La amorosa impaciencia

Hace unos días un joven de la parroquia me comentó que estudiaría algo referente a la atención de personas en accidentes múltiples, y si bien es cierto que la especificidad de los estudios se va haciendo cada vez más específica –valga la redundancia– sin embargo, nunca se me hubiera ocurrido que existiera tal especialidad.

Por supuesto que no tiene nada de malo y si llegase a accidentarme estaría agradecido de una buena atención.

De todos modos, lo que pensé en ese momento es que realmente el mundo está patas para arriba… tanto tiempo, recurso, desgaste, dinero, cursos y mil etcéteras para intentar alargar algo que, días más, días menos, irremediablemente tiene que llegar. Ni qué hablar ahora con todo lo referente al transhumanismo y el deseo de inmortalizarse por medio de la tecnología.

Repito que, salvo lo del transhumanismo, claro que nada tiene de malo que se intente mejorar la vida el hombre sobre la tierra y alargarla lo más posible; lo que sí me parece –y sé que no descubro nada nuevo– es que hay una absoluta desproporción. Se busca cuidar y mejorar a ultranza algo temporal, efímero, limitado, caduco, incompleto, frágil… y se descuida, con el peligro de perderlo, aquello que es eterno, ilimitado, infinito, plenitud de plenitudes y absoluta posesión del Bien Supremo, Dios.

Si hay especialistas en accidentes múltiples y todo un sistema armado para acudir en ayuda de los accidentados, debería haber, no algo igual sino mucho mejor, para atender espiritualmente a esas personas, ya que quizás para alguna sea el momento de partir hacia lo eterno. Para ser más gráfico: por cada enfermero atendiendo a accidentados, debería haber 3 o 4 sacerdotes dispuestos a darles los sacramentos; y por cada persona que esté colaborando a salvar esas vidas, otras tantas ayudándoles a bien morir ya sea con la palabra o la oración. Todo lo contario sucede… cuando en un accidente, entre enfermeros y bomberos, se trata de ayudar a las almas, la mayoría de las veces se siente uno como totalmente desenfocado, ocupándose de algo irreal y, por tanto, molestando… Ni qué hablar de las situaciones que se han dado con el tema Covid.

Volviendo a las proporciones, si leemos el Evangelio podemos ver que la proporción que nuestro Señor utiliza es absolutamente la contraria, la preocupación suprema de Jesús no es lo terreno sino lo celestial… “atesorad tesoros en el Cielo” (Mt 6,19); ya que su misión fue precisamente regalarnos, ¡y a qué precio!, la Vida eterna. Las obras y palabras del Señor no parecen ser sino una búsqueda férrea de levantarnos los ojos a lo eterno, por eso Él es “Sumo Sacerdote de los bienes futuros(Hb 9,11).

Si nos ocupamos más de una cosa que de otra, es porque nos importa más y, por tanto, la amamos más; y ese “mayor amor” va en detrimento de aquello menos amado y de lo que menos nos ocupamos. Lo dice claramente el Señor cuando nos enseña que no podemos servir a dos Señores: al dios-dinero y al Dios verdadero (cf. Lc 16,13).

En este sentido las “preocupaciones de la vida” pueden ser causa de que la Palabra de Dios sembrada en nosotros sea ahogada y quede sin fruto (cf. Mt 13,22) o que no estemos preparados para la venida del Señor (cf. Lc 21,34).

El mundo de hoy nos invita a ocuparnos de nuestra salud hasta tal punto que se habla de “ideología de la salud”. Es muy difícil que, si nos dejamos llevar por esa manera de pensar y actuar, esto no deteriore nuestra vida espiritual y de la de aquellos que nos rodean.

El miedo a la muerte

En lo que vamos diciendo entra en juego, en definitiva, qué pensamos de esta vida, de la otra y del paso de una a otra: la muerte.

Sin duda que hay un miedo natural a morir, pero nosotros no estamos llamados a vivir una vida natural sino sobrenatural; como le dijo el Señor a Nicodemo, debemos “nacer de lo alto” (Jn 3,3), y, por tanto, vivir esa nueva vida: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y es justamente vivir esa nueva vida, si la vivimos en plenitud y con esa abundancia con la cual nos la da el Señor, lo que nos permitirá vencer al miedo a la muerte.

Tengamos en cuenta que Nuestro Señor: “aniquiló la muerte e irradió la vida e inmortalidad por medio del Evangelio” (2Tm 1,10). Y que se encarnó “a fin de que por medio de la muerte destruyese a aquel que tiene el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librase a todos los que, por temor de la muerte, durante toda su vida estaban sujetos a servidumbre(Hb 2,14-15). ((Mucho hemos visto de servidumbre a nivel planetario en estos tiempos… justamente por temor a la muerte))

Creo no estar haciendo una deducción exagerada si digo entonces que en la medida que tenemos miedo a la muerte, en esa misma medida nos falta crecer en la fe en el Señor y todo lo que hizo por nosotros. Y que en cuanto rechazamos pasar por el umbral de lo temporal a lo eterno, en esa misma medida nos falta amor por Aquel que nos espera en el más allá. Y que mientras más dudamos de cuán preparados estamos para encontrarnos con el Justo Juez, en esa misma medida, si estamos en gracia, nos falta la esperanza en su misericordia. San Juan Crisóstomo dirá que el Señor en su Segunda Venida aparecerá “para dar la salud eterna a todos aquellos que le esperan con amorosa impaciencia, deseando su eterna libertad[1], esas disposiciones debemos alcanzar.

Realmente el miedo a la muerte, si tenemos fe, no deja de ser algo un tanto ilógico. Y así nos preocupamos en prolongar algo que es tan pero tan fugaz que la Divina Escritura nos regala una y otra figura para ayudarnos a entenderlo:

“Como una sombra pasa el hombre” (Sal 38,6),

 

“Pasaron como sombra todas aquellas cosas, y como mensajero que pasa corriendo; o cual nave que surca las olas del mar, de cuyo tránsito no hay que buscar vestigio, ni la vereda de su quilla en las olas; o como ave que vuela a través del aire, de cuyo vuelo no queda rastro ninguno, y solamente se oye el sacudimiento de las alas con que azota al ligero viento y se abre camino rasgando con fuerza la atmósfera; ella bate sus alas y vuela sin dejar detrás de sí señal ninguna de su rumbo. O como una saeta disparada contra el blanco; corta el aire, y luego éste se reúne, sin que se conozca por donde pasó (Sab 5,9-12).

 

“El número de los días del hombre, cuando mucho, es de cien años, que son como una gota de las aguas del mar; y como un granito de arena, tan cortos son los años a la luz del día de la eternidad”. (Si 18,8)

 

“El hombre es semejante a un soplo; sus días son como una sombra que pasa”. (Sal 144,4)

Y podríamos seguir y seguir citando; pero solo agreguemos dos del Nuevo Testamento. San Pedro dirá “mientras me encuentro en esta tienda (2Pe 1,13) y San Pablo, luego de decirnos con tanta fuerza algo a simple vista difícil de entender, de que el que ría viva como si no riese, y el que llora como si no llorase, y así… da por último el motivo de su consejo “porque pasa rápido la apariencia de este mundo” (1 Cor 7,31).

¡Este mundo es apariencia! “Cosa que parece y no es”, va a definir la Real Academia Española. Nos ocupamos, nos afanamos, nos desvelamos, sufrimos, lloramos, gemimos por algo que “no es”, he ahí nuestro problema. ¿Pero acaso este mundo no existe, no es real? Sí, claro, pero lo temporal es TAN distinto de lo eterno que nuestra cabecita no logra entenderlo, por lo cual Dios no ha encontrado otra mejor manera de ayudarnos en esa comprensión que decirnos que TANTA es la diferencia que lo de aquí parece que fuera, pero en realidad, no es.

Y si esto que decimos se aplica a toda persona de fe, cuanto más para nosotros, religiosos, que vivimos una vida que, de suyo, tiene un fin escatológico, es decir, una vida que “hable” al mundo de lo eterno, allí donde “ni ellos tomarán mujer ni ellas marido” (Mt 22,30). Confieso que a veces cuando se pide por la salud de un religioso o religiosa que se debate en agonía me quedo pensando de que, en mi caso, preferiría mucho más que no pidan por la apariencia sino por lo real (a ver si lo anotan y se acuerdan llegado el momento!)

San Ignacio y la muerte

Los santos han entendido bien lo anterior. Sirvan como ejemplo estos tres párrafos que muestran el progreso espiritual de San Ignacio, que se refleja en su disposición ante la muerte. Así nos lo relata él mismo en su autobiografía:

“Estando enfermo una vez en Manresa, llegó de una fiebre muy recia a punto de muerte, que claramente juzgaba que el ánima se le había de salir luego. Y en esto le venía un pensamiento, que le decía que era justo, con el cual toma­ba tanto trabajo, que no hacía sino repugnarle y poner sus pecados delante; y con este pensamiento tenía más trabajo que con la misma fiebre; mas no podía vencer el tal pensa­miento por mucho que trabajaba por vencerle. Mas aliviado un poco de la fiebre, ya no estaba en aquel extremo de expi­rar y empezó a dar grandes gritos a unas señoras, que eran allí venidas por visitarle, que por amor de Dios, cuando otra vez le viesen en punto de muerte, que le gritasen a grandes voces diciéndole pecador, y que se acordase de las ofensas que había hecho a Dios.

Otra vez, viniendo de Valencia para Italia por mar con mucha tempestad, se le quebró el timón a la nave, y la cosa vino a términos, que a su juicio y de muchos que venían en la nave, naturalmente no se podría huir de la muerte. En este tiempo, examinándose bien y preparándose para morir, no podía tener temor de sus pecados, ni de ser condenado; mas tenía grande confusión y dolor, por juzgar que no había empleado bien los dones y gracias que Dios Nuestro Señor le había comunicado.»

Otra vez, el año de 50 estuvo muy malo de una recia enfermedad que, a juicio suyo y aun de muchos, se tenía por la última. En este tiempo, pensando en la  muerte, te­nía tanta alegría y tanta consolación espiritual en haber de morir, que se derretía todo en lágrimas; y esto vino a ser tan continuo, que muchas veces dejaba de pensar en la muerte, por no tener tanto aquella consolación”[2].

 

Termino con unos versos que difícilmente puedo cantar en la liturgia sin emocionarme:

Que tus ojos tan bellos, María,

son fuente de vida, de paz y de amor

¡Ah! Mirarlos yo pueda en mi extrema agonía

y llegarme por ellos a Dios.

 

Cuando mis ojos cierre, Madre, el dolor,

de mi lado no apartes tu manto

bendito de amor.

 

Que ocultándome ¡Oh Madre! ese manto

será mi mortaja más bella al morir.

¡Ah! Cubierta con ella no temo la muerte,

mas espero en el cielo vivir.

P Gustavo Lombardo, IVE

[1] Citado por Mons. Straubinger en su traducción de la Sagrada Escritura, al glosar Hb 11,9.

[2] Autobiografía, n. 32-33.

4 comentarios:

  1. Maria Ines Alonso

    P,Gustavo:
    Muy buena e interesante reflexion!!. Es tan sencilla e importante como para recordarla todos los dias. Gracias. Tan lucido como siempre. Gracias

  2. ¡Excelente Reflexión! Ya se extrañaban estos artículos…

  3. Muchas gracias Padre por sus palabras tan sabias y por recordarnos que lo más importante es ser amigos de Jesús y tratar lo mejor posible de cargar nuestra Cruz y seguir su hermoso camino ddl amor

  4. Muchas gracias P. Gistavo por sus escritos que me llevan a Dios

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