Cuando todo a nuestro alrededor parece tambalear, Dios levanta profetas. En el siglo XX, uno de esos profetas llevó sotana negra, una tiza en la mano y millones de almas pendientes de una pantalla: el arzobispo Fulton J. Sheen.
«Un profeta de nuestros tiempos» lo llamó Pío XII. Pero la verdadera estatura de un profeta no se mide por los aplausos, sino por cuánto sufre por Cristo y por su Iglesia. Y Sheen sufrió en silencio, con una lucidez que hoy nos interpela mucho más que en su propia época.
Vivió de lleno el desgarro de la Iglesia después del Concilio. Podría haberse acomodado a las modas, pero eligió la Cruz. Escribía con dolor:
Nos hemos alejado del estandarte de Cristo para ir hacia el del mundo. No nos preguntamos si “eso complace a Cristo”, sino más bien si “eso complace al mundo”… Nos casamos con este mundo y enviudamos del mundo que está por venir… Hemos abandonado la roca que es Cristo.
Estas palabras, escritas hace décadas, parecen dirigidas directamente a nuestra confusión actual.
Sheen no predicó una religión sin Cruz. Veía con claridad el engaño del hombre moderno: “quiere lo imposible: una religión sin cruz, un Cristo sin calvario, un reino sin justicia, y, en su iglesia, ‘un párroco que nunca hable del infierno’”. Sabía que una Iglesia que deja de hablar de la eternidad deja también de tomar en serio el pecado, la gracia y la conversión.
Para él la santidad no era un lujo piadoso, sino que todos los que quieran, contando con la gracia de Dios que nunca falta, pueden ser santos; eso sí, la santidad no puede darse junto al pecado: “La única diferencia entre un santo y un pecador es la actitud hacia el pecado: uno persiste en él; el otro llora amargamente”.
Y entendía que no podía darse este caminar a la Luz, sin la cruz: “Si falta un Viernes Santo en nuestra vida, jamás habrá un Domingo de Pascua… El hecho de morir en uno mismo es el preludio esencial de la verdadera vida para sí mismo”. En un mundo que nos repite que la felicidad está en evitar todo sufrimiento, él nos recuerda que solo la Cruz abre de verdad a la Vida.
Autor de más de sesenta libros y columnista, puso su cultivado ingenio al servicio del hombre común. Su programa semana “La vida merece ser vivida” contaba con más de 30 millones de telespectadores. Pero lo que a él más le importaba no eran los aplausos, sino las almas: “Siempre he sentido una profunda pasión por ayudar a los demás a encontrar la fe”.
También Fulton Sheen fue, en el sentido más profundo, un hombre eucarístico. Él mismo reconocía que su «secreto» no se encontraba en los libros ni en las cámaras de televisión, sino a los pies del Sagrario. Contaba cómo, visitando en París la antigua habitación del gran predicador Lacordaire, explicaba a los jóvenes que la mirada de aquel predicador se posaba, a través de una mirilla…
Y ¿qué veía? –se pregunta; y responde– ¡Veía el Sagrario, veía el Santísimo! Eso es lo que confirió grandeza a Lacordaire. No hay explicación completa de Fulton J. Sheen en esos libros o en esas grabaciones. Debéis buscar un secreto que procede de fuera, de allí donde la ciencia se convierte en sabiduría, es decir, únicamente a los pies de Cristo y de su Santo Sacramento. En consecuencia, que todos los que entren en esta sala recuerden esa mirilla. ¡Mirad a través de ella y tendréis entonces la explicación de Fulton John Sheen!
Su vida entera fue celo apostólico. Él mismo lo resumía así: “Siempre he sentido una profunda pasión por ayudar a los demás a encontrar la fe”. No era una frase bonita: lo vivió hasta el final. Postrado tras una operación a corazón abierto, casi sin fuerzas, todavía explicaba la Misa a una auxiliar no católica, y en cuidados intensivos, apenas consciente, alcanzó a trazar la señal de la cruz hacia un moribundo para darle la absolución en el umbral de la eternidad.
Su realismo sobrenatural lo hacía hablar claro incluso ante los poderosos. En el National Prayer Breakfast, delante del presidente Jimmy Carter y de las élites de Estados Unidos, comenzó su discurso sin rodeos:
“Señor Presidente, es usted un pecador”. Tras un momento de silencio, continúa: “Soy un pecador”. Luego, paseando la mirada sobre las celebridades presentes, dice: “Todos somos pecadores, y todos necesitamos volvernos hacia Dios”. Billy Graham, protestante evangélico, afirmará que fue uno de los sermones más elocuentes y estimulantes que jamás había escuchado.
Tampoco se engañaba respecto al ateísmo moderno:
Nueve de cada diez ocasiones, el ateísmo nace en el seno de una mala conciencia. La incredulidad nace del pecado, no de la razón… Si no adoráis a Dios, adoraréis otra cosa, y en nueve de cada diez ocasiones será a vosotros mismos.
Frente a un mundo que ha entronizado al «dios Progreso», al «dios Ciencia» y al «dios Evolución», se atrevía a preguntar: »
¿Dónde está tu “dios Progreso” frente a esas dos guerras mundiales? ¿Dónde está tu “dios Ciencia”, cuando se dedica a la destrucción? ¿Dónde está tu “dios Evolución”, ahora que el mundo retrocede y se convierte en un inmenso matadero?.
La fuerza de su palabra nacía de una vida de oración. Él mismo insistía: “Ni los conocimientos teológicos, ni la acción social, por sí mismos, bastan para mantener nuestro amor por Cristo, si no van precedidos de un encuentro personal con Él”. En tiempos de hiperactividad pastoral y agendas llenas, Sheen nos devuelve al único lugar fecundo: permanecer con Cristo, largo rato, cara a cara.
Y allí, ante el Sagrario, fue madurando un deseo que expresó poco antes de morir:
No es que no ame la vida, pues la amo realmente. Pero quiero ver al Señor. He pasado muchas horas ante Él presente en el Sagrario. Le he hablado en la oración, y he hablado de Él a todos los que querían oírme, ¡y ahora quiero verle cara a cara!
Aún no sabemos la fecha, pero que la Iglesia haya decidido elevarlo al honor de los altares no es un gesto nostálgico, sino una llamada urgente. Necesitamos sacerdotes que vuelvan a vivir aquel “sentimiento profundo y extático de amor que se adquiere con la ordenación, y que convierte en insípido cualquier otro amor”, como él mismo enseñaba. Necesitamos laicos que dejen de buscar una fe cómoda y aceptada por el mundo, y se atrevan a abrazar el Viernes Santo para alcanzar el Domingo de Resurrección.
El próximo beato Fulton Sheen no es solo un recuerdo luminoso del pasado. Es una gracia para este momento de la Iglesia: un llamado a volver a la Eucaristía, a la Cruz, a la verdad predicada sin miedo y al fuego misionero que no se apaga con la edad, la enfermedad ni la incomprensión. Que su vida —y pronto, su intercesión— nos arranquen de una fe tibia y nos empujen a vivir, como él, de rodillas ante el Sagrario y de pie en medio del mundo.
—-
Todos sus libros fueron dedicados a la Santísima Virgen. Su autobiografía tiene un último capítulo: “La mujer que amo”. En él: “sin Ella como llave, no es fácil descubrir los tesoros de la bóveda de la Fe”, y también:
Cuando fui ordenado, tomé la resolución de ofrecer el Santo Sacrificio de la Eucaristía todos los sábados a la Virgen, para renovar mi amor por Ella y para invocar su intercesión. Todo esto me da la seguridad de que, cuando esté ante el Juicio de Cristo, Él me dirá en su misericordia: “Escuché a mi Madre hablarme de ti”.
Todas las citas están tomadas de estas dos fuentes:
- Antoine Marie, osb, «Vida del Venerable Fulton Sheen. Carta espiritual», Abbaye Saint-Joseph de Clairval.
- Sheen, Fulton J., Tesoro en vasija de barro: la autobiografía de Fulton J. Sheen, trad. Ignacio Travella (Rosario: Ediciones Logos Ar, 2015).


