¿Cuál es nuestro César?

En el Evangelio de Juan, cuando Pilato intenta liberar a Jesús, los judíos gritan: «Si sueltas a ese, no eres amigo del César… ¡Crucifícale!… No tenemos más rey que el César» (Jn 19, 12-16).

El pueblo que se resistía a la dominación pagana, de repente proclama que no tiene otro rey que el César. ¿Por qué?
Porque, en el fondo, preferían entregar a Cristo antes que dejarse interpelar por Él.

  • No fue un acto de convicción, sino de conveniencia.
  • No fue fidelidad, sino miedo.
  • No fue humildad, sino soberbia.

Y ahí está el problema, cuando uno no quiere aceptar la realeza de Cristo, termina sometiéndose a cualquier otro poder. «El que peca se hace esclavo del pecado» (Jn 8,34)

El mecanismo interior

El texto revela algo muy humano: para justificar la propia resistencia a Dios, buscamos una autoridad alternativa que nos avale. No hace falta que esa autoridad sea legítima, verdadera o buena. Basta con que:

  • no nos exija conversión,
  • no nos confronte,
  • no nos cambie la vida.

El pueblo no creía en César. No lo amaba. Menos le rezaba. Pero en esta ocasión lo proclamó rey porque les resultaba útil para deshacerse de Jesús.

Y aquí aparece la pregunta incómoda:

¿Cuál es mi César?

No solemos decirlo con palabras, pero a veces nuestro corazón grita:

  • «No tengo más rey que mi comodidad»
  • «No tengo más rey que mi imagen»
  • «No tengo más rey que mi trabajo»
  • «No tengo más rey que mi éxito»
  • «No tengo más rey que el qué dirán»

A veces, con tal de no obedecer a Cristo en algo concreto —perdonar, abandonar un pecado, cambiar un hábito, escuchar Su voz—, nos entregamos a un “César” que ni siquiera respetamos.

Sabemos que no nos hace bien, sabemos que no nos llena, sabemos que no salva… pero nos sirve momentáneamente para acallar la conciencia.
Como los judíos, terminamos diciendo: «No tenemos más rey que esto»

Los “Césares” modernos

Hoy no llevamos estandartes romanos, pero tenemos tiranos más silenciosos:

  • el teléfono,
  • la comparación constante,
  • la necesidad de aprobación,
  • el consumo,
  • la comodidad,
  • el activismo vacío,
  • la ideología,
  • el placer inmediato.

Cosas que prometen libertad, pero esclavizan. Cosas que prometen felicidad, pero dejan vacío.

Y lo más triste: sabemos que no creemos realmente en esos “reyes”… y aun así les entregamos a Cristo.

La trágica ironía

Los mismos que habían esperado siglos por el Mesías, en el momento decisivo prefirieron aferrarse a un poder que despreciaban.

Nosotros también podemos caer en esa ironía espiritual:

  • preferir lo que nos destruye, antes que dejarnos salvar;
  • preferir lo temporal, antes que lo eterno;
  • preferir lo cómodo, antes que lo verdadero.
  • preferir nuestro yo al Tu de Dios y, de ahí, al tu del prójimo.

El desafío del Evangelio

La pregunta que este pasaje nos deja no es histórica, sino personal:

¿Cuál es el “César” al que estoy entregando a Cristo en mi vida?

Cristo no compite, porque no hay quien objetivamente pueda hacerle competencia. «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí… no es digno de mi» (Mt 10,37).
Cristo reina donde se le abre la puerta.
Pero si en el tribunal de nuestro corazón gritamos: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!»

Es porque habrá un ídolo que ya ha ocupado su lugar.

Concluyendo

Si queremos decirlo en nomenclatura ignaciana, no se trata de otra cosa que de nuestros afectos desordenados, enemigos acérrimos de nuestro crecimiento espiritual.

En estos días de Cristo Rey… Pregúntémosle al Señor –ya en nuestro cuarto, ya, mejor ante el Santísimo– Señor, ¿quién o qué ocupa tu lugar en mi corazón, aunque sea en un pedacito?

Sustraerle una fibra de mi corazón, un pensamiento de mi espíritu, un relámpago de mi inteligencia, un paso de mi cuerpo; sustraerle con conciencia la menor de mis acciones es un robo, una injusticia. Es además una gran tontería: «Perecerán los que se alejan de ti» (Sal 72,27). Es un error; es un ensayo furioso condenado al fracaso[1].

Madre mía, después de Dios, ¿quién conoce mejor mi corazón? Con tu delicadeza de madre y con la firmeza que te permitió estar al pie de la Cruz, pide a tu divino Hijo que nada, nada ocupe en mi Su lugar.

Viva Cristo Rey!Ave María y adealente!

[1] A. Hurtado Cruchaga, S.I., Un disparo a la eternidad: retiros espirituales predicados por el Padre Alberto Hurtado, ed. S. Fernández Eyzaguirre, Ed. Univ. Católica de Chile, Santiago de Chile 20043, 163.

6 comentarios:

  1. Nuestro Señor dijo en «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí… no es digno de mi» (Mt 10,37) que a Él lo debemos amar MÁS que a todas las demás creaturas, no dijo que solo a Él debemos amar, si no fuese así, en dónde queda? «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34)

  2. Amen viva cristo rey y nuestra madre aydame a dejar todos esos secares que aún tengo en mi vida ayúdame ha er fiel 🙏

  3. Padre gracias por cada frase del texto, es una gran realidad que hoy se vive y nos ayuda a reflexionar y a dejar caminos equivocados y seguir el de Cristo Rey, en el cual el nos ayudara en cada piedra de tropiezo, si es que nos dejamos ayudar y reconocer su amor por nosotros y el mundo entero. Bendiciones

  4. Dios mío, cada día pido que el único que reine en mi corazón seas tu, y que solo a tu Reino pueda yo servir 🙏🤲🙏

  5. ❤️‍🔥🙏🏼

  6. Marco Tulio Vera

    El diario vivir sin la presencial de Jesús Cristo en la familia y en lo personal no tiene sentido él es la luz de nuestra existencia

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