmente para esto), literalmente en el comentario a Mateo dirá: «fue creada especialmente al servicio de Cristo»[2], ¡Wow! ¡Qué hermoso suena! ¡Qué gran regalo es nuestra fe!

Pero resulta que en 1979 un científico (uuhhh … qué honor!) descubrió que justo ese año Venus, enamorada de Jupiter salió a presumirlo por el espacio sideral y se cruzó por Belén, que le quedaba de paso, y, entonces… bla bla bla bla… me importa un reverendo comino lo que diga la endiosada ciencia a este respecto. ¿Por qué?

  • Porque no tengo ningún problema de aceptar que Dios pudo haber hecho un milagro, aunque por esto me tilden de infantil…, ¡enhorabuena! ¡Allá vamos! Que ya sabemos de quiénes es el reino de los cielos…
  • Porque no hay ninguna bola rocosa que vuela por los aires que pueda hacer lo que la Sagrada Escritura dice que hizo esa estrella: aparece, desaparece, se frena delante de una casa, etc., etc., etc. (no olvides que confieso, con honra y emulación, los mismos terribles «pecados» del P. Fuentes, maestro de muchos de nosotros…).
  • Porque de Santo Tomás (citamos más abajo in extenso) y los padres de la Iglesia a los que alude (San Agustín, San Juan Crisóstomo, y otras autoridades) tienen muuuuchísimo más peso en estos ámbitos que cualquier cientifiquito post moderno. Autoridad dada nada más y nada menos que por la Santa Iglesia, y en cuanto al Angélico, con encomios y recomendaciones (y mandatos) únicos en toda la historia[3], y no sólo como teólogo sino también como filósofo (ciencia esta, la filosofía, muy superior a la que me propugna un telescopio…[4])
  • Porque la ciencia moderna por lo general no busca la verdad… claro, hay muchas y honrosas excepciones, o quizás sean muchos más los científicos que buscan la verdad pero los que «venden», los que más se conocen, y, por tanto, los que hacen «cultura» son los que o dicen lo que Mamona les indica, o la fama les impulsa, o su ateísmo pre-concebido les susurra al oído… como le sucedió a Stephen Hawking con la teoría del «Bing Bang», que como lo llevaba a tener que aceptar científicamente la creación, la abandonó rápidamente (¡¡¡vaya amor a la verdad!!!!).

Tomo esto último que afirmo de un artículo muy recomendable[5] del Dr. Daniel Ambrosini, el cual comienza así:

«El divulgador científico español Juan Antonio Aguilera Mochón, en su trabajo “Ciencia y Religión en los albores del nuevo milenio” (2005) afirma: “Por tanto, no se puede sostener -si no es por ignorancia o mala fe- que el origen de la vida es un problema que la ciencia no puede ni podrá explicar”. Este tipo de frases, comúnmente escuchadas en boca de divulgadores, pseudocientíficos o incluso en algunos científicos, las que a su vez son ampliamente propagadas por los medios de comunicación, resultan fuertemente intimidatorias para las personas que las reciben, llevando a un cierto grado de perplejidad y desconcierto por el cual resulta difícil, no sólo desmentir, sino contradecir las mismas totalmente y en parte, sin quedar expuestos al ridículo. Sin embargo, la inmensa mayoría de las veces, este tipo de frases no tiene un basamento científico y ni siquiera se acerca a la realidad concreta del problema planteado».

Por supuesto que adrede estoy recargando tintas a lo que digo y si es la primera vez que lees un post mío parecerá que estoy en contra de las ciencias y demás. ¡Para nada es así! De hecho, acabo de citar al Dr. Ambrosini, científico de los buenos, es decir, que también razona muy bien y, como si fuera poco, es hombre de fe.

El problema, repito, es el cientificismo moderno que es anti-verdad y que tiene sus propios dogmas (¡irracionales!),  casualmente contrarios a los dogmas revelados por Dios (¡suprarracionales!).  De este cientifismo es del que habla Benedicto XVI cuando afirma «la ciencia que aparta a Dios, está envenenada por la vanidad y es incapaz de admirar la creación del Señor»[6], y del que afirmó Chesterton: «la ciencia moderna comenzó por atacar a la religión, pero ahora ataca a la razón»[7].

Ante ese tipo de científicos no tengo ningún complejo, me río en la cara –con toda caridad, se entiende…– y ante todo lo que digan, si en la más minimísima nimiedad suena tenuísimamente contario a la fe (y tantisísimas veces también a la razón), no le dedico ni un «nano segundo» de mi tiempo (¿se dice así?…), salvo, claro está, que el Señor así me lo pida por motivos apologéticos o los que fueren… Pero por el hecho de que estén estos cientificoides ensalzados por el mundo –cargos, títulos honoríficos, dinero, fama, etc., etc.,– no me mueve un pelo en orden a darles una mínima cabida en mi pensar y sentir… es más, mientras más del mundo («científicos» en el sentido que venimos diciendo) se presenten, menos que menos les regalo una mínima «nano molécula» (ahí sí que estoy inventando…) de mis neuronas… Dios me regaló la razón en primerísimo lugar para conocerle a Él… si el que me habla lo desconoce… mejor hablo con el que vende verduras en la esquina…

Bueno… estoy con problemas últimamente porque pienso el post de una manera y sale algo más extenso… solo quería introducir un tanto algo de Santo Tomás, que es, por lejos, la cereza de la torta –la guinda del pastel aquí en España–, y que les comparto ahora:

¿La estrella que se apareció a los Magos fue uno de los astros del cielo?[8]

Argumento de autoridad: dice Agustín en el libro Contra Faustum: No era una de las estrellas que desde el inicio de la creación guardan el orden de sus recorridos bajo la ley del Creador; sino que, ante el nuevo parto de la Virgen, apareció una nueva estrella.

Respuesta. Hay que decir, como expone el Crisóstomo en Super Mt. 49, la estrella que se apareció a los Magos no fue uno de los astros del cielo. Y esto es claro por muchas razones.

Primero, porque ninguna otra estrella va por este camino, ya que ésta se desplazaba de norte a sur, pues ésta es la situación de Judea con relación a Persia, de donde vinieron los Magos.

Segundo, por el tiempo, puesto que se dejaba ver no sólo en la noche, sino también al mediodía. De esto no es capaz una estrella; y ni siquiera la luna.

Tercero, porque unas veces aparecía y otras se ocultaba. Cuando entraron en Jerusalén, se ocultó; luego, cuando dejaron a Herodes, volvió a aparecerse.

Cuarto, porque no se movía continuamente, sino que, cuando convenía que caminasen los Magos, ella se ponía en marcha; en cambio, cuando convenía que se detuviesen, también ella se detenía, como acontecía con la columna de nube en el desierto (Ex 40,34; Dt 1,33).

Quinto, porque no mostró el parto de la Virgen quedándose en lo alto, sino descendiendo a lo bajo. En Mt 2,9 se dice que la estrella que habían visto en oriente los precedía, hasta que, llegando al sitio en que estaba el Niño, se detuvo. De donde resulta evidente que la expresión de los Magos: Vimos su estrella en oriente, no debe entenderse como si, estando ellos en el oriente, hubiese aparecido la estrella en Judea, sino como que ellos la vieron en oriente, precediéndoles a ellos hasta Judea (aunque algunos muestran sus dudas sobre esto). No hubiera podido señalar la casa con claridad de no haber estado próxima a la tierra. Y, como dice el propio Crisóstomo, este comportamiento no parece propio de una estrella, sino de una potencia racional. De donde se saca la impresión de que esta estrella fue un poder invisible transformado en tal figura.

Por lo que algunos sostienen que, como sobre el Señor bautizado descendió el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3,16; Me 1,10; Le 3,22), así se apareció a los Magos en forma de estrella. Otros, en cambio, dicen que el ángel que se apareció a los pastores en forma humana (cf. Lc 2,9) se apareció a los Magos en figura de estrella. Sin embargo, parece más probable que fuese una estrella creada de nuevo, no en el cielo, sino en la atmósfera próxima a la tierra, y que se desplazaba a voluntad de Dios. Por lo que el Papa León dice en un Sermón sobre la Epifanía: En la región del Oriente se apareció a los tres Magos una estrella de claridad desconocida que, al ser más fulgurante y hermosa que los demás astros, atraía sobre sí los ojos y los corazones de los que la miraban, para que se advirtiese al punto que no era vano lo que tan insólito parecía.

–––-

Y hablando de estrellas y en tiempos de Navidades… casi obligadamente tengo que terminar con esta hermosísima oración:

 

¡Oh! quienquiera que seas el que en la impetuosa vorágine de este mundo te ves, más fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar por tierra, no apartes los ojos del resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las tormentas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, o de la detracción, o de la ambición, o de la emulación, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado ante la memoria de la enormidad de tus pecados, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a sumergirte en el abismo sin fondo de la tristeza, en el barranco de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si le ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la Virgen era María. (San Bernardo)

 


[1] M. Á. Fuentes, Comentario al Evangelio de San Lucas, Ediciones Aphorontes, San Rafael 2017, 5.

[2] «ista specialiter creata fuit ad servitium Christi». Super Mt., cap. 2 l. 1

[3] Puede leerse: ¿Por qué Santo Tomás?

[4] Hablamos algo de esto, de la metafísica, en el post penúltimo: Navidad, transhumanismo y metaverso

[5] Dr. Ing. Daniel Ambosini, Ciencia y Fe, Revista Diálogo, 63, 2013,  33-64.

[6] https://www.aciprensa.com/noticias/benedicto-xvi-ciencia-que-aparta-a-dios-esta-envenenada-por-vanidad

[7]  Chesterton, “Relativity Against Reason”, The Illustrated London News, 13-XII-1919, CW, T XXXI, p 581.

[8] Santo Tomás, Suma Teológica, III, 36, 7.

Un comentario:

  1. Sí, Padre Gustavo esa estrella, fue enviada y dirigida por Dios… aunque traten de explicarnos «científicamente»… mi Fé también me la dió Dios con el Espíritu Santo.
    Los «hombres» buscamos formas de «explicarnos» los milagros y… no tienen explicación. Trataremos de buscar sin respuestas a la Verdad, sin embargo somos solo hombres imperfectos que para «enurgellecernos» aún afirmando lo innegable… y saber mas que Dios??

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